domingo, 5 de agosto de 2012

QUIQUISTA



Aquella camiseta blanca, inmaculada, diez a la espalda, impoluta, caída de forma despreocupada por encima de las caderas antes de que Baresi marcara moda entre los niños de media Europa, ganaba partidos por sí sola. Un recuerdo memorable, la sensación de estar viviendo la historia, algo irrepetible que tenía lugar en los Campos de Sport cada quince días. «Juega ‘El Trinche’», murmuraban en las tertulias y cafés de Rosario, donde el fútbol argentino se convirtió en argentino. «Juega Quique », decía el racinguismo de bufanda de abuela en aquel infame trolebús de asientos de madera que trasladaba a las clases medias (entonces aún existían) desde los barrios periféricos a aquel decadente Sardinero. Allí solía producirse, con suerte, la explosión de un genio único. Alguien que fue currista antes de que el currismo se convirtiera en religión, provocador de efímeros consensos entre la opinión pública y la publicada. Un Bobby Fischer obsesionado con la estética, un Capablanca que firmó por el club de un presidente que jugaba al parchís y que convirtió su relación en algo muy similar a lo que les ocurría a André El Gigante e Íñigo Montoya en La Princesa Prometida. Garrulismo Vs. Intelecto. «Todo lo hace con nocturnidad y alevosía», decía de él Jesús Gil, cacique de otros tiempos, dinosaurio del régimen. Se olvidaba el dueño de Imperioso de aquellos pases inimaginables, cargados de profundidad cultural, que aún se recuerdan en el Bar El Doblete, templo atlético de Virgen del Puerto.


Pero aquel chaval al que llamaban intelectual por leer en las concentraciones, sindicalista por luchar por sus derechos laborales, fiestero por hacer grupo, disidente por idealista no dudó en seguir con esa idea romántica del fútbol que siempre tuvo cabida pese a todo. Garrincha, Gazza, Best, Schuster... Tipos para quienes su deporte siempre fue un reflejo de la vida, de la sociedad en la que vivían. Esto es, una búsqueda constante de la felicidad a través de
una pelota de cuero. El fútbol es la infancia, y sobre el césped, sobre aquellos infinitos alambres de medias caídas y cargados de trascendencia, Quique siempre fue un niño. Era el chaval que prefería leer a Leontxo García antes que buscar cualquier insípido análisis en un periódico deportivo. El internacionalista e internacional que se emocionaba con las historias del Jeu a la nantaise que practicaba el Nantes de Arribas. Spassky y Alekhine. Michels y Pep. El juego de juegos contra el juego de juegos. Decía Fischer que para él la capital del mundo era Moscú. Para Quique la capital del mundo es el césped. No es MacArthur, pero volverá. Soy quiquista.



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