miércoles, 17 de octubre de 2012

CALCIO LATTE MACCHIATO




El autobús del Milan abandonó el Ennio Tardini y enfiló la autopista A1 buscando el camino de regreso a casa. Pirlo, Maldini, Costacurta, Kaká, Shevchenko, Rui Costa, campeones de Europa apenas unos meses antes, irrepetible generación, sólo habían sido capaces de sacar un punto de  aquel complicado desplazamiento a Parma. Carlo Ancelotti, sentado en la primera fila del lujosísimo autocar, no gesticulaba. Criogenizado, el malhumorado técnico trataba de analizar lo sucedido una hora antes; quizá esperando la habitual y tradicional llamada del patrón, don Silvio, que aún no se había producido. “Tampoco es necesario”, pensó. “Basta con el discurso de Galliani”, el director general que nunca viajaba en autobús con los chicos y que probablemente ya habría llegado al centro de Milán junto a su inseparable Maybach. El todopoderoso manager había decidido, como casi siempre, narrar la crónica del empate a cero logrado por sus carísimos chicos en el mismo vestuario. Voz pausada, alma de empresario implacable, la sombra de cualquier negocio de don Silvio; televisión, política, calcio, espectáculo. Era Il Consigliere, el que decidió llevar a Fernando Redondo a Milanello a pesar de su lesión; el que evitó que Kaká hiciera escala en España antes de aterrizar en la Serie A. Rasputín de Lombardía, Richelieu de la Padania. Si algo sucedía en Milán y Galliani no estaba enterado es que no había sucedido. Y allí estaba, rodeado de muchachos sudorosos, con su traje de Zegna entallado y su corbata de Ungaro; explicando a aquellos jóvenes multimillonarios que de no ganar el título a final de año alguien se iba a enfadar mucho. Y nadie quería ver a Berlusconi enfadado. Nadie.


Aquel domingo el equipo más laureado de Italia había empatado, sin goles, ante un Parma que a pesar de contar con Cannavaro, Nakata, Adriano y Gilardino y de sentir en el banco la siempre poderosa presencia de Cesare Prandelli, gurú en muchos círculos transalpinos, nada tenía que ver con el Parma de la década anterior. Sacchi, Zola, Asprilla, Brolin, Dino Baggio, Thuram. Todos ellos, por uno u otro motivo, habían dejado de discutir si el Parmiggiano Reggiano era más sabroso o no que el Grana Padano, el deporte que sumaba más seguidores en los siempre abarrotados cafés parmesanos. Ahora todo era más modesto, había menos aficionados tras las vallas de metacrilato del remozado estadio, apenas se llenaban páginas en La Gazzetta y en los ambientes futbolísticos se hablaba abiertamente del pinchazo de la burbuja que había llevado a aquel modesto no sólo a acercarse a los poderosos de la Lombardía y el Piamonte, sino a practicar, y casi inventar, el sistema que cambió el balompié europeo; el que puede ser considerado el avance más importante sufrido por el fútbol desde la fresca, repentina e incluso ‘hippie’ aparición del Ajax de Ámsterdam de la década de los 70, a quien acompañó aquella ‘oranje’ que se quedó a las puertas de la historia en el Monumental de Buenos Aires. Arrigo Sacchi había trasladado de su cabeza al césped unos mecanismos que aquel equipo de principios de los 90 dispersó por el continente asombrando a aficionados y seguidores, algo que además de servir para ganar títulos, locales y europeos, había permitido construir un aura de respeto, y de miedo en ocasiones, alrededor del escudo del club.


Así, mientras los milaneses abandonaban la ciudad pensando en los titulares del día siguiente, en las críticas al planteamiento presentado por Ancelotti, en el bajo estado de forma de algunos compañeros, en el Parma todo eran sonrisas a las puertas del estadio, donde los más veteranos notaban que no se acercaban tantos aficionados como antaño. Aun así habían logrado un punto y Shevchenko no había marcado, con lo que Gilardino, a pesar de haberse disputado únicamente nueve jornadas del campeonato, continuaba con sus opciones de hacerse con el título oficioso de Capo Canonieri, uno de los más amados y prestigiosos del país. Era domingo 9 de noviembre de 2003, el Parma estaba entre los mejores de la clasificación, coqueteando incluso con la Liga de Campeones, y seguía vivo en la Copa de la UEFA, competición fetiche en la ciudad tras los éxitos de principios de los años 90. Había normalidad en el entorno y parecía que la burbuja deshinchada volvía a inflarse de a poco. Prandelli había dado día libre en el trabajo para el lunes y muchos de los futbolistas de la coqueta plantilla coincidieron durante esa velada en los mejores restaurantes de la ciudad en la que Stendhal localizó su inexistente cartuja.


Descansaron el lunes y volvieron al trabajo el martes siguiente. Ciudad deportiva, rutina habitual, desentumecimiento de músculos, carrera continua y ligero contacto con el balón. Habría comida de grupo, siesta, charla y trabajo por la tarde. Lo normal en cualquier equipo de Serie A a comienzos del mes de noviembre. Sin embargo, aquella mañana había ciertas situaciones, ciertas caras, algunos comentarios, que no encajaban con lo considerado como normal. Algunos trabajadores del club, de los de toda la vida, cuchicheaban entre ellos mostrando un nerviosismo imposible de esconder; una sensación que poco a poco se fue contagiando a todos los estamentos de la entidad presentes aquella mañana en el entrenamiento. Los teléfonos móviles, jurásicas generaciones, no sonaban como lo hacen ahora, pero desde el campo de entrenamiento se escuchaba el goteo de los mensajes de texto que recibían los Ericsson y Nokias de asalariados y aficionados. Caras compungidas, preguntas de extrañeza. Algo estaba pasando y los pesos pesados del equipo no tardaron en comunicar su preocupación a Cesare Prandelli, que también había sentido que algo no encajaba en aquella soleada mañana de Emilia Romaña. Los capitanes y el cuerpo técnico se reunieron de improviso en una zona apartada del campo de entrenamiento al tiempo que los italianos del equipo aprovechaban para extraer algo de información de los aficionados de siempre. Todo era confusión. “Dicen algo de la bolsa de Milan”, se contaban unos a otros. Nada más.


En Parma todo giraba alrededor del queso, del Duomo, de Stendhal y de Parmalat, multinacional que era la propietaria del club y que en aquel noviembre de 2003 daba trabajo a 37.000 personas en todo el mundo. Calisto Tanzi, el patrón, una suerte de Agnelli de Emilia Romaña, había convertido una pequeña empresa familiar del sector lácteo en uno de los motores industriales del planeta, con presencia en más de 30 países y con un volumen de negocio que superaba los 7.500 millones de euros anuales. Eso le había permitido a Tanzi lograr el éxito también en su pasatiempo, el calcio, pagando cifras millonarias a sus estrellas desde los años 90. Adriano, Cannavaro, Nakata y muchos otros eran los más beneficiados de que Parmalat fuera el séptimo grupo privado italiano por volumen y ganancias, además de ser líder mundial en el mercado de leche no perecedera. Pero antes lo habían hecho muchos otros, que entre otras cosas lograron que la inversión en el fútbol le diera réditos a la familia, que protegía la Copa de la UEFA de 1993 como cualquier tesoro o recuerdo familiar más. Era la empresa del momento, el éxito asegurado en cualquier mercado bursátil, un modelo empresarial estudiado en las mejores escuelas de negocios del continente, la proa de la globalización que comenzaba a sentirse en el Mediterráneo tras la caída del Muro. Tanzi fue de los primeros en abrir el telón de acero, en entrar en aquella opaca sociedad abierta al capitalismo que de repente sentía necesidades con las que jamás había soñado. Y mulitiplicó las ganancias. Y abrió factorías en Sudamérica. Y fue uno de los invitados estrella en Davos. Y se convirtió en el presidente de la patronal italiana. Y recibía llamadas del presidente, y del primer ministro, y del Comisario de Agricultura de la Unión Europea, de la que recibía millones en subvenciones.


Pero algo fallaba aquella mañana del 11 de noviembre de 2003. Tras la espontánea reunión de los mandamases del club y de las efímeras conversaciones de algunos futbolistas con los aficionados presentes en el entrenamiento, Prandelli dio por terminada la práctica. La plantilla caminó sorprendida hasta el vestuario para ducharse y prepararse para la comida. Y entonces todo se vino abajo. En un pequeño televisor colocado en el pasillo los jugadores pudieron ver prácticamente en directo como el sueño de Calisto Tanzi se convertía en una de las pesadillas económicas más graves que había sufrido Italia en el siglo XXI hasta la llegada de la actual crisis financiera. Las noticias decían que Standard&Poors había rebajado la calificación de los títulos de Parmalat, lo que provocó que las acciones cayeran de forma vertiginosa en el parqué de Milán. De repente la intachable empresa, el gigante trasatlántico italiano de la alimentación estaba a punto de partirse en dos. Las dudas de Standard&Poors habían abierto otras entre la Comisión de Operaciones, que preguntaba por deudas milmillonarias que estaban a punto de vencer y a las que nadie había hecho demasiado caso hasta ese momento. Al caos que se vivía en Milán y que los futbolistas siguieron minute a minuto, se sumó el efecto contagio que empezó a sentir la columna vertebral de la economía transalpina y que corría peligro de notarse en otros mercados del mundo. Era necesario actuar y Parmalat actuó. Presentó un documento ante la opinión pública en el que se decía que la empresa estaba en condiciones de asegurar la garantía de los pagos de las deudas pendientes a través de unos fondos radicados en las Islas Caimán, y lo hizo con el único objetivo de tranquilizar a los inversores. Si ellos se tranquilizaban, se tranquilizaba el mercado, y en consecuencia la siempre sísmica economía italiana. Se logró a medias; sólo durante unos días. Ocho días después, el banco que figuraba en el membrete del documento presentado envió un comunicado a los medios asegurando que todo lo que allí se exponía era rotundamente falso. Parmalat había caído y el sueño de la globalización desregulada empezaban a desmoronarse, abriendo un poquito más los ojos a una Unión Europea que nunca entonces imaginó sufrir las pesadillas de hoy día.


Cuatro días después, el 23 de noviembre, el Parma de Cesare Prandelli se trasladó a la vecina Toscana para enfrentarse al Empoli. Perdió por 1-0, clásico resultado italiano, ante un equipo que terminaría descendiendo a la Serie B. Sin embargo, al final de aquella temporada, logró el quinto puesto, que le permitiría disputar la Copa de la UEFA la temporada siguiente. Y Gilardino fue Capo Canonieri, y sólo doce meses después fue traspasado por 25 millones de euros… Al Milan.

1 comentario:

  1. Muy contentos de participar en su artículo en el interior
    'M Mirando hacia adelante a compartir más de sus artículos!
    Me gustó

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