lunes, 20 de agosto de 2012

TUPAMAROS





Cuando en 1997 Alberto Fujimori decidió asaltar con bombas y culatazos la Embajada de Japón en Lima para liberar a los más de 70 rehenes retenidos allí, los miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) jugaban al fútbol. No dudó el siniestro Vladimiro Montesinos al pergeñar el plan perfecto, destinado a terminar con el ruido mediático más importante que ofreció Perú al mundo en los 90. El balón era el catalizador con el que los terroristas acercaban a sus víctimas a Estocolmo, capital del síndrome; fue durante meses su cigarro de después, pero no sabían los primero guerrilleros y más tarde mercenarios que habían sido escrupulosamente vigilados durante días por la inteligencia peruana, consciente de que mientras la pelota rodaba entre mármoles y cerámicas orientales, la revolución violenta de los indígenas se relajaba hasta convertirse en prácticamente testimonial. Fue su despiste.

El hábil Montesinos, eminencia gris, vio que el fútbol podía cambiar para bien aquella historia de pasamontañas y kalashnikovs. Y así fue. Relajados, los terroristas no intuyeron a los 140 soldados que formaban el secreto comando creado por el Gobierno. Fueron abatidos, dicen que ejecutados, pero lo cierto es que las varias decenas de rehenes abandonaron su cautiverio tras cuatro larguísimos meses.

El fútbol, no lo parece, ha regresado a Santander; una ciudad despistada por el veraneo, los jerseys al al hombro al atardecer y los tonos pastel que pueblan las heladerías. Una bahía urbanizada a la espera de que, como en Perú, sea el cuero cosido el que cambie las portadas, globales a pesar del localismo de sus dirigentes, con las que se ha manchado la entrada al club de los 100 años. Apenas se habla de fútbol, igual que dejó de hablarse de monarquía cuando los borbones abandonaron La Magdalena. Ha vuelto el balón. Una suerte.

(Publicado en El Mundo Cantabria el 19 de agosto de 2012)


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