lunes, 4 de febrero de 2013

JÁLALE GUEY


El 31 de agosto de 2010 Edgar Valdez Villarreal fue presentado por la Policía Federal mexicana ante los medios de comunicación. Vestido con un polo de la marca Ralph Lauren, unos jeans y unas Nike de 300 dólares, los agentes encargados de proyectar en la calle la lucha contra el narco imaginada por Felipe Calderón ofrecieron a la prensa a un hombre sonriente que en absoluto recordaba al delincuente tradicional de bota picuda y cuerno de chivo que habitualmente posaba ante las cámaras de la Procuradoría General de la República. Güero, de ojos azules y de origen estadounidense la detención de La Barbie se convirtió en una de las más mediáticas del sexenio Calderón. Valdez Villarreal formaba parte de la élite que había cambiado para siempre las reglas del juego en la guerra contra el narco. Introdujo el armamento pesado, abrió rutas en territorios fronterizos inexplorados hasta entonces y se relacionó con los más grandes tras calentar plazas de la forma más sanguinaria, violenta y escurridiza que uno pueda imaginarse. Dicen los cronistas que fue consejero personal de Arturo Beltrán Leyva, el Jefe de jefes, y de Joaquín El Chapo Guzmán. Dicen que fue el ideólogo de las narcomantas, los mensajes que los cárteles colocan en los lugares más dispares a modo de advertencia para el grupo rival o como simple firma. Como aquella que apareció colgando del Periférico Sur de la Ciudad de México tras la declaración de una testigo una vez detenido: "Chiva, tú sabes cuánto quiero al JJ. Te dije que te quedaras callada y no lo hiciste. Por eso te voy a cortar la cabeza. Tú sabes que lo que le pasó a este pendejo fue por meterse con Arleth Terán y ella es mi vieja. Atte. La Barbie". También dicen que la sonrisa que lucía ante las cámaras el día de su detención escondía mucho más que nerviosismo. Al día siguiente llenó periódicos como nunca antes lo había hecho un capo de su nivel en México. Era el narco pop, habitual en las discotecas de moda, relacionado con las celebrities del país, residente en las villas más exclusivas de las urbanizaciones más elitistas. Nada que ver con el prototipo norteño. El narco, al menos el relato sobre el narco, empezaba a cambiar.

Su leyenda creció con su detención, para muchos inverosímil. 300 policías federales rodearon su guarida, situada en la población de Cañada de Alferes, en el Estado de México. Cuatro cercos y 14 meses de inteligencia acabaron en una balacera entre cuerpos de seguridad y mafiosos en la que según se publicó llegaron a escucharse explosiones de granada. Los hombres de La Barbie defendieron su territorio, pero terminaron derrotados. Había caído uno de los hombres más buscados tanto en México como en Estados Unidos por delitos contra la salud y blanqueo de capitales. Y de repente se convirtió en protagonista absoluto de los medios de comunicación. Las noticias que se filtraban sobre su forma de vida, más cerca del clásico hombre de negocios que del rudo narco, sobre sus amistades, su guardarropa, los restaurantes y discotecas que frecuentaba, no hacían sino incrementar su popularidad. Pero sobre todo aquella enigmática sonrisa que lució en su presentación ante la prensa rodeado de la élite policial del país y que no logró ocultar el impactó que provocó su indumentaria. La delincuencia organizada estaba cambiando en México, también su relación con los medios. Consciente o inconscientemente aquel día La Barbie, con su polo Ralph Lauren verde oscuro con la leyenda London en el torso, demostró que cualquiera podía ser narco. Un pleonasmo en realidad, pero también una novedad.

Dos meses y medio después, el 19 de noviembre de 2010, el reportero de TV Azteca Miguel Aquino recibió en su móvil una llamada de la Policía Federal: le habían autorizado a entrevistar a La Barbie en el Condel, su centro de mando. Cuenta Aquino en su libro ¿Por qué sonríe La Barbie? que apenas tuvo tiempo para preparar un cuestionario. Le habían citado media hora después y debía sortear el tráfico de la Ciudad de México. Si no llegaba a tiempo Valdez sería trasladado al penal de máxima seguridad del altiplano, de imposible acceso para un periodista. Valdez Villarreal responde a las preguntas de manera distendida. Está relajado, controla lo que sucede a su alrededor. Explica la manera en la que llegaba la cocaína desde Colombia y cómo se convertía en millones de dólares al otro lado de la frontera, cuenta que había encargado la realización de una película sobre sus andanzas, desentraña las relaciones que mantenía con los otros cárteles, su modo de actuar, su estilo de vida. Y evidentemente habla de Salvador Cabañas, estrella del América, ídolo en Paraguay, mejor jugador sudamericano de 2007, baleado en el baño del Bar Bar de la Ciudad de México la madrugada del 25 de enero de 2010.

Tras la apertura de las investigaciones comienzan a surgir los primeros nombres, pero sobre todo dos: José Jorge Balderas Garza, alias El JJ o el Batman y José Francisco Barreto García, alias El Contador. Ambos presuntamente se encontraron con el delantero de las águilas en el servicio del Bar Bar, en aquella época uno de los locales de moda en el Distrito Federal y refugio habitual de miembros del famoseo local e internacional. Así relata el diario La Razón de México aquel encuentro. Escribe Carlos Jiménez:


Salvador Cabañas y el JJ discutían en el baño del Bar Bar. De pronto el futbolista vio que aquel hombre sacó una pistola que escondía en la cintura y cortó cartucho. Aún no le apuntaba y Cabañas se adelantó: tomó el arma con una mano y dirigió su frente hacia el cañón. Cuando el metal tocó su cabeza, a gritos lo retó: "jálale, jálale".
En la entrada del baño estaba El Paco, como conocían todos al escolta de el JJ o el Jay Jay como también lo llamaban. Éste observó todo, pero no intervino.
El JJ jaló el gatillo. El tiro hizo girar a Cabañas, quien cayó al piso boca abajo. El agresor, sin inmutarse, se levantó la playera, se guardó la pistola en el pantalón y le dijo a su escolta: "ya vámonos, guaye".
Javier Ibarra fue el único testigo de la agresión. Lo primero que declaró ante la Procuraduría fue que sólo escuchó que alguien gritó: “¡Hey, cabrón!” Después oyó el tiro.
En su segunda declaración cambió su relato. Y ese mismo lo sostuvo al hacer la reconstrucción de lo sucedido el lunes de la semana pasada, de acuerdo con el expediente FAO/AO-4/T1/147/10-01.
Según contó, fue Salvador Cabañas quien se “tornó agresivo” en la plática que tenía con el JJ en el baño. Así lo detalló el hombre que limpiaba el lugar al momento de la agresión.
-¿Cabañas, qué pasó con esos goles? -preguntó el JJ.
El futbolista no le respondió.
-¿Qué pasó con esos goles Cabañas? -insistió.
-¿Cuáles goles? -respondió el paraguayo.
-Los del América, para que gane el equipo.
Tornándose agresivo, en esos momentos (Salvador) Cabañas le contestó:
-¿Tú quién eres para decirme cuáles goles?
Al ver esa actitud, el JJ sacó una pistola negra que llevaba en la cintura y cortó cartucho mientras decía: "Yo soy el hijo de la chingada que te va a romper tu puta madre".
En ese momento se asomó El Paco (el escolta) pero no hizo nada. Entonces Cabañas tomó el arma y dirigió su frente hacia el cañón de la pistola”, relató el afanador. Cuando hizo contacto con su cabeza, el futbolista lo retó: "¡jálale, jálale!".
Javier Ibarra contó que aprisa tocó el "botón rojo de emergencia" del baño. Pero el JJ disparó y nadie llegó a ayudar.
Cuando el empleado de seguridad Heriberto González se acercó al baño, Cabañas estaba en el piso. Vio salir a el JJ y a El Paco pero no los detuvo.
Lo que hizo fue tomar su radio y alertar a todos los empleados.
"¡Hay pedo en el baño, le dispararon a Chava Cabañas!", dijo el hombre.
Mientras el resto de empleados corrían hacia el lugar, el JJ salió sin que nadie lo detuviera.
En la mesa número siete quedaron los vasos y las botellas del JJ y de Paco. Su cuenta, la 47184, por 16 mil 950 pesos, nadie la pagó. Los vasos fueron lavados y las botellas también.


 



En junio de 2010, mientras Salvador Cabañas asumía que viviría toda su vida con una bala alojada en su cerebro, El Contador, guardaespaldas de El JJ, principal sospechoso, fue detenido. En sus primeras declaraciones, además de asegurar que El JJ y Cabañas "eran amigos" relacionó a su jefe con La Barbie, asegurando que éste le ofreció protección y alojamiento tras el episodio del Bar Bar, aunque no sin antes regañarle. Por otra parte, cuenta Miguel Aquino en su relato que ambos se conocían de los inicios de Valdez Villarreal en Tamaulipas, cuando éste cruzó la frontera desde Texas tras haber sido acusado de varios delitos. Allí, desde el menudeo de marihuana, comenzó su escalada hasta los más altos lugares del narcotráfico más y mejor organizado del mundo.
 

El JJ no tardó en ser detenido. Ocurrió el 18 de enero de 2011 en Bosques de Las Lomas, residencia de buena parte del poder financiero de la Ciudad de México. El presunto agresor de Salvador Cabañas fue apresado sin que se produjera un solo disparo durante la operación. No hubo violencia, pero tampoco sonrisas ante la prensa a pesar de la expectación mediática y social levantada alrededor de su figura tras ser señalado como principal sospechoso de la balacera en el Bar Bar. Eso sí, posó con el mismo outfit que su socio: un polo Ralph Lauren, en este caso azul marino. Se demostraba una vez más que el perfil del narco había cambiado en muchos sentidos. Balderas Garza compareció poco después ante las fuerzas de seguridad negando cualquier relación con la agresión a Salvador Cabañas y acusando directamente a su guardaespaldas, aunque reconoce cierto contacto con el futbolista: "El Salvador Cabañas andaba muy tomado o muy drogado, no sé; se puso pendejo queriendo pelear conmigo y traté de calmarlo 'al vato', pero pues andaba muy mal. El Contador oyó el forcejeo y entró. Digo yo, al fin y al cabo le pagaba para eso, para que me cuidara. Él le dio el balazo. Cuando estaba yo forcejeando con el otro amigo tratándolo de calmar y él tirándome golpes, El Contador llegó y le dio, yo creo andaba igual de borracho que aquel cabrón, porque pues no fue algo que yo le dije 'Si alguien me agrede, mata', pero al fin y al cabo para eso le pagaba, para que me protegiera, ¿no? Me diera protección". "Nadie vio en realidad, los únicos que sabemos que El Contador le dio el balazo soy yo, El Contador y pues el Cabañas, que dice que no se acuerda de nada. Yo pienso que no se quiere acordar".
 

Salvador Cabañas pasó 37 días ingresado en un hospital del Distrito Federal antes de ser trasladado a Argentina, donde continuaría con su lenta rehabilitación. Aquel verano se jugaba el Mundial de Sudáfrica, donde Paraguay quedaría encuadrada en el grupo de Italia. El jugador, que en el América había conseguido el hito de convertirse en máximo goleador de la Libertadores, quería que el Campeonato del Mundo fuera su pasaporte a Europa. No pudo ser. Hoy vive en Iguatá (Paraguay) junto a sus padres y entrena todas las semanas para ser titular en un equipo de Tercera División. La Barbie, El JJ y El Contador siguen detenidos.

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