lunes, 17 de septiembre de 2012

CLAUDIO



Jesús Gil soñaba con Marbella mientras, desparramado en su butacón del palco, asomaba la cabeza a través de un imponente escote bajo el sol de septiembre de Madrid, que aquel miércoles de 1998 no daba tregua en el Calderón. El Atleti deambulaba alrededor de una resaca eterna, noventayochista sin saberlo, que se instaló en sus sienes desde el doblete. Enfrente un equipo menor, el Obilic, balcánico, procedente de esa Yugoslavia que, despedazada, trataba de sobrevivir a un horror ante el que Europa cerró los ojos. Como en las buenas familias de Pérez Galdós, los ricos no sufren, y si lo hacen nada de contarlo a la hora de la comida. No se habla, no existe. La acompañante del dueño de Imperioso, programa propio en TV, representado del Vasile más naïf, era una imponente rubia renacentista -cantante, actriz, presentadora de televisión, famosa, ojeadora de futbolistas- de esas que Gil llevó de Puerto Banús a San Pedro de Alcántara para ganar unas elecciones. "En Marbella no queremos ni putas ni yonkis ni maricones", titular electoral que a John Favreau le produciría sarpullido, pero que le sirvió para cumplir dos de sus objetivos vitales: concurrir a las elecciones generales de 2000 y convertir un pequeño pueblo de pescadores en un Bakú de espetos y Bentleys. Al día siguiente los cronistas apenas hablaron de fútbol. Escribieron sobre el horror, la corrupción, Arkan, Milosevic y el futuro de un país desgarrado que se alcanza desde Rimini tras una mañana en barco. Tan lejos y tan cerca, como los guardaespaldas, tenebrosos, miradas perdidas, de psiquiátrico, tigres tatuados en los brazos, que acompañaban a Svetlana Raznatovic, la representante del club elegida por Arkan en aquel viaje a Madrid. 

Las Reebok The Pump, moda noventera, han vuelto. También los guardespaldas. Lo han hecho a la ciudad más burguesa, tranquila y despistada ante la actualidad que uno se pueda imaginar, en la que el fútbol dejó hace mucho tiempo de ser liturgia. Posan en Twitter, secan sus camisetas, licras similares a las de los corcheros que se pegan con las olas en el muro del Chiqui, en secadora, protegen lo invisible, la nada. En el palco, y a Tchité en el césped, se echa de menos a Claudio Loiodice, el calabrés elegante capaz de movilizar toda una administración de madrugada tras italianizar el club durante unas horas. Cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. También en el Racing.


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