viernes, 8 de febrero de 2013

EL GRAN MORIARTY


Todo en Sherlock Holmes gira alrededor de Moriarty.El gran enemigo, el tipo que le pone en apuros, el único humano sobre la faz de la tierra capaz de hacer funcionar a pleno rendimiento la capacidad intelectual del detective. Holmes le necesita para sobrevivir, se encierra en su apartamento cuando no encuentra sus referencias en los tabloides, alcanza el desquicie. Es James Moriarty, su personalidad, su evolución, el verdadero fondo y porqué de la obra de Arthur Conan Doyle, la mayor y mejor preparada mente criminal de la era victoriana. La némesis del investigador, tan necesaria como la presencia de Watson; su antítesis. Moriarty, Lex Luthor, Spectre, Magneto, El Coyote. El imaginario popular intercambia sus miedos más inquietantes y perversos con personajes de ficción contra los que proyecta su incapacidad para lograr muchos de los retos planteados y no resueltos. La venganza, la sensación de fracaso y la inadapatación social frente a la constancia, el talento, la inteligencia, el éxito. Epatan con el espectador, generan feedback, y ellos mismos manejan conscientemente el concepto de 'personajes imprescindibles'.

Cuando Messi aún intercambiaba La Masía y el Camp Nou, Cristiano Ronaldo ya era el albacea del testamento de Eric Cantona. Había abandonado Madeira años atrás en dirección al Sporting, a Lisboa, más metrópoli que capital para los insulares lusos. Aquel fue un hecho que marcaría no sólo su personalidad, sino también su evolución futbolística. Pero en 2004 Ronaldo, como lucía en su camiseta, estaba a media de temporada de observar cómo Old Trafford, Theatre of Dreams, se rendía al talento bruto, puro, más bestial jamás visto sobre un terreno de juego. El posicionamiento táctico de Gullit, la velocidad de Gento, la técnica de Maradona, el talento de Zico, el cuerpo de Davids, el disparo de Roberto Carlos. El jugador total que además presume de belleza y cuenta corriente. Cristiano necesita cenar con Paris Hilton, conducir bentleys y lucir 'gés' de Gucci hasta en el ribete de las medias; es la barrera que marca con la sociedad. El escudo protector necesario para combatir un desapego endógeno hacia todo lo que no tenga que ver con los récords, con batirse a uno mismo, con un continuo Everest sin oxígeno contra el que nada más puede hacer que ganar. Lo demás es accesorio: su mansión de La Finca, los Aston Martin, la ropa, el pelo, sus brillantes, sus rosario. Todo ello va encaminado a luchar contra la rutina de la presión, contra la sensación de ser el responsable de toda una generación familiar, sus orígenes humildes, la soledad. Una adolescencia marcada por la única necesidad de llegar, de triunfar, de lograrlo. No sólo eso, también de enseñarlo, porque tras una rabona Cristiano se levanta de la cama y le dice a Ava Gardner: "Ahora vuelvo, esto tengo que contarlo". Es la actitud de barrio, chulesca, epatadora en muchos casos, rapera. La victoria por encima de todas las cosas, la burbuja del éxito, del 'show me your money' que Cuba Gooding Jr le exigía a Jerry McGuire.

A Cristiano Ronaldo le pitan porque responde, porque luce six-pack, porque dice ser "guapo y rico", pero también por sus centenares de goles, sus galopadas, su coraje, su inconformismo. Pero ya le insultaban antes de los cortes de manga y de aquel punto de inflexión que supuso el amago de balonazo a un aficionado rojiblanco en San Mamés; siempre ha sido el bueno entre los rivales, el gran objetivo de cualquier hincha. Aquel gesto, inconcluso, realizado en uno de los templos del fútbol mundial dio la vuelta al mundo. Era Cristiano, era La Catedral y eran el Athletic y su afición, un cóctel explosivo para tertulianos televisivos y otros elementos del periodismo patrio. Poco tiempo después, en el Santiago Bernabéu, Messi sí concluyó el balonazo contra un espectador e Iniesta fue silbado en Bilbao. Nadie juzgó esos hechos, al menos hasta convertirlos en referencias de excelsas carreras sobre el césped. Más tarde los tres se encontraron en el podio del Balón de Oro 2013. Fue mucho tiempo después de la campaña que el ya considerado CR7 realizó con Nike para el mundo anglosajón. Me encanta que me insulten, que me griten, funciono mejor bajo la presión del público rival, venía a decir. Algo así como un futbolístico y quijotesco "ladran Sancho".

Cristiano Ronaldo es Moriarty, Luthor y Magneto. Todos a la vez y todos enfrentados al gran enemigo: Messi. La perspectiva del tiempo permitirá a ambos asumir lo mucho que se han necesitado durante todos estos años, aunque del lo que no quedará ninguna duda es de la capacidad del portugués para generar un ruido que empaña el mensaje de los goles, de los títulos, de ser el símbolo absoluto de éxito en un país que se viene abajo; todo a su pesar, todo por encima de una carrera única, irrepetible. Pocos futbolistas, a ese nivel, han mostrado ese grado de inconformismo con su presente. "Creo que tuve talento y que he trabajado muchísimo para conseguir mis objetivos. Hay que tener la humildad de entender lo que te falta y seguir adelante. Durante toda mi carrera siempre he buscado aprender, evolucionar, y ganar trofeos. Soy muy ambicioso, quiero siempre ganar, y de aquí a que me retire seguiré siendo así". Se lo decía Cristiano a FIFA.com, pero es el gran titular de su vida. Una forma de entender su profesión que choca directamente con la moralina socialdemócrata a la que probablemente el futbolista nunca accedió. Cristiano luchaba en soledad contra los elementos desde la cantera de Portugal. Sólo, con la conciencia recordando la obligación de devolver a los suyos el favor que le había dado la vida. Messi llegó a España rodeado de su familia; fue uno de los directivos históricos del Barcelona quien fue a buscarlo a Rosario. A partir de ese momento comenzaron sus carreras, paralelas. El existencialismo lisboeta frente al posmodernismo catalán. Un devenir que contradice la máxima de Heráclito de Éfeso; porque en el caso de Leo y Cris todo fluye y todo permanece. Messi es el mejor; Cristiano es el símbolo de una forma underground de entender el fútbol. El Real Madrid, en muchos sentidos y desde los comienzos de este siglo, evoluciona hacia el modelo NFL, pero el público del Santiago Bernabéu ha encontrado en su figura la última raíz del madridismo, de ese purismo que muchos sienten haber visto desaparecer de a poco. Representa todo lo que representa el club. Lo que ha representado, al menos. Jugador internacional, talentoso y ambicioso, incansable, protagonista de ese sprint en el 90 que Chamartín siempre aplaudió con fruición, capaz de inquietar al contrario y al colegiado, profesional hasta las últimas consecuencias del término, incansable y ciertamente tribunero. Genera respeto, un concepto en sí mismo finalista para las vidas de muchos y además genera animadversión al otro lado del puente aéreo; en Barcelona, su figura compila todo lo que el barcelonismo ha rechazado históricamente de Raúl, de Figo, de Juanito, de Guti.

Estrella de Nike, del Banco Espirito Santo, de Armani, el pasado junio, a pesar del Balón de Oro y la Liga de Campeones que se le resiste con el Real Madrid, la revista Forbes lo consideró como el futbolista mejor pagado del mundo. CR7 es una marca global como lo fue Air Jordan, un hito del marketing deportivo que se produce en contadas ocasiones. Su carácter genera contenidos de forma constante, sus hitos sobre el césped, también sus exabruptos, sus miradas a cámara, mucho más. Al fin y al cabo ha ganado los campeonatos de Portugal, Inglaterra y España, ha levantado el Balón de Oro, una Liga de Campeones, un Mundial de Clubes, la bota de Oro y ha convertido su carrera en el Real Madrid en una máquina de derribar récords intocables. Siempre le pitarán, siempre le insultarán. Así es su carrera y así lo entendió Nike. En la marca estadounidense comparte protagonismo con Zlatan Ibrahimovic. El sueco luce en su costado un tatuaje que reza: "Only god can judgme me". Como a él.



Publicado en la revista Carácter Masculino.

1 comentario:

  1. Holmes es mis novelas policíacas favoritos. Moriarty es un papel muy inteligente y astuto. Jaja, así que estoy bien les gusta este artículo.

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