lunes, 23 de julio de 2012

BIDONES Y PELOTAS




El equipo, pura historia del pelotón, caminaba rumbo hacia la nada. Había sobrevivido a los tiempos, a puertos, galgos, epos y ceras y sin acumular un brillante palmarés se había ganado un hueco entre los escasos aficionados ciclistas que quedaban en la tierra que lo vio crecer. No había leones de Credit Lyonnais ni jerseys rosas en las vitrinas de la humilde sede del club, pero sí dos orgullosos podios logrados en las Ardenas nada más iniciarse el siglo XXI. Fue su gran éxito continental en casi cien años de historia, celebrado con ansiedad latina en una ciudad tradicionalmente burguesa, aburrida y despegada del forofismo que la envolvió en las décadas de los 70 y 80. Entonces se llenaban las cunetas, se idolatraba a los esforzados, crecían los mitos, se multiplicaban las leyendas, se coleccionaban los bidones con rigor filatélico. Vieja escuela.

Fue el hematocrito rebelde, el que camina en el alambre del 51 por ciento, el que pinchó las ruedas de los patrocinadores mediados los 90. Los maillots, antiguos escaparates de coloridas deidades multinacionales, se convirtieron en el destino preferido de gobiernos regionales y pequeños ayuntamientos; portadores de dañinas y endémicas corruptelas locales. Era el deporte punk. Ascensos a molinillo, descensos banzai. Vive rápido, deja una cara bonita. Sid Vicious y Joey Ramone sobre ruedas.

La coqueta ciudad del norte no fue ajena a aquella perturbadora decadencia. El modelo, engranaje casi perfecto durante 90 años, se convirtió en ingestionable. Gastos por encima de ingresos. Estrellas de nivel World Tour que recibían cheques sin fondos. Hasta las bicicletas estaban ya asquerosamente politizadas. ¿Solución? Ampliar el espectro, buscar la Asia emergente, el petróleo persa, el gas de la oligarquía rusa. Dinero, al fin y al cabo. Limpio o sucio. El equipo era ya un negocio que ofrecía alimento e influencia a demasiados estamentos de la sociedad; pura estructura del sistema en aquella ínfima región. Pero la búsqueda del capital, de aquel esperado maná tan necesitado para la supervivencia de la escuadra, no fue demasiado escrupulosa. Las prisas envolvieron un ya de por sí viciado proceso que terminó con un supuesto magnate, gestor de la mentira, al frente de la histórica institución ciclista. Un business más para aquel sospechoso indio que había prometido ilusionantes victorias en Giro y Tour a pesar de no tener director deportivo hasta que Luciano Moggi, ignorante ciclista, futbolero condenado por la justicia italiana, fue elegido para el cargo. ¿Presunto mafioso? Qué más da.

sábado, 21 de julio de 2012

EL ENTORNO DE PYONGYANG



Johan Cruyff hablaba del entorno y lo hacía en un tono serio y trascendental. Gurú neerlandés con aires de charlatán, chamán cuyo discurso se mezclaba con extraños vocablos inventados, el flaco era consciente de estar cambiando la historia de su club, considerado como dominante y filofranquista hasta que Manolo (Vázquez Montalbán) decidió corregir mitos y leyendas. Era la década en la que yo empezaba a acudir al estadio de forma regular, aunque he de reconocer que mi cerebro no acumula imagen alguna de los viejos Campos de Sport. Me aseguran que los pisé, pero solo manejo recuerdos del horrendo hormigón que hoy miro como uno de los elementos más influyentes que me ha ofrecido la ciudad en lo personal. Entonces el fútbol, también tras el regreso a Primera, se vivía de una forma naïf, más cerca de Ameliè Poulain que de Omar Little. Así lo entendía yo. Oía que había un tal Huerta al que llamaban merengón, y también un tal Pancho Mora al que decían cosas mucho más feas. Ese era el límite de atención que ofrecía a aquellos ingenuos ultras que jugaban a ochaítas y que pagaban un carné tan barato como el mío. Por aquel entonces mi fijación se limitaba a los gestos de Jose Ceballos y el entorno verdiblanco seguía siendo el Parque de Mesones.

Hoy el estadio continúa supurando esa belleza soviética tan poco sardinerina y los ultras han ascendido en la grada, mas el entorno nada tiene que ver con la Avenida Stadium o Los Agustinos. Esa figura tan cruyffista se ha convertido en una suerte de Tutatis al que, como los galos, se cita buscando la solución a una terminal metástasis deportiva. Es el entorno el culpable y el problema, piensan. Control; llamadas; reuniones nocturnas y diurnas. No es Berlín Este ni Pyongyang, aunque algunos aspirantes a Honecker parecen empeñados en establecer esa dictadura hereditaria en los alrededores de un estadio que por cierto es propiedad de los ciudadanos. Desatado como un universitario en su primera farra en el Colegio Mayor, el Racing ha vuelto a las andadas. A tiempos pretéritos, aunque afortunadamente la ingenuidad ha desaparecido de las butacas. El racinguismo ha perdido su inocencia, ya tiene su ‘American Graffitti’ y comenzará la próxima campaña como Luis, “con el culo pelao”. Sabe que polarizan, que dividen, que juegan a los cromos y a Wall Street. Son como los malos de Arsène Lupin, esos a los que Patricia siempre terminaba por distraer en cada capítulo. ¿Fútbol? ¿A quién le importa? Cuando bota la pelota no suenan los euros, ergo, culpa del entorno.



martes, 3 de julio de 2012

HUEVOS FRITOS




Vicente del Bosque es un tipo de huevos fritos con patatas. Pragmático, simple, hijo de ferroviario sindicalista al que un día durante una comida en el Santiago Bernabéu le pusieron unas virutas de trufa sobre las sagradas yemas. Ahí se dio cuenta que su casa de siempre, su hogar, se iba convirtiendo de a poco en todo lo que odiaba. En poco más se parece don Vicente a Luis, el pionero. Con Aragonés, hace cuatro años, España bailaba sobre los billetes de 500 euros que generaba el ladrillo. Éramos ricos, un milagro económico ejemplar para el neoliberalismo, entonces tan infalible como el papa. Y ahora, cuatro años después vuelve a ser el fútbol el catalizador de ese noventayochismo endémico tan español que solo se esconde cuando la pelota se pone en los pies de la única vanguardia nacional de la que España puede presumir en las cumbres del Eurogrupo. Hace cuatro años, cuando Torres humilló a Lahm en el Prater, aún faltaba tiempo para que Lehmann Brothers petara y cambiara el paradigma para siempre. Baraja y Albelda desaparecían del infame doble pivote con el que nuestro marqués futbolístico inició el juego en Polonia al mismo tiempo que se disparaban las deudas nacionales de los tres países que ayer estaban representados en el césped, una humillada Italia y una triunfal España que fueron fiscalizadas por un juez portugués. PIGS en Kiev.

Con el corralito argentino surgió una de las mejores hornadas de publicitarios de la historia. Acá presumimos de genios tranquilos. Dicen que chavales de la calle, de los que toman cañas con sus amigos; sin embargo ingresarán 300.000 euros en sus ya de por sí saneadas cuentas corrientes. Esta generación no representa a España, como Luis Suárez no representaba a aquel país al que su entorno encerraba en sí mismo. Andrés, David, Iker, Sergio, Xabi, Xavi, Fernando. Nombres comunes para hechos anormales. Todo lo contrario que el jefe, el del bigote. Un tipo tranquilo que buscó refugio en el Bósforo para huir de un madridismo periodístico con el que nunca se sintió tranquilo. Tampoco en Polonia. Tampoco en Ucrania. Citó a Molowny a escasas fechas de debutar ante Italia; a una Italia que ayer destrozó. Historia de un marquesado infinito.


(Publicado en El Mundo Cantabria el 2-07-12)

domingo, 1 de julio de 2012

MORFINA Y COCAÍNA




Esperaba el racinguismo la escena final de Algunos hombres buenos, esa en la que Jack
Nicholson, jefe de todo en el Guantánamo pre 11-S, reconoce algo que en sí mismo ya es uno de los grandes axiomas en este lado del mundo, el del capitalismo decadente: “el fin justifica los medios”. Así lo creyó Aaron Sorkin, que durante esa magnífica secuencia puso en boca del actor que quiso ser laker varias frases geniales. “Tú no puedes entender la verdad, maldito enano insolente”, le dice a un increíble Tom Cruise. La historia verdiblanca, que es un guión en sí misma, ha terminado por contra como la cuarta temporada de Perdidos. Los náufragos abandonan el espacio de protección magnética de la isla, se encuentran con otros humanos, abandonan el bote, tocan tierra, sonríen y fundido a negro. To be continued. Flashbacks y flashforwards que se mezclan en el imaginario colectivo. Una parte de la ciudad se mira en el espejo de comienzos de siglo, en aquel hortera ruso de camisas Versace; la otra duda del futuro que plantean los dos fichajes que aún no cuentan con la firma de esos administradores concursales que pronto empezarán a sentirse como Richard Alpert, el canario que se vio atrapado entre Jacob y el Humo Negro.

En la planta en la que se dirige a 18 manos el futuro del club solo faltan ya las arañas de hierro forjado que decoraban las ventanas del despacho de la mansión Corleone de Long Island. Desde ahí, sin educados consiglieres, sin moscato d’Avola, con vasos de papel en lugar de los finos cristales de Noto y Ragusa, los Starship Troopers de farias y brandy de Lidl tratan de hacer creer al mundo que la masa social, la afición, el entorno, la grada, la hinchada, es enana, maldita e insolente, como Tom Cruise frente a Nicholson. Intentan, como Sigmund Freud, superar una adicción a la morfina con rayas de cocaína de ínfima pureza. Al Racing ya se le caen los dientes de fumar bases; está harto de esnifar líneas directamente desde la tarjeta. Es un ser tísico que si engorda lo hará como Maradona, de forma enfermiza, pero ahora dispone de 15 días para encontrar una clínica del interior y regresar a ocupar, como el genio vienés, su lugar en la historia.

(Publicado en El Mundo Cantabria el 30 de junio de 2012)