miércoles, 21 de agosto de 2013

BERNARD TAPIE, LA VIDA BRILLANTE


Nació en 1943, cincuenta años antes de que Basile Boli diera al Olympique de Marsella, y como consecuencia al fútbol francés, la primera Copa de Europa de su historia; y lo hizo en el distrito de París en el que reposan algunas de las personalidades más importantes e influyentes de la historia de la humanidad. Al noreste, al XX, pobre y abarrotado, sus orígenes, el último de los distritos capitalinos, acuden los turistas en masa y peregrinación, Lonely Planet en mano, con el objeto de traspasar los muros de Père Lachaise, el cementerio que no es un parque, el parque que es un cementerio. María Callas, Jim Morrison, Honoré de Balzac, Oscar Wilde, Molière y Modigliani, entre muchos otros, decidieron descansar allí para siempre, convirtiendo la zona en uno de los lugares más visitados de Francia, meca de la cultura pop. Bernard Tapie, Tapy en los setenta, considerado a sí mismo como el segundo hombre más guapo de Francia tras Alain Delon, correteó entre aquellas lápidas y los miles de visitantes que diariamente visitaban su distrito durante aquellos primeros años de vida, su infancia, tan normal como la de cualquiera de los vecinos de su edad. Hijo de la clase media que convirtió a Francia en una potencia mundial de la época, su futuro estaba predestinado; iría a la universidad y mejoraría la situación económica y social de sus padres; quizá se convertiría en funcionario de la República. Ésa era la hoja de ruta que habían diseñado para él mientras iba empapándose de la socialdemocracia que surgió tras las fallidas revoluciones del 68 y que terminaría por llevar a Mitterrand al Palacio del Elíseo. En el principio Tapie era de izquierdas, algo no demasiado extraño a tenor de lugar en el que creció; o al menos eso creía él. Sin embargo, el servicio militar obligatorio cambiaría para siempre su percepción de la realidad, abriendo ante sus ojos un horizonte económico-social jamás imaginado con anterioridad, especialmente durante su adolescencia en el barrio. ¿Por qué conformarse con un apartamento en una torre de las afueras, un Renault de segunda mano y diez días de vacaciones al año en Arcachon si podía aspirar a todo? De modo que fue en el ejército y no entre los rascacielos de La Défense donde Tapie se convirtió en ambicioso, donde atisbó y en parte asumió las formas a través de las cuales habían crecido y prosperado algunos de los hombres más importantes de su país. Y, evidentemente, decidió ser como ellos. Intentaría comportarse como ellos.

Llamadme Nanard, repetía una y otra vez a su círculo más cercano como si de un Ismael de Nantucket se tratara, aunque eso fue antes de dar el pistoletazo de salida a una vida tan exitosa en lo empresarial como disoluta en lo personal. Los 70 habían terminado en el calendario y en la calle, y el modelo capitalista de este lado del bloque se iba imponiendo de a poco, convirtiendo a obreros tradicionales en representantes del nuevo capitalismo, el del sueño americano, el de los hombres hechos a sí mismos. En aquellos años, Nanard vendió electrodomésticos y coches, cantó en programas de televisión y se acercó a los principales centros de poder del país; en definitiva, había tomado la gran decisión, la que marcaría su devenir: el futuro no sería un espejo del presente de sus padres, quería más, mucho más. 


Era la década de los 80 y Francia comenzaba a descentralizarse de París, otorgando nuevos poderes (competencias) a las comunas, las regiones, los departamentos; la era en la que Delon triunfaba en el cine y Gainsbourg, amigo de Marley y Tosh, paseaba a Jane Birkin por el mundo completamente borracho. Platini brillaba sobre el césped y Bernard Hinault, el bretón indomable, dominaba el Tour a pesar de las ambiciones de un joven con gafas de John Lennon, coleta rubia y cara de intelectual, llamado Laurent Fignon que sin embargo logró batirlo en 1983. Había nacido uno de los grandes enfrentamientos de la historia del ciclismo francés. Hinault, uno de los deportistas galos más importantes de todos los tiempos se sintió humillado ante la decision de Cyrille Guimard, gurú bicicletero del equipo Renault, que dio galones al parisino por delante del deportista más famoso de Francia, cuatro tours a sus espaldas. Y allí fue, precisamente allí, entre la marejada, donde Tapie encontró un nuevo nicho en el que desarrollarse, el mejor escaparate posible para seguir medrando en el complicado, arraigado e inmóvil establishment francés. Qué mejor que fundar un equipo ciclista con el que aspirar a ganar el gran evento deportivo nacional, pensó. Y lo creó de la nada. En 1984, cuatro años después de hacerse con el emporio de la comida saludable por 200 millones de francos de la época, nació La Vie Claire, la escuadra con los maillots diseñados por el equipo de diseño de Oliverio Toscani en Benetton e inspirados en la vanguardia de Piet Mondrian que junto a Look revolucionó la tecnología de su deporte; una formación que muy poco después, en 1985, llevaría al Caimán a igualar el récord de victorias, cinco, que por entonces ostentaban Anquetil y Merckx en la ronda gala, una de las patas de la Quinta República. Junto a Hinault, Tapie fichó a los estadounidenses Greg Lemond y Andrew Hampsten, con el único objetivo de seguir aspirando a todo dentro y fuera de las carreteras. El bretón hizo realidad su sueño y el exitoso empresario, que había descubierto la gran influencia que el deporte tenía en la sociedad de su país, estableció la plataforma perfecta desde la que saltar al estrellato económico y social que tanto ansiaba. Había acumulado un gran éxito empresarial y empezaba a recoger los frutos de una estrategia planificada hasta el ultimo detalle, mas necesitaba seguir creciendo. El fútbol y la política esperaban.

El 27 de junio de 1984, la selección francesa de Tigana, Platini, Giresse y Luis Fernández batió a España en el Parque de los Príncipes de París, dando a les bleues el primer gran título de su historia. Platini, estrella de la Juventus, era el mejor jugador del momento, anotando decenas de goles en la durísima Serie A e influyendo tácticamente en todos los entrenadores que le dirigieron. Por su parte, Francia, tal y como sucedió tras el Campeonato del Mundo de 1998, era la selección de moda, aunque su fútbol seguía sin dominar en Europa a nivel de clubes. Hasta esa fecha, el país había llevado a dos de sus equipos a tres finales de la Copa de Europa, dos el Stade de Reims y una el Saint Etienne, aunque sin suerte. Mientras tanto, en la competición doméstica, la Ligue 1, el poder y los títulos se los repartían entre el Girondins de Burdeos y el Paris Saint Germain. Tras su éxito en la compra de compañías en quiebra y su maravillosa experiencia en el mundo del ciclismo, Bernard Tapie dio un paso más en su carrera empresarial. El Mundial de México de 1986 había encumbrado a Maradona a niveles de The Beatles y el fútbol comenzaba la ascension mercadotécnica que continúa imparable hasta nuestros días. Nanard no lo dudó, entraría en el deporte rey como mandamás de uno de los clubes con mayor mercado de Francia, el Olympique de Marsella. El club de la Provenza había brillado en el pasado con la consecución de cuatro títulos de liga (dos en la década de los 30, dos en la de los 70), pero en aquellos años se encontraba en un estado futbolística y económicamente deplorable, con descenso a Segunda División incluido. “Construiré el mayor y mejor equipo que Francia ha visto jamás”, dijo Tapie tras su adquisición. Y así fue, aunque le costó ganar. Al igual que en La Vie Claire decidió reforzar su ‘juguete’ a golpe de talonario, y así llegaron Alain Giresse, procedente del Girondins y Karl Heinz Foster, que había brillado en el Stuttgart. Fueron las primeras estrellas de una constelación que poco después estaría formada por Eric Cantona, Rudi Völler, Enzo Francescoli, Abedi Pele, Fabien Barthez, Chris Waddle, Jean Pierre Papin, Didier Deschamps o Basile Boli, entre muchos otros. Una vez más, Tapie había logrado su objetivo. El Olympique ganó cuatro ligas consecutivas y una Copa de Francia en cuatro años (1988-1992), convirtiéndose en el dominador absoluto de la competición gala, pero también de las competiciones europeas. En 1991 alcanzó la cuarta final francesa en la Copa de Europa, pero cayó ante el Estrella Roja de Belgrado de Pancev, Prosinecki y Savicevic en el estadio San Nicola de Bari. Habría que esperar otros dos años, 1993, para la llegada del clímax absoluto, cuando Basile Boli batió a Rossi en el Estadio Olímpico de Múnich; un solitario gol logrado en un triste partido en el que los marselleses se enfrentaron al poderoso Milan de Silvio Berlusconi (su espejo más allá de Ventimiglia) y que valió una Copa de Europa, la primera en la historia del país. Bernard Tapie ya era el empresario más famoso de Francia, el personaje más exitoso. Había cumplido su sueño, brillaban las luces a su alrededor, aunque no tardarían en asomar unas sombras que le perseguirían hasta el día de hoy.

Pocos meses después de que Deschamps levantara en Baviera la primera Liga de Campeones de la historia, regresó la polémica a su vida. El Olympique fue acusado de amañar un partido de Ligue 1 ante el Valenciennes y el equipo fue sancionado con el descenso a Segunda División; eso sí, el título continental se quedó en la ciudad. Al parecer Tapie arreglaba partidos de liga para de este modo no exponer a sus estrellas en choques que él mismo consideraba como intrascendentes, reservándolos así para su gran objetivo, la Copa de Europa. Fue esa la culminación para el empresario de una travesía por la polémica, los debates de televisión y las portadas de los periódicos más importantes que había comenzado en 1988, cuando Mitterrand se fijó en su incipiente figura para intentar doblegar al fascista Jean Marie Le Pen en el sur del país. Tapie, toda una celebridad, logró su escaño tras una campaña electoral muy recordada en Francia, comenzando unas relaciones que sólo le traerían problemas a corto plazo y que le acabarían relacionando años más tarde con Sarkozy, enemigo político de la izquierda que tanto había defendido.

A finales de los años 80, Adidas era una compañía situada prácticamente en la quiebra a pesar de ser una de las marcas más reconocidas del mundo y líder mundial en ropa deportiva. Tapie, acostumbrado a reflotar empresas en bancarrota, vio una oportunidad y decidió entrar en escena, no sin unas consecuencias que siguen marcando su vida a día de hoy. En 1991, previo pago de 1.600 millones de francos se hizo con la marca alemana merced a un crédito preferencial, aunque poco después se vio obligado a vender, ya que a su vez había aceptado una nueva oferta de Mitterrand para entrar en la alta política a través del Ministerio de Ciudades. Es ahí donde comienza una de las batallas judiciales más extrañas y reviradas de todos los tiempos. Tapie cedió la operación de venta a sus amigos de Credit Lyonnais, que encontraron a Robert Louis Dreyfus en el mercado internacional. Fue una venta exitosa, aunque la entidad bancaria, semipública en aquellos tiempos, ‘olvidó’ detallar a Tapie las plusvalías obtenidas, con lo que éste procedió a denunciar. Sin embargo, no fue hasta 2005 cuando se conoció la sentencia, que obligaba al estado francés a indemnizar al parisino con 135 millones de euros. Una decision judicial que poco después sería anulada por el Tribunal Supremo galo y que llevó a Tapie a entrar una vez más en la escena política. En 2007 Nicolás Sarkozy y Segolène Royal se encontraban en plena batalla electoral. Lo normal, tras una trayectoria en la que siempre se había relacionado con la izquierda, habría sido que Nanard se pusiera del lado de la dama socialista. No fue así. Tapie, todavía carismático, todavía célebre, apoyó a Sarkozy, buscando de esta manera un rédito a corto plazo que llegaría tras el nombramiento de Christine Lagarde (hoy directora gerente del Fondo Monetario Internacional) como ministra de Economía una vez que Sarko alcanzó los salones del Elíseo. Y con ella llegó el premio. 403 millones de euros de indemnización para Tapie en una decisión tan controvertida que colea hasta hoy mismo. El Partido Socialista francés intenta demostrar tráfico de influencias, tratos de favor, entre Sarkozy y Tapie, que no parece que puedan llegar a demostrarse. Nanard, el vendedor de televisiones, cantante, campeón del Tour de Francia y de la Liga de Campeones, había vuelto a ganar.