miércoles, 21 de agosto de 2013

BERNARD TAPIE, LA VIDA BRILLANTE


Nació en 1943, cincuenta años antes de que Basile Boli diera al Olympique de Marsella, y como consecuencia al fútbol francés, la primera Copa de Europa de su historia; y lo hizo en el distrito de París en el que reposan algunas de las personalidades más importantes e influyentes de la historia de la humanidad. Al noreste, al XX, pobre y abarrotado, sus orígenes, el último de los distritos capitalinos, acuden los turistas en masa y peregrinación, Lonely Planet en mano, con el objeto de traspasar los muros de Père Lachaise, el cementerio que no es un parque, el parque que es un cementerio. María Callas, Jim Morrison, Honoré de Balzac, Oscar Wilde, Molière y Modigliani, entre muchos otros, decidieron descansar allí para siempre, convirtiendo la zona en uno de los lugares más visitados de Francia, meca de la cultura pop. Bernard Tapie, Tapy en los setenta, considerado a sí mismo como el segundo hombre más guapo de Francia tras Alain Delon, correteó entre aquellas lápidas y los miles de visitantes que diariamente visitaban su distrito durante aquellos primeros años de vida, su infancia, tan normal como la de cualquiera de los vecinos de su edad. Hijo de la clase media que convirtió a Francia en una potencia mundial de la época, su futuro estaba predestinado; iría a la universidad y mejoraría la situación económica y social de sus padres; quizá se convertiría en funcionario de la República. Ésa era la hoja de ruta que habían diseñado para él mientras iba empapándose de la socialdemocracia que surgió tras las fallidas revoluciones del 68 y que terminaría por llevar a Mitterrand al Palacio del Elíseo. En el principio Tapie era de izquierdas, algo no demasiado extraño a tenor de lugar en el que creció; o al menos eso creía él. Sin embargo, el servicio militar obligatorio cambiaría para siempre su percepción de la realidad, abriendo ante sus ojos un horizonte económico-social jamás imaginado con anterioridad, especialmente durante su adolescencia en el barrio. ¿Por qué conformarse con un apartamento en una torre de las afueras, un Renault de segunda mano y diez días de vacaciones al año en Arcachon si podía aspirar a todo? De modo que fue en el ejército y no entre los rascacielos de La Défense donde Tapie se convirtió en ambicioso, donde atisbó y en parte asumió las formas a través de las cuales habían crecido y prosperado algunos de los hombres más importantes de su país. Y, evidentemente, decidió ser como ellos. Intentaría comportarse como ellos.

Llamadme Nanard, repetía una y otra vez a su círculo más cercano como si de un Ismael de Nantucket se tratara, aunque eso fue antes de dar el pistoletazo de salida a una vida tan exitosa en lo empresarial como disoluta en lo personal. Los 70 habían terminado en el calendario y en la calle, y el modelo capitalista de este lado del bloque se iba imponiendo de a poco, convirtiendo a obreros tradicionales en representantes del nuevo capitalismo, el del sueño americano, el de los hombres hechos a sí mismos. En aquellos años, Nanard vendió electrodomésticos y coches, cantó en programas de televisión y se acercó a los principales centros de poder del país; en definitiva, había tomado la gran decisión, la que marcaría su devenir: el futuro no sería un espejo del presente de sus padres, quería más, mucho más. 


Era la década de los 80 y Francia comenzaba a descentralizarse de París, otorgando nuevos poderes (competencias) a las comunas, las regiones, los departamentos; la era en la que Delon triunfaba en el cine y Gainsbourg, amigo de Marley y Tosh, paseaba a Jane Birkin por el mundo completamente borracho. Platini brillaba sobre el césped y Bernard Hinault, el bretón indomable, dominaba el Tour a pesar de las ambiciones de un joven con gafas de John Lennon, coleta rubia y cara de intelectual, llamado Laurent Fignon que sin embargo logró batirlo en 1983. Había nacido uno de los grandes enfrentamientos de la historia del ciclismo francés. Hinault, uno de los deportistas galos más importantes de todos los tiempos se sintió humillado ante la decision de Cyrille Guimard, gurú bicicletero del equipo Renault, que dio galones al parisino por delante del deportista más famoso de Francia, cuatro tours a sus espaldas. Y allí fue, precisamente allí, entre la marejada, donde Tapie encontró un nuevo nicho en el que desarrollarse, el mejor escaparate posible para seguir medrando en el complicado, arraigado e inmóvil establishment francés. Qué mejor que fundar un equipo ciclista con el que aspirar a ganar el gran evento deportivo nacional, pensó. Y lo creó de la nada. En 1984, cuatro años después de hacerse con el emporio de la comida saludable por 200 millones de francos de la época, nació La Vie Claire, la escuadra con los maillots diseñados por el equipo de diseño de Oliverio Toscani en Benetton e inspirados en la vanguardia de Piet Mondrian que junto a Look revolucionó la tecnología de su deporte; una formación que muy poco después, en 1985, llevaría al Caimán a igualar el récord de victorias, cinco, que por entonces ostentaban Anquetil y Merckx en la ronda gala, una de las patas de la Quinta República. Junto a Hinault, Tapie fichó a los estadounidenses Greg Lemond y Andrew Hampsten, con el único objetivo de seguir aspirando a todo dentro y fuera de las carreteras. El bretón hizo realidad su sueño y el exitoso empresario, que había descubierto la gran influencia que el deporte tenía en la sociedad de su país, estableció la plataforma perfecta desde la que saltar al estrellato económico y social que tanto ansiaba. Había acumulado un gran éxito empresarial y empezaba a recoger los frutos de una estrategia planificada hasta el ultimo detalle, mas necesitaba seguir creciendo. El fútbol y la política esperaban.

El 27 de junio de 1984, la selección francesa de Tigana, Platini, Giresse y Luis Fernández batió a España en el Parque de los Príncipes de París, dando a les bleues el primer gran título de su historia. Platini, estrella de la Juventus, era el mejor jugador del momento, anotando decenas de goles en la durísima Serie A e influyendo tácticamente en todos los entrenadores que le dirigieron. Por su parte, Francia, tal y como sucedió tras el Campeonato del Mundo de 1998, era la selección de moda, aunque su fútbol seguía sin dominar en Europa a nivel de clubes. Hasta esa fecha, el país había llevado a dos de sus equipos a tres finales de la Copa de Europa, dos el Stade de Reims y una el Saint Etienne, aunque sin suerte. Mientras tanto, en la competición doméstica, la Ligue 1, el poder y los títulos se los repartían entre el Girondins de Burdeos y el Paris Saint Germain. Tras su éxito en la compra de compañías en quiebra y su maravillosa experiencia en el mundo del ciclismo, Bernard Tapie dio un paso más en su carrera empresarial. El Mundial de México de 1986 había encumbrado a Maradona a niveles de The Beatles y el fútbol comenzaba la ascension mercadotécnica que continúa imparable hasta nuestros días. Nanard no lo dudó, entraría en el deporte rey como mandamás de uno de los clubes con mayor mercado de Francia, el Olympique de Marsella. El club de la Provenza había brillado en el pasado con la consecución de cuatro títulos de liga (dos en la década de los 30, dos en la de los 70), pero en aquellos años se encontraba en un estado futbolística y económicamente deplorable, con descenso a Segunda División incluido. “Construiré el mayor y mejor equipo que Francia ha visto jamás”, dijo Tapie tras su adquisición. Y así fue, aunque le costó ganar. Al igual que en La Vie Claire decidió reforzar su ‘juguete’ a golpe de talonario, y así llegaron Alain Giresse, procedente del Girondins y Karl Heinz Foster, que había brillado en el Stuttgart. Fueron las primeras estrellas de una constelación que poco después estaría formada por Eric Cantona, Rudi Völler, Enzo Francescoli, Abedi Pele, Fabien Barthez, Chris Waddle, Jean Pierre Papin, Didier Deschamps o Basile Boli, entre muchos otros. Una vez más, Tapie había logrado su objetivo. El Olympique ganó cuatro ligas consecutivas y una Copa de Francia en cuatro años (1988-1992), convirtiéndose en el dominador absoluto de la competición gala, pero también de las competiciones europeas. En 1991 alcanzó la cuarta final francesa en la Copa de Europa, pero cayó ante el Estrella Roja de Belgrado de Pancev, Prosinecki y Savicevic en el estadio San Nicola de Bari. Habría que esperar otros dos años, 1993, para la llegada del clímax absoluto, cuando Basile Boli batió a Rossi en el Estadio Olímpico de Múnich; un solitario gol logrado en un triste partido en el que los marselleses se enfrentaron al poderoso Milan de Silvio Berlusconi (su espejo más allá de Ventimiglia) y que valió una Copa de Europa, la primera en la historia del país. Bernard Tapie ya era el empresario más famoso de Francia, el personaje más exitoso. Había cumplido su sueño, brillaban las luces a su alrededor, aunque no tardarían en asomar unas sombras que le perseguirían hasta el día de hoy.

Pocos meses después de que Deschamps levantara en Baviera la primera Liga de Campeones de la historia, regresó la polémica a su vida. El Olympique fue acusado de amañar un partido de Ligue 1 ante el Valenciennes y el equipo fue sancionado con el descenso a Segunda División; eso sí, el título continental se quedó en la ciudad. Al parecer Tapie arreglaba partidos de liga para de este modo no exponer a sus estrellas en choques que él mismo consideraba como intrascendentes, reservándolos así para su gran objetivo, la Copa de Europa. Fue esa la culminación para el empresario de una travesía por la polémica, los debates de televisión y las portadas de los periódicos más importantes que había comenzado en 1988, cuando Mitterrand se fijó en su incipiente figura para intentar doblegar al fascista Jean Marie Le Pen en el sur del país. Tapie, toda una celebridad, logró su escaño tras una campaña electoral muy recordada en Francia, comenzando unas relaciones que sólo le traerían problemas a corto plazo y que le acabarían relacionando años más tarde con Sarkozy, enemigo político de la izquierda que tanto había defendido.

A finales de los años 80, Adidas era una compañía situada prácticamente en la quiebra a pesar de ser una de las marcas más reconocidas del mundo y líder mundial en ropa deportiva. Tapie, acostumbrado a reflotar empresas en bancarrota, vio una oportunidad y decidió entrar en escena, no sin unas consecuencias que siguen marcando su vida a día de hoy. En 1991, previo pago de 1.600 millones de francos se hizo con la marca alemana merced a un crédito preferencial, aunque poco después se vio obligado a vender, ya que a su vez había aceptado una nueva oferta de Mitterrand para entrar en la alta política a través del Ministerio de Ciudades. Es ahí donde comienza una de las batallas judiciales más extrañas y reviradas de todos los tiempos. Tapie cedió la operación de venta a sus amigos de Credit Lyonnais, que encontraron a Robert Louis Dreyfus en el mercado internacional. Fue una venta exitosa, aunque la entidad bancaria, semipública en aquellos tiempos, ‘olvidó’ detallar a Tapie las plusvalías obtenidas, con lo que éste procedió a denunciar. Sin embargo, no fue hasta 2005 cuando se conoció la sentencia, que obligaba al estado francés a indemnizar al parisino con 135 millones de euros. Una decision judicial que poco después sería anulada por el Tribunal Supremo galo y que llevó a Tapie a entrar una vez más en la escena política. En 2007 Nicolás Sarkozy y Segolène Royal se encontraban en plena batalla electoral. Lo normal, tras una trayectoria en la que siempre se había relacionado con la izquierda, habría sido que Nanard se pusiera del lado de la dama socialista. No fue así. Tapie, todavía carismático, todavía célebre, apoyó a Sarkozy, buscando de esta manera un rédito a corto plazo que llegaría tras el nombramiento de Christine Lagarde (hoy directora gerente del Fondo Monetario Internacional) como ministra de Economía una vez que Sarko alcanzó los salones del Elíseo. Y con ella llegó el premio. 403 millones de euros de indemnización para Tapie en una decisión tan controvertida que colea hasta hoy mismo. El Partido Socialista francés intenta demostrar tráfico de influencias, tratos de favor, entre Sarkozy y Tapie, que no parece que puedan llegar a demostrarse. Nanard, el vendedor de televisiones, cantante, campeón del Tour de Francia y de la Liga de Campeones, había vuelto a ganar.

miércoles, 6 de marzo de 2013

INVIERNO EN EL LAZIO


El pasado 3 de enero Kevin Prince Boateng, estrella absoluta del Milan, faro del risorgimento que vive uno de los clubes más laureados de Italia, perdió la paciencia y lanzó un balonazo contra la grada del Aurora Pro Patria, pequeño club lombardo de la Lega Pro Seconda Divisione que recibía a sus millonarios vecinos para disputar el típico partido amistoso navideño. A los pocos minutos de la actuación del ghanés que a diferencia de su hermano decidió no vestir la camiseta de Alemania, el equipo de Berlusconi al completo, encabezado por su entrenador Massimiliano Allegri, abandonó el césped. Los hechos acontecieron en el Carlo Sparoni, estadio de Bursto Arsizio, pequeñoburguesa ciudad de Lombardía, provincia de Varese, otrora uno de los centros nacionales de producción textil. Los insultos racistas fueron el motivo de la estampida rossonera. M'Baye Niang, Urby Emanuelson y Sulley Muntari presentaron sus quejas ante el colegiado y el delegado local en reiteradas ocasiones. Un pequeño grupo de aficionados, ínfimo en un estadio de poco más de 4.500 localidades, increpó sin cesar a los jugadores de raza negra del equipo rival durante el escaso tiempo que duró el partido. Curioso en un club que presume de haber sido la lanzadera a la Serie A de Ikechukwu Kalu, internacional nigeriano. Habitual en una ciudad que contaba en su último censo con más de 7.000 habitantes de origen extranjero, dos mil de ellos procedentes de Albania, uno de los países que conforman el particular eje del mal del Il Popolo della Libertá, el partido de Berlusconi que gobierna la ciudad. 

 “¿Boateng? Un profesional no puede comportarse así”. Es la opinion de Gianluigi Farioli, alcalde de Busto Arsizio, pocos días después del desarrollo de unos acontecimientos que dieron la vuelta a Italia y que permitieron llenar horas y horas de esa extraña television política que se inventó Il Cavaliere, il capo dei cappi, en los 90. “No conozco a los aficionados que han insultado, pero estoy seguro de que no son hinchas de nuestro equipo”, continuaba el sindaco lombardo, que probablemente obviaba el motivo por el que el Aurora Pro Patria, entonces Pro Patria a secas (su nombre actual data de 1995), se convirtió en historia del fútbol mundial.

En 1949, Ladislao Kubala, hijo de padre húngaro y madre checoslovaca, vestía la camiseta del Vasas Budapest, además de formar parte de la generación magiar que unos años después maravillaría al mundo en Wembley imponiéndose a la entonces casi imbatible selección inglesa. El comunismo, en el poder desde hacía dos años, en principio no fue un problema para un futbolista de élite de sus características; sin embargo, la llegada del matrimonio y el nacimiento de su hijo cambiaron completamente su perspectiva. Su esposa  y el bebé vivían en Checoslovaquia; él en Hungría. El partido, el gobierno, impedían la libre circulación de ciudadanos entre países y ante la imposibilidad de reunirse con su familia de forma habitual Kubala decidió emigrar de forma clandestina. Lo hizo uniformado como soldado y  a bordo de un camión con matrícula soviética que lo trasladó hasta Innsbruck, donde entró en contacto con el Pro Patria; allí, el club lombardo le cedió un vehículo que lo trasladó primero a Zúrich y posteriormente a Italia. La FIFA aseguró que normalizaría su situación en un breve espacio de tiempo, y a los pocos meses el genial atacante firmaba su primer contrato profesional con ciertas garantías económicas. Había cruzado el telón, estaba en Italia y jugaría en la Serie A.

No tardó demasiado en regresar a la realidad. La de un refugiado politico al otro lado del Adriático. Tras su paso por Busto Arsizio, el único club que verdaderamente confió en él desde un principio, dio con sus huesos en el campo de refugiados de Cinecitta, muy cerca de Roma, donde sólo un año después se rodaría Quo Vadis. Luego llegaría la fundación del Hungaria, la de las estrellas en el exilio, las ofertas del Real Madrid y el Barcelona, donde posteriormente se convertiría en leyenda, y la del Torino. El Grande Torino. El equipo de Mazzola, de Castigliano, de Loik que comenzaba a cambiar la historia. Kubala negoció con los turineses, pero finalmente optó por no aceptar la oferta. El 4 de mayo de 1949, el considerado entonces mejor equipo del mundo falleció al completo tras un trágico accidente aéreo acaecido en las colinas de Superga, cerca de la basílica donde descansa buena parte de la dinastía Saboya.

Los ultras del Pro Patria, equipo que militaría en España en la Tercera División, son pocos, ruidosos y de amistades peligrosas. Quizá no conozcan la relación de sus colores con la historia de Kubala, pero se saben de memoria las de Paolo Di Canio, Sinisa Mihajlovic y Aaron Winter con el Lazio. Los tres jugaron en el equipo del que fue socio Benito Mussolini, aunque disfrutaron de relaciones muy diferentes con la hinchada más radical del país, los Irrudicibili, los nazis del calcio, colegas de los nazis del Pro Patria, del Real Madrid o del PSG. Di Canio celebraba goles con el saludo fascista, a Mihajlovic, bandera de Serbia durante la Guerra de los Balcanes, lo recibían con carteles con el nombre de Arkan, uno de los criminales de guerra más sanguinarios de la historia. A Aron Winter, como a Boateng, Niang, Emanuelson o Muntari en Busto Arsizio, no dejaron de insultarle durante su estancia en Roma. Con una diferencia: las faltas de respeto llegaban desde la grada de los suyos, las de sus propios aficionados.

Aron Winter, de nacionalidad holandesa, nació en Surinam, pero desarrolló toda su carrera en Europa, primero en el Ajax y más tarde en el Lazio y el Inter de Milán. De religión judía, en 1992 se convirtió en el primer jugador negro de la historia del equipo romano; había llegado además para sustituir a Paul Gascoigne, ídolo local, con lo que sin saberlo asumió una presión que inimaginable en el momento de rubricar su contrato. La curva norte del Olímpico lo recibió con pancartas con lemas como “Auschwitz es vuestra tierra, los hornos vuestras casas”, pero el clímax de su relación llegó tras una victoria ante la Roma en su primera campaña en Italia. Winter se acercó a las gradas y regaló su camiseta, que automáticamente fue devuelta al césped en clara señal de rechazo. El centrocampista aún aguantó otras tres temporadas en el Lazio antes de viajar hacia el norte, hacia Lombardía. Llegó al Inter de Milan solo un año después de la refundación del Pro Patria, disuelto tiempo atrás por problemas económicos. Allí Winter se encontró con ultras de extrema derecha que silbaban al rival. Su lugar en el centro del campo del Lazio lo ocupó tres años más tarde Juan Sebastián Verón, futbolista de izquierdas considerado como una leyenda por los nazis amigos de los nazis de Busto Arsizio.

viernes, 8 de febrero de 2013

EL GRAN MORIARTY


Todo en Sherlock Holmes gira alrededor de Moriarty.El gran enemigo, el tipo que le pone en apuros, el único humano sobre la faz de la tierra capaz de hacer funcionar a pleno rendimiento la capacidad intelectual del detective. Holmes le necesita para sobrevivir, se encierra en su apartamento cuando no encuentra sus referencias en los tabloides, alcanza el desquicie. Es James Moriarty, su personalidad, su evolución, el verdadero fondo y porqué de la obra de Arthur Conan Doyle, la mayor y mejor preparada mente criminal de la era victoriana. La némesis del investigador, tan necesaria como la presencia de Watson; su antítesis. Moriarty, Lex Luthor, Spectre, Magneto, El Coyote. El imaginario popular intercambia sus miedos más inquietantes y perversos con personajes de ficción contra los que proyecta su incapacidad para lograr muchos de los retos planteados y no resueltos. La venganza, la sensación de fracaso y la inadapatación social frente a la constancia, el talento, la inteligencia, el éxito. Epatan con el espectador, generan feedback, y ellos mismos manejan conscientemente el concepto de 'personajes imprescindibles'.

Cuando Messi aún intercambiaba La Masía y el Camp Nou, Cristiano Ronaldo ya era el albacea del testamento de Eric Cantona. Había abandonado Madeira años atrás en dirección al Sporting, a Lisboa, más metrópoli que capital para los insulares lusos. Aquel fue un hecho que marcaría no sólo su personalidad, sino también su evolución futbolística. Pero en 2004 Ronaldo, como lucía en su camiseta, estaba a media de temporada de observar cómo Old Trafford, Theatre of Dreams, se rendía al talento bruto, puro, más bestial jamás visto sobre un terreno de juego. El posicionamiento táctico de Gullit, la velocidad de Gento, la técnica de Maradona, el talento de Zico, el cuerpo de Davids, el disparo de Roberto Carlos. El jugador total que además presume de belleza y cuenta corriente. Cristiano necesita cenar con Paris Hilton, conducir bentleys y lucir 'gés' de Gucci hasta en el ribete de las medias; es la barrera que marca con la sociedad. El escudo protector necesario para combatir un desapego endógeno hacia todo lo que no tenga que ver con los récords, con batirse a uno mismo, con un continuo Everest sin oxígeno contra el que nada más puede hacer que ganar. Lo demás es accesorio: su mansión de La Finca, los Aston Martin, la ropa, el pelo, sus brillantes, sus rosario. Todo ello va encaminado a luchar contra la rutina de la presión, contra la sensación de ser el responsable de toda una generación familiar, sus orígenes humildes, la soledad. Una adolescencia marcada por la única necesidad de llegar, de triunfar, de lograrlo. No sólo eso, también de enseñarlo, porque tras una rabona Cristiano se levanta de la cama y le dice a Ava Gardner: "Ahora vuelvo, esto tengo que contarlo". Es la actitud de barrio, chulesca, epatadora en muchos casos, rapera. La victoria por encima de todas las cosas, la burbuja del éxito, del 'show me your money' que Cuba Gooding Jr le exigía a Jerry McGuire.

A Cristiano Ronaldo le pitan porque responde, porque luce six-pack, porque dice ser "guapo y rico", pero también por sus centenares de goles, sus galopadas, su coraje, su inconformismo. Pero ya le insultaban antes de los cortes de manga y de aquel punto de inflexión que supuso el amago de balonazo a un aficionado rojiblanco en San Mamés; siempre ha sido el bueno entre los rivales, el gran objetivo de cualquier hincha. Aquel gesto, inconcluso, realizado en uno de los templos del fútbol mundial dio la vuelta al mundo. Era Cristiano, era La Catedral y eran el Athletic y su afición, un cóctel explosivo para tertulianos televisivos y otros elementos del periodismo patrio. Poco tiempo después, en el Santiago Bernabéu, Messi sí concluyó el balonazo contra un espectador e Iniesta fue silbado en Bilbao. Nadie juzgó esos hechos, al menos hasta convertirlos en referencias de excelsas carreras sobre el césped. Más tarde los tres se encontraron en el podio del Balón de Oro 2013. Fue mucho tiempo después de la campaña que el ya considerado CR7 realizó con Nike para el mundo anglosajón. Me encanta que me insulten, que me griten, funciono mejor bajo la presión del público rival, venía a decir. Algo así como un futbolístico y quijotesco "ladran Sancho".

Cristiano Ronaldo es Moriarty, Luthor y Magneto. Todos a la vez y todos enfrentados al gran enemigo: Messi. La perspectiva del tiempo permitirá a ambos asumir lo mucho que se han necesitado durante todos estos años, aunque del lo que no quedará ninguna duda es de la capacidad del portugués para generar un ruido que empaña el mensaje de los goles, de los títulos, de ser el símbolo absoluto de éxito en un país que se viene abajo; todo a su pesar, todo por encima de una carrera única, irrepetible. Pocos futbolistas, a ese nivel, han mostrado ese grado de inconformismo con su presente. "Creo que tuve talento y que he trabajado muchísimo para conseguir mis objetivos. Hay que tener la humildad de entender lo que te falta y seguir adelante. Durante toda mi carrera siempre he buscado aprender, evolucionar, y ganar trofeos. Soy muy ambicioso, quiero siempre ganar, y de aquí a que me retire seguiré siendo así". Se lo decía Cristiano a FIFA.com, pero es el gran titular de su vida. Una forma de entender su profesión que choca directamente con la moralina socialdemócrata a la que probablemente el futbolista nunca accedió. Cristiano luchaba en soledad contra los elementos desde la cantera de Portugal. Sólo, con la conciencia recordando la obligación de devolver a los suyos el favor que le había dado la vida. Messi llegó a España rodeado de su familia; fue uno de los directivos históricos del Barcelona quien fue a buscarlo a Rosario. A partir de ese momento comenzaron sus carreras, paralelas. El existencialismo lisboeta frente al posmodernismo catalán. Un devenir que contradice la máxima de Heráclito de Éfeso; porque en el caso de Leo y Cris todo fluye y todo permanece. Messi es el mejor; Cristiano es el símbolo de una forma underground de entender el fútbol. El Real Madrid, en muchos sentidos y desde los comienzos de este siglo, evoluciona hacia el modelo NFL, pero el público del Santiago Bernabéu ha encontrado en su figura la última raíz del madridismo, de ese purismo que muchos sienten haber visto desaparecer de a poco. Representa todo lo que representa el club. Lo que ha representado, al menos. Jugador internacional, talentoso y ambicioso, incansable, protagonista de ese sprint en el 90 que Chamartín siempre aplaudió con fruición, capaz de inquietar al contrario y al colegiado, profesional hasta las últimas consecuencias del término, incansable y ciertamente tribunero. Genera respeto, un concepto en sí mismo finalista para las vidas de muchos y además genera animadversión al otro lado del puente aéreo; en Barcelona, su figura compila todo lo que el barcelonismo ha rechazado históricamente de Raúl, de Figo, de Juanito, de Guti.

Estrella de Nike, del Banco Espirito Santo, de Armani, el pasado junio, a pesar del Balón de Oro y la Liga de Campeones que se le resiste con el Real Madrid, la revista Forbes lo consideró como el futbolista mejor pagado del mundo. CR7 es una marca global como lo fue Air Jordan, un hito del marketing deportivo que se produce en contadas ocasiones. Su carácter genera contenidos de forma constante, sus hitos sobre el césped, también sus exabruptos, sus miradas a cámara, mucho más. Al fin y al cabo ha ganado los campeonatos de Portugal, Inglaterra y España, ha levantado el Balón de Oro, una Liga de Campeones, un Mundial de Clubes, la bota de Oro y ha convertido su carrera en el Real Madrid en una máquina de derribar récords intocables. Siempre le pitarán, siempre le insultarán. Así es su carrera y así lo entendió Nike. En la marca estadounidense comparte protagonismo con Zlatan Ibrahimovic. El sueco luce en su costado un tatuaje que reza: "Only god can judgme me". Como a él.



Publicado en la revista Carácter Masculino.

lunes, 4 de febrero de 2013

JÁLALE GUEY


El 31 de agosto de 2010 Edgar Valdez Villarreal fue presentado por la Policía Federal mexicana ante los medios de comunicación. Vestido con un polo de la marca Ralph Lauren, unos jeans y unas Nike de 300 dólares, los agentes encargados de proyectar en la calle la lucha contra el narco imaginada por Felipe Calderón ofrecieron a la prensa a un hombre sonriente que en absoluto recordaba al delincuente tradicional de bota picuda y cuerno de chivo que habitualmente posaba ante las cámaras de la Procuradoría General de la República. Güero, de ojos azules y de origen estadounidense la detención de La Barbie se convirtió en una de las más mediáticas del sexenio Calderón. Valdez Villarreal formaba parte de la élite que había cambiado para siempre las reglas del juego en la guerra contra el narco. Introdujo el armamento pesado, abrió rutas en territorios fronterizos inexplorados hasta entonces y se relacionó con los más grandes tras calentar plazas de la forma más sanguinaria, violenta y escurridiza que uno pueda imaginarse. Dicen los cronistas que fue consejero personal de Arturo Beltrán Leyva, el Jefe de jefes, y de Joaquín El Chapo Guzmán. Dicen que fue el ideólogo de las narcomantas, los mensajes que los cárteles colocan en los lugares más dispares a modo de advertencia para el grupo rival o como simple firma. Como aquella que apareció colgando del Periférico Sur de la Ciudad de México tras la declaración de una testigo una vez detenido: "Chiva, tú sabes cuánto quiero al JJ. Te dije que te quedaras callada y no lo hiciste. Por eso te voy a cortar la cabeza. Tú sabes que lo que le pasó a este pendejo fue por meterse con Arleth Terán y ella es mi vieja. Atte. La Barbie". También dicen que la sonrisa que lucía ante las cámaras el día de su detención escondía mucho más que nerviosismo. Al día siguiente llenó periódicos como nunca antes lo había hecho un capo de su nivel en México. Era el narco pop, habitual en las discotecas de moda, relacionado con las celebrities del país, residente en las villas más exclusivas de las urbanizaciones más elitistas. Nada que ver con el prototipo norteño. El narco, al menos el relato sobre el narco, empezaba a cambiar.

Su leyenda creció con su detención, para muchos inverosímil. 300 policías federales rodearon su guarida, situada en la población de Cañada de Alferes, en el Estado de México. Cuatro cercos y 14 meses de inteligencia acabaron en una balacera entre cuerpos de seguridad y mafiosos en la que según se publicó llegaron a escucharse explosiones de granada. Los hombres de La Barbie defendieron su territorio, pero terminaron derrotados. Había caído uno de los hombres más buscados tanto en México como en Estados Unidos por delitos contra la salud y blanqueo de capitales. Y de repente se convirtió en protagonista absoluto de los medios de comunicación. Las noticias que se filtraban sobre su forma de vida, más cerca del clásico hombre de negocios que del rudo narco, sobre sus amistades, su guardarropa, los restaurantes y discotecas que frecuentaba, no hacían sino incrementar su popularidad. Pero sobre todo aquella enigmática sonrisa que lució en su presentación ante la prensa rodeado de la élite policial del país y que no logró ocultar el impactó que provocó su indumentaria. La delincuencia organizada estaba cambiando en México, también su relación con los medios. Consciente o inconscientemente aquel día La Barbie, con su polo Ralph Lauren verde oscuro con la leyenda London en el torso, demostró que cualquiera podía ser narco. Un pleonasmo en realidad, pero también una novedad.

Dos meses y medio después, el 19 de noviembre de 2010, el reportero de TV Azteca Miguel Aquino recibió en su móvil una llamada de la Policía Federal: le habían autorizado a entrevistar a La Barbie en el Condel, su centro de mando. Cuenta Aquino en su libro ¿Por qué sonríe La Barbie? que apenas tuvo tiempo para preparar un cuestionario. Le habían citado media hora después y debía sortear el tráfico de la Ciudad de México. Si no llegaba a tiempo Valdez sería trasladado al penal de máxima seguridad del altiplano, de imposible acceso para un periodista. Valdez Villarreal responde a las preguntas de manera distendida. Está relajado, controla lo que sucede a su alrededor. Explica la manera en la que llegaba la cocaína desde Colombia y cómo se convertía en millones de dólares al otro lado de la frontera, cuenta que había encargado la realización de una película sobre sus andanzas, desentraña las relaciones que mantenía con los otros cárteles, su modo de actuar, su estilo de vida. Y evidentemente habla de Salvador Cabañas, estrella del América, ídolo en Paraguay, mejor jugador sudamericano de 2007, baleado en el baño del Bar Bar de la Ciudad de México la madrugada del 25 de enero de 2010.

Tras la apertura de las investigaciones comienzan a surgir los primeros nombres, pero sobre todo dos: José Jorge Balderas Garza, alias El JJ o el Batman y José Francisco Barreto García, alias El Contador. Ambos presuntamente se encontraron con el delantero de las águilas en el servicio del Bar Bar, en aquella época uno de los locales de moda en el Distrito Federal y refugio habitual de miembros del famoseo local e internacional. Así relata el diario La Razón de México aquel encuentro. Escribe Carlos Jiménez:


Salvador Cabañas y el JJ discutían en el baño del Bar Bar. De pronto el futbolista vio que aquel hombre sacó una pistola que escondía en la cintura y cortó cartucho. Aún no le apuntaba y Cabañas se adelantó: tomó el arma con una mano y dirigió su frente hacia el cañón. Cuando el metal tocó su cabeza, a gritos lo retó: "jálale, jálale".
En la entrada del baño estaba El Paco, como conocían todos al escolta de el JJ o el Jay Jay como también lo llamaban. Éste observó todo, pero no intervino.
El JJ jaló el gatillo. El tiro hizo girar a Cabañas, quien cayó al piso boca abajo. El agresor, sin inmutarse, se levantó la playera, se guardó la pistola en el pantalón y le dijo a su escolta: "ya vámonos, guaye".
Javier Ibarra fue el único testigo de la agresión. Lo primero que declaró ante la Procuraduría fue que sólo escuchó que alguien gritó: “¡Hey, cabrón!” Después oyó el tiro.
En su segunda declaración cambió su relato. Y ese mismo lo sostuvo al hacer la reconstrucción de lo sucedido el lunes de la semana pasada, de acuerdo con el expediente FAO/AO-4/T1/147/10-01.
Según contó, fue Salvador Cabañas quien se “tornó agresivo” en la plática que tenía con el JJ en el baño. Así lo detalló el hombre que limpiaba el lugar al momento de la agresión.
-¿Cabañas, qué pasó con esos goles? -preguntó el JJ.
El futbolista no le respondió.
-¿Qué pasó con esos goles Cabañas? -insistió.
-¿Cuáles goles? -respondió el paraguayo.
-Los del América, para que gane el equipo.
Tornándose agresivo, en esos momentos (Salvador) Cabañas le contestó:
-¿Tú quién eres para decirme cuáles goles?
Al ver esa actitud, el JJ sacó una pistola negra que llevaba en la cintura y cortó cartucho mientras decía: "Yo soy el hijo de la chingada que te va a romper tu puta madre".
En ese momento se asomó El Paco (el escolta) pero no hizo nada. Entonces Cabañas tomó el arma y dirigió su frente hacia el cañón de la pistola”, relató el afanador. Cuando hizo contacto con su cabeza, el futbolista lo retó: "¡jálale, jálale!".
Javier Ibarra contó que aprisa tocó el "botón rojo de emergencia" del baño. Pero el JJ disparó y nadie llegó a ayudar.
Cuando el empleado de seguridad Heriberto González se acercó al baño, Cabañas estaba en el piso. Vio salir a el JJ y a El Paco pero no los detuvo.
Lo que hizo fue tomar su radio y alertar a todos los empleados.
"¡Hay pedo en el baño, le dispararon a Chava Cabañas!", dijo el hombre.
Mientras el resto de empleados corrían hacia el lugar, el JJ salió sin que nadie lo detuviera.
En la mesa número siete quedaron los vasos y las botellas del JJ y de Paco. Su cuenta, la 47184, por 16 mil 950 pesos, nadie la pagó. Los vasos fueron lavados y las botellas también.


 



En junio de 2010, mientras Salvador Cabañas asumía que viviría toda su vida con una bala alojada en su cerebro, El Contador, guardaespaldas de El JJ, principal sospechoso, fue detenido. En sus primeras declaraciones, además de asegurar que El JJ y Cabañas "eran amigos" relacionó a su jefe con La Barbie, asegurando que éste le ofreció protección y alojamiento tras el episodio del Bar Bar, aunque no sin antes regañarle. Por otra parte, cuenta Miguel Aquino en su relato que ambos se conocían de los inicios de Valdez Villarreal en Tamaulipas, cuando éste cruzó la frontera desde Texas tras haber sido acusado de varios delitos. Allí, desde el menudeo de marihuana, comenzó su escalada hasta los más altos lugares del narcotráfico más y mejor organizado del mundo.
 

El JJ no tardó en ser detenido. Ocurrió el 18 de enero de 2011 en Bosques de Las Lomas, residencia de buena parte del poder financiero de la Ciudad de México. El presunto agresor de Salvador Cabañas fue apresado sin que se produjera un solo disparo durante la operación. No hubo violencia, pero tampoco sonrisas ante la prensa a pesar de la expectación mediática y social levantada alrededor de su figura tras ser señalado como principal sospechoso de la balacera en el Bar Bar. Eso sí, posó con el mismo outfit que su socio: un polo Ralph Lauren, en este caso azul marino. Se demostraba una vez más que el perfil del narco había cambiado en muchos sentidos. Balderas Garza compareció poco después ante las fuerzas de seguridad negando cualquier relación con la agresión a Salvador Cabañas y acusando directamente a su guardaespaldas, aunque reconoce cierto contacto con el futbolista: "El Salvador Cabañas andaba muy tomado o muy drogado, no sé; se puso pendejo queriendo pelear conmigo y traté de calmarlo 'al vato', pero pues andaba muy mal. El Contador oyó el forcejeo y entró. Digo yo, al fin y al cabo le pagaba para eso, para que me cuidara. Él le dio el balazo. Cuando estaba yo forcejeando con el otro amigo tratándolo de calmar y él tirándome golpes, El Contador llegó y le dio, yo creo andaba igual de borracho que aquel cabrón, porque pues no fue algo que yo le dije 'Si alguien me agrede, mata', pero al fin y al cabo para eso le pagaba, para que me protegiera, ¿no? Me diera protección". "Nadie vio en realidad, los únicos que sabemos que El Contador le dio el balazo soy yo, El Contador y pues el Cabañas, que dice que no se acuerda de nada. Yo pienso que no se quiere acordar".
 

Salvador Cabañas pasó 37 días ingresado en un hospital del Distrito Federal antes de ser trasladado a Argentina, donde continuaría con su lenta rehabilitación. Aquel verano se jugaba el Mundial de Sudáfrica, donde Paraguay quedaría encuadrada en el grupo de Italia. El jugador, que en el América había conseguido el hito de convertirse en máximo goleador de la Libertadores, quería que el Campeonato del Mundo fuera su pasaporte a Europa. No pudo ser. Hoy vive en Iguatá (Paraguay) junto a sus padres y entrena todas las semanas para ser titular en un equipo de Tercera División. La Barbie, El JJ y El Contador siguen detenidos.

jueves, 24 de enero de 2013

YO NUNCA GANÉ EL BALÓN DE ORO, Y ME SIENTO BIEN


A Chamot sólo le quedó el recurso de correr. Girarse y correr mirando hacia el césped esperando la aparición del maestro Ayala. ‘Que lo resuelva él’, podría haber pensado. Y le dio el relevo. El ratón enfrentó e intentó templar, acongojar al rival con esa mirada suya. Ya era tarde. Michael Owen había despegado bastantes metros atrás, cuando controló y orientó la pelota de algodón de azúcar que había recibido de Becks para batir a Roa, el portero de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Aquello ocurrió en Saint Etienne un 30 de junio de 1998, octavos de final del Campeonato del Mundo. Inglaterra se ponía por delante en el marcador (1-2) y el pequeño diablejo del Mersey confirmaba lo que había apuntado sólo unos días antes, cuando se convirtió en el jugador más joven de la historia en marcar un gol en un Mundial. Fue Rumanía su víctima.

Aquella tarde cambió una era en Inglaterra, convertida en 'hater' del gran ídolo, el futbolista que era “demasiado bello para jugar a la pelota”, tal y como lo definió Diego Maradona. Simeone novateó a Beckham, que tras la expulsión se convirtió en el enemigo público número 1 de Fleet Street; y Owen ascendió a los altares. Aún faltaban tres años para que el joven, entonces aún considerado en Liverpool como el heredero de Robbie Fowler, se alzara con el Balón de Oro más polémico de todos los tiempos. Fue en 2001, por delante de Raúl González Blanco y Oliver Kahn. El 7 del Real Madrid, el jugador que consiguió polarizar a todo un país, nunca estuvo tan cerca de la gloria personal. No lo sabía pero desde aquel preciso instante se convirtió uno de los ganadores del No Balón de Oro.

Un título europeo, para europeos, creado por una revista con un target eminentemente europeo a pesar de su globalidad. Un reconocimiento que desde su nacimiento en 1956 marginó durante décadas no sólo al fútbol del resto del mundo, sino también al del otro lado del muro, desaparecido a pesar de la enorme influencia que algunos clubes y selecciones protagonizaron en el desarrollo futuro del juego. El Estrella Roja de Belgrado de 1991 como paradigma. La generación del exilio bélico, el último conglomerado nacional de la Gran Yugoslavia de Tito. Savicevic, Prosinecki, Pancev, Jugovic, Mihailovic, Belodedici, Stojkovic. Un grupo de jugadores único, quizá el equipo con más talento natural de la historia de la Copa de Europa, la que se llevaron en San Nicola de Bari ante el Olympique de Marsella sin haber perdido ningún partido durante la competición. Meses más tarde viajaron a Tokio para disputar la Copa Intercontinental ante el Colo Colo. 3-0 para los yugoslavos, dos de Jugovic, uno de Pancev. Y estalló la guerra, el drama fratricida ante el que el resto de Europa cerró los ojos. Otros se aprovecharon. La Serie A, la Liga, la Bundesliga, incluso la Premier League. Todos querían a aquellos jugadores mágicos que jugaban con disciplina y talento a partes iguales. Y llegó diciembre, y con él el las votaciones para el Balón de Oro. Primero, Jean Pierre Papin; segundos, Dejan Savicevic y Darko Pancev; tercero, Lotthar Matthaus. No hubo demasiadas críticas en la prensa, se aceptó sin demasiadas dudas que Papin, que había perdido la final de la Copa de Europa ante el Estrella Roja de sus dos compañeros de podio, levantara el mayor trofeo individual al que puede aspirar un futbolista. Luego Savicevic maravilló a Italia con un Milán balcánico en el que formaba con Boban; y en 1994, en la final de la Champions de Atenas, humillaron al Barcelona de Cruyff cerrando una época en Cataluña. Nunca más optaron a tan brillante galardón, perdieron su oportunidad.
En los años 90 el fútbol inglés se inventó la Premier League. Tras la tragedia futbolística nacional de Italia 90 y sin superar el horror de Heysel y Hillsborough, el país creó la mejor competición futbolística del mundo. Había que dar equilibrio económico a todos los clubes del campeonato, se venderían los derechos de televisión de manera unificada, sentaron a los aficionados en butacas, vigilaron los accesos, identificaron a los violentos y comenzaron a fichar a estrellas internacionales. Eric Cantoná se convirtió en el referente exportador de la liga. Carisma, talento, fuerza, goles y Manchester United. No era difícil vender vídeos en Asia o el resto de Europa con esa receta. Era francés en Inglaterra, en Manchester, un oxímoron en sí mismo, y sin embargo se convirtió en el primer francés en conquistar el país. Optó al Balón de Oro en una sola ocasión, en 1993. No pudo ser. Roberto Baggio, que había marcado muchísimos goles para la Juventus, fue el ganador. En 1995 Cantona propinó su famosa patada voladora de Selhurst Park. Su clase, infinita, no desapareció jamás, sus posibilidades de epatar con la UEFA sí. Era su liga, su competición, su club, pero dejó escapar sus opciones.

Un caso similar al de Dennis Bergkamp, el único futbolista de la historia que siempre saltó al césped vestido con esmoquin. Maravilló en el Ajax y no tardó en cumplir con el protocolo de los 90. Si el Milan tenía a Van Basten, Rijkaard y Gullit, el Inter se decidió por Bergkamp, que logró brillar en el maldito fútbol italiano de la época. Táctico, duro, físico, agonista. Un deporte que no se practicaba en ningún otro lugar del continente, una trituradora de talento de la que escaparon pocos, entre ellos Maradona; entre ellos Bergkamp. El holandés, artista de vocación, fue tercero en 1992 y segundo en 1993, años en los que los triunfadores fueron Marco Van Basten y Roberto Baggio. Mas tuvo otras oportunidades, aunque no reconocidas. En 1995 se fue a Londres, al Arsenal de la época, un equipo decadente, marcado por la violencia, duro, oscuro. Un equipo que se había mimetizado con el thatcherismo pero que buscaba la luz. Ésta llegó con Bergkamp y con Arsène Wenger, que reintentaron el club hasta convertirlo en el referente del posh football. El holandés elegante formó parte de aquel equipo que ganó la Premier League en la temporada 2003-2004. 'The Invincibles', un honor no se repetía en Inglaterra desde el siglo XIX, cuando lo logró el Preston North End. Tampoco fue suficiente. Los 'gunners' colocaron a Thierry Henry en el podio del Balón de Oro; Beckham fue ninguneado.

Eran los años 90, los años en los que el fútbol se convertía en deporte global. En 1994 el Mundial se organizaría en Estados Unidos, y todas las ligas habían comenzado a vender los derechos de imagen y de televisión por cifras multimillonarias. Prácticamente todos los clubes podían fichar por encima de los 500 millones de pesetas de la época y muchos por encima de los diez millones de libras esterlinas. Pero también existían los One Club Men, a quienes muy pocas veces se les reconoció su capacidad. Emilio Butragueño, por personalidad, movimientos, desparpajo y conceptos tácticos probablemente el delantero más especial de la historia del fútbol europeo, no disfrutó del Balón de Oro a pesar de las campañas realizadas a su favor. Estuvo en el podio cuando el Real Madrid se convirtió en la Quinta del Buitre. En 1986, tras el Mundial de México y los cuatro goles de Querétaro, fue tercero, el mismo puesto que ocupó el año siguiente. Vistió la camiseta del Real Madrid durante más de una década, pero la llegada de las estrellas internacionales al club le cerraron para siempre las puertas del balón soñado.

Otros nunca entraron en la terna de posibles ganadores. Matt Le Tissier, nacido e en Saint Peter Port, capital de Guernsey, una pequeña isla del Canal de La Mancha, jamás aspiró a tan espectacular trofeo. Tampoco a vestir la camiseta de la selección inglesa o viajar en dirección a los millones de libras que manejaban entonces los clubes del norte industrial. Vivió en Southampton, vive en Southampton, y desde allí continúa agrandando una leyenda que el mainstream no reconoció por invidente. LeGod, el gran maestro, el tipo que lanzaba penaltis de memoria, que marcaba goles espectaculares, que no se cuidaba, que lucía panza. Un jugador old school protagonista de una época que jamás volverá a Inglaterra. Podía haber sido lo que él hubiera querido, y más o menos así fue. Sin Balón de Oro, sin títulos a sus espaldas, sigue siendo uno de los futbolistas más reconocidos de su generación, por encima incluso de Alan Shearer y Paul Gascoigne, otro futbolista maldito que nunca fue considerado como candidato real por France Football. Le Tissier superó los 200 goles con los Saints, con quien lanzó 50 penas máximas de las que anotó 49.

Pero sin con algún estamento del fútbol ha sido injusto France Football, ha sido con zagueros y guardametas. Sólo Franz Beckenbauer (en dos ocasiones), Matthias Sammer, Fabio Cannavaro y Lev Yashin han levantado la esfera dorada. Ni Franco Baresi (segundo en 1989), ni Danny Blind, ni Fernando Hierro fueron reconocidos en su momento, algo similar a lo ocurrido con Dino Zoff (segundo en 1973), Oliver Kahn (tercero en 2002 y 2003), Gianluigi Buffon (segundo en 2006) e Iker Casillas, que a pesar del dominio absoluto mostrado en las porterías de Real Madrid y selección española nunca ha sido suficientemente reconocido, quizá por compartir generación con Cristiano Ronaldo, Lionel Messi, Xavi Hernández o Andrés Iniesta, con quien el fútbol podría cometer un pecado histórico. Iniesta, quizá el jugador mundial más influyente de los últimos años, es firme candidato a no ser reconocido jamás por un problema coyuntural. Ya ocurrió con la Italia de finales de los sesenta y principios de los setenta. Gianni Rivera y Gigi Riva emocionaban y levantaban el ánimo de un país convertido ya en una potencia industrial y cultural de la época, pero sólo Rivera logró el gran reconocimiento.

PD: Históricamente el Balón de Oro se ha convertido en un encubridor de talento. La disciplina, los títulos, la capacidad física, el carisma en el césped, la nacionalidad, han tapado durante años a la clase, la magia, el arte de muchos futbolistas creadores de un paradigma futbolístico: El juego por el juego; la diversión por la diversión. Puskas, Haynes, Fachetti, Francescoli, Maradona, Laudrup, Garrincha, Sócrates, Neeskens, Romario, Hagi, Scifo, Kempes, Zico, Totti… Todos ellos acumulan centenares de trofeos. No el Balón de Oro. ¿Están o no están en nuestro subsconsciente?


Publicado en el número 12 de la revista Quality Sport.