jueves, 24 de enero de 2013

YO NUNCA GANÉ EL BALÓN DE ORO, Y ME SIENTO BIEN


A Chamot sólo le quedó el recurso de correr. Girarse y correr mirando hacia el césped esperando la aparición del maestro Ayala. ‘Que lo resuelva él’, podría haber pensado. Y le dio el relevo. El ratón enfrentó e intentó templar, acongojar al rival con esa mirada suya. Ya era tarde. Michael Owen había despegado bastantes metros atrás, cuando controló y orientó la pelota de algodón de azúcar que había recibido de Becks para batir a Roa, el portero de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Aquello ocurrió en Saint Etienne un 30 de junio de 1998, octavos de final del Campeonato del Mundo. Inglaterra se ponía por delante en el marcador (1-2) y el pequeño diablejo del Mersey confirmaba lo que había apuntado sólo unos días antes, cuando se convirtió en el jugador más joven de la historia en marcar un gol en un Mundial. Fue Rumanía su víctima.

Aquella tarde cambió una era en Inglaterra, convertida en 'hater' del gran ídolo, el futbolista que era “demasiado bello para jugar a la pelota”, tal y como lo definió Diego Maradona. Simeone novateó a Beckham, que tras la expulsión se convirtió en el enemigo público número 1 de Fleet Street; y Owen ascendió a los altares. Aún faltaban tres años para que el joven, entonces aún considerado en Liverpool como el heredero de Robbie Fowler, se alzara con el Balón de Oro más polémico de todos los tiempos. Fue en 2001, por delante de Raúl González Blanco y Oliver Kahn. El 7 del Real Madrid, el jugador que consiguió polarizar a todo un país, nunca estuvo tan cerca de la gloria personal. No lo sabía pero desde aquel preciso instante se convirtió uno de los ganadores del No Balón de Oro.

Un título europeo, para europeos, creado por una revista con un target eminentemente europeo a pesar de su globalidad. Un reconocimiento que desde su nacimiento en 1956 marginó durante décadas no sólo al fútbol del resto del mundo, sino también al del otro lado del muro, desaparecido a pesar de la enorme influencia que algunos clubes y selecciones protagonizaron en el desarrollo futuro del juego. El Estrella Roja de Belgrado de 1991 como paradigma. La generación del exilio bélico, el último conglomerado nacional de la Gran Yugoslavia de Tito. Savicevic, Prosinecki, Pancev, Jugovic, Mihailovic, Belodedici, Stojkovic. Un grupo de jugadores único, quizá el equipo con más talento natural de la historia de la Copa de Europa, la que se llevaron en San Nicola de Bari ante el Olympique de Marsella sin haber perdido ningún partido durante la competición. Meses más tarde viajaron a Tokio para disputar la Copa Intercontinental ante el Colo Colo. 3-0 para los yugoslavos, dos de Jugovic, uno de Pancev. Y estalló la guerra, el drama fratricida ante el que el resto de Europa cerró los ojos. Otros se aprovecharon. La Serie A, la Liga, la Bundesliga, incluso la Premier League. Todos querían a aquellos jugadores mágicos que jugaban con disciplina y talento a partes iguales. Y llegó diciembre, y con él el las votaciones para el Balón de Oro. Primero, Jean Pierre Papin; segundos, Dejan Savicevic y Darko Pancev; tercero, Lotthar Matthaus. No hubo demasiadas críticas en la prensa, se aceptó sin demasiadas dudas que Papin, que había perdido la final de la Copa de Europa ante el Estrella Roja de sus dos compañeros de podio, levantara el mayor trofeo individual al que puede aspirar un futbolista. Luego Savicevic maravilló a Italia con un Milán balcánico en el que formaba con Boban; y en 1994, en la final de la Champions de Atenas, humillaron al Barcelona de Cruyff cerrando una época en Cataluña. Nunca más optaron a tan brillante galardón, perdieron su oportunidad.
En los años 90 el fútbol inglés se inventó la Premier League. Tras la tragedia futbolística nacional de Italia 90 y sin superar el horror de Heysel y Hillsborough, el país creó la mejor competición futbolística del mundo. Había que dar equilibrio económico a todos los clubes del campeonato, se venderían los derechos de televisión de manera unificada, sentaron a los aficionados en butacas, vigilaron los accesos, identificaron a los violentos y comenzaron a fichar a estrellas internacionales. Eric Cantoná se convirtió en el referente exportador de la liga. Carisma, talento, fuerza, goles y Manchester United. No era difícil vender vídeos en Asia o el resto de Europa con esa receta. Era francés en Inglaterra, en Manchester, un oxímoron en sí mismo, y sin embargo se convirtió en el primer francés en conquistar el país. Optó al Balón de Oro en una sola ocasión, en 1993. No pudo ser. Roberto Baggio, que había marcado muchísimos goles para la Juventus, fue el ganador. En 1995 Cantona propinó su famosa patada voladora de Selhurst Park. Su clase, infinita, no desapareció jamás, sus posibilidades de epatar con la UEFA sí. Era su liga, su competición, su club, pero dejó escapar sus opciones.

Un caso similar al de Dennis Bergkamp, el único futbolista de la historia que siempre saltó al césped vestido con esmoquin. Maravilló en el Ajax y no tardó en cumplir con el protocolo de los 90. Si el Milan tenía a Van Basten, Rijkaard y Gullit, el Inter se decidió por Bergkamp, que logró brillar en el maldito fútbol italiano de la época. Táctico, duro, físico, agonista. Un deporte que no se practicaba en ningún otro lugar del continente, una trituradora de talento de la que escaparon pocos, entre ellos Maradona; entre ellos Bergkamp. El holandés, artista de vocación, fue tercero en 1992 y segundo en 1993, años en los que los triunfadores fueron Marco Van Basten y Roberto Baggio. Mas tuvo otras oportunidades, aunque no reconocidas. En 1995 se fue a Londres, al Arsenal de la época, un equipo decadente, marcado por la violencia, duro, oscuro. Un equipo que se había mimetizado con el thatcherismo pero que buscaba la luz. Ésta llegó con Bergkamp y con Arsène Wenger, que reintentaron el club hasta convertirlo en el referente del posh football. El holandés elegante formó parte de aquel equipo que ganó la Premier League en la temporada 2003-2004. 'The Invincibles', un honor no se repetía en Inglaterra desde el siglo XIX, cuando lo logró el Preston North End. Tampoco fue suficiente. Los 'gunners' colocaron a Thierry Henry en el podio del Balón de Oro; Beckham fue ninguneado.

Eran los años 90, los años en los que el fútbol se convertía en deporte global. En 1994 el Mundial se organizaría en Estados Unidos, y todas las ligas habían comenzado a vender los derechos de imagen y de televisión por cifras multimillonarias. Prácticamente todos los clubes podían fichar por encima de los 500 millones de pesetas de la época y muchos por encima de los diez millones de libras esterlinas. Pero también existían los One Club Men, a quienes muy pocas veces se les reconoció su capacidad. Emilio Butragueño, por personalidad, movimientos, desparpajo y conceptos tácticos probablemente el delantero más especial de la historia del fútbol europeo, no disfrutó del Balón de Oro a pesar de las campañas realizadas a su favor. Estuvo en el podio cuando el Real Madrid se convirtió en la Quinta del Buitre. En 1986, tras el Mundial de México y los cuatro goles de Querétaro, fue tercero, el mismo puesto que ocupó el año siguiente. Vistió la camiseta del Real Madrid durante más de una década, pero la llegada de las estrellas internacionales al club le cerraron para siempre las puertas del balón soñado.

Otros nunca entraron en la terna de posibles ganadores. Matt Le Tissier, nacido e en Saint Peter Port, capital de Guernsey, una pequeña isla del Canal de La Mancha, jamás aspiró a tan espectacular trofeo. Tampoco a vestir la camiseta de la selección inglesa o viajar en dirección a los millones de libras que manejaban entonces los clubes del norte industrial. Vivió en Southampton, vive en Southampton, y desde allí continúa agrandando una leyenda que el mainstream no reconoció por invidente. LeGod, el gran maestro, el tipo que lanzaba penaltis de memoria, que marcaba goles espectaculares, que no se cuidaba, que lucía panza. Un jugador old school protagonista de una época que jamás volverá a Inglaterra. Podía haber sido lo que él hubiera querido, y más o menos así fue. Sin Balón de Oro, sin títulos a sus espaldas, sigue siendo uno de los futbolistas más reconocidos de su generación, por encima incluso de Alan Shearer y Paul Gascoigne, otro futbolista maldito que nunca fue considerado como candidato real por France Football. Le Tissier superó los 200 goles con los Saints, con quien lanzó 50 penas máximas de las que anotó 49.

Pero sin con algún estamento del fútbol ha sido injusto France Football, ha sido con zagueros y guardametas. Sólo Franz Beckenbauer (en dos ocasiones), Matthias Sammer, Fabio Cannavaro y Lev Yashin han levantado la esfera dorada. Ni Franco Baresi (segundo en 1989), ni Danny Blind, ni Fernando Hierro fueron reconocidos en su momento, algo similar a lo ocurrido con Dino Zoff (segundo en 1973), Oliver Kahn (tercero en 2002 y 2003), Gianluigi Buffon (segundo en 2006) e Iker Casillas, que a pesar del dominio absoluto mostrado en las porterías de Real Madrid y selección española nunca ha sido suficientemente reconocido, quizá por compartir generación con Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Xavi Hernández o Andrés Iniesta, con quien el fútbol podría cometer un pecado histórico. Iniesta, quizá el jugador mundial más influyente de los últimos años, es firme candidato a no ser reconocido jamás por un problema coyuntural. Ya ocurrió con la Italia de finales de los sesenta y principios de los setenta. Gianni Rivera y Gigi Riva emocionaban y levantaban el ánimo de un país convertido ya en una potencia industrial y cultural de la época, pero sólo Rivera logró el gran reconocimiento.

PD: Históricamente el Balón de Oro se ha convertido en un encubridor de talento. La disciplina, los títulos, la capacidad física, el carisma en el césped, la nacionalidad, han tapado durante años a la clase, la magia, el arte de muchos futbolistas creadores de un paradigma futbolístico: El juego por el juego; la diversión por la diversión. Puskas, Haynes, Fachetti, Francescoli, Maradona, Laudrup, Garrincha, Sócrates, Neeskens, Romario, Hagi, Scifo, Kempes, Zico, Totti… Todos ellos acumulan centenares de trofeos. No el Balón de Oro. ¿Están o no están en nuestro subsconsciente?


Publicado en el número 12 de la revista Quality Sport.