sábado, 21 de julio de 2012

EL ENTORNO DE PYONGYANG



Johan Cruyff hablaba del entorno y lo hacía en un tono serio y trascendental. Gurú neerlandés con aires de charlatán, chamán cuyo discurso se mezclaba con extraños vocablos inventados, el flaco era consciente de estar cambiando la historia de su club, considerado como dominante y filofranquista hasta que Manolo (Vázquez Montalbán) decidió corregir mitos y leyendas. Era la década en la que yo empezaba a acudir al estadio de forma regular, aunque he de reconocer que mi cerebro no acumula imagen alguna de los viejos Campos de Sport. Me aseguran que los pisé, pero solo manejo recuerdos del horrendo hormigón que hoy miro como uno de los elementos más influyentes que me ha ofrecido la ciudad en lo personal. Entonces el fútbol, también tras el regreso a Primera, se vivía de una forma naïf, más cerca de Ameliè Poulain que de Omar Little. Así lo entendía yo. Oía que había un tal Huerta al que llamaban merengón, y también un tal Pancho Mora al que decían cosas mucho más feas. Ese era el límite de atención que ofrecía a aquellos ingenuos ultras que jugaban a ochaítas y que pagaban un carné tan barato como el mío. Por aquel entonces mi fijación se limitaba a los gestos de Jose Ceballos y el entorno verdiblanco seguía siendo el Parque de Mesones.

Hoy el estadio continúa supurando esa belleza soviética tan poco sardinerina y los ultras han ascendido en la grada, mas el entorno nada tiene que ver con la Avenida Stadium o Los Agustinos. Esa figura tan cruyffista se ha convertido en una suerte de Tutatis al que, como los galos, se cita buscando la solución a una terminal metástasis deportiva. Es el entorno el culpable y el problema, piensan. Control; llamadas; reuniones nocturnas y diurnas. No es Berlín Este ni Pyongyang, aunque algunos aspirantes a Honecker parecen empeñados en establecer esa dictadura hereditaria en los alrededores de un estadio que por cierto es propiedad de los ciudadanos. Desatado como un universitario en su primera farra en el Colegio Mayor, el Racing ha vuelto a las andadas. A tiempos pretéritos, aunque afortunadamente la ingenuidad ha desaparecido de las butacas. El racinguismo ha perdido su inocencia, ya tiene su ‘American Graffitti’ y comenzará la próxima campaña como Luis, “con el culo pelao”. Sabe que polarizan, que dividen, que juegan a los cromos y a Wall Street. Son como los malos de Arsène Lupin, esos a los que Patricia siempre terminaba por distraer en cada capítulo. ¿Fútbol? ¿A quién le importa? Cuando bota la pelota no suenan los euros, ergo, culpa del entorno.



No hay comentarios:

Publicar un comentario