lunes, 18 de junio de 2012

BACK IN THE USSR. EURO 2012

BALÓN DE ORO, HOZ Y MARTILLO. IGOR BELANOV

El 31 de diciembre de 1986 Ucrania, todavía república soviética, presumido gigante oriental del gas, el petróleo y el veraneo, orgulloso protector de Odessa, Mar Negro, la ventana al líquido elemento invernal de la aún superpotente flota militar de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, despertó con portadas atípicas, especialmente en aquellos diarios -pura propaganda- que se escribían directamente desde  las pseudoredacciones del Kremlin. Ni rastro de la ‘Glasnost’ que comenzaba a pintar Mijail Gorbachov con la tinta de su perenne mancha roja, símbolo de los tiempos; ni una sola huella en el papel sobre la invisible, maldita, radiactiva y mortal nube amarilla que desde Chernobil se extendía como un herpes a través del mapa mundial. El último día del año en el que España se convirtió al fin en miembro de pleno derecho de la Comunidad Económica Europea, en la escalinata de Odessa por la que hacía muchos años no se desprendían carritos de bebé, se leía que Igor Belanov (1960) se había convertido en el tercer  jugador del otro lado del telón, tras Yashin y Blokhin, en hacerse con el Balón de Oro. Así lo había publicado un día antes France Football en su último número de ese 1986 en el que otro no habitual, el estadounidense Greg Lemond, había llevado también por vez primera en este caso sobre ruedas, las barras y las estrellas a los Campos Elíseos de París.



Con la Perestroika sobrevolando los campos de fútbol del territorio más incontrolable y a la vez más disciplinado del planeta, los redactores de France Football se vieron obligados una vez más a cumplir con las normas del galardón, que escrupulosamente elegía al mejor jugador con pasaporte europeo de cada temporada. Una vez más Diego Armando Maradona, que meses más tarde sería campeón del Scudetto y de la Coppa Italia con el Napoli, desaparecía de una terna final de candidatos en la que, tras Belanov, figuraban Gary Lineker, Emilio Butragueño, Preben Elkjaer Larsen y Manuel Amorós como los cinco primeros clasificados. El pequeño y potente ucraniano, que ese mismo verano había acudido a México para disputar el que más tarde sería recordado como el Mundial de Diego, a quien muchos todavía creen que le arrebató el Balón de Oro más injusto de todos los tiempos, había logrado escribir una de las más bonitas historias de amor que se recuerdan. No fue con la camiseta, hoy vintage, de la CCCP. Fue con la preciosa elástica del Dinamo de Kiev con la que anunció su talento en todos y cada uno de los estadios de la Europa capitalista. Con otro fútbol, con otra forma de entender el deporte. Con el Politburó y las carreras nuclear y espacial sobre sus hombros el joven y humilde Igor, todo fuerza esculpida en la vieja escuela de entrenamiento soviética, más cercana a la preparación de un cuerpo militar de élite que a la de un club deportivo, logró levantar con un equipo, en el máximo y más correcto significado de la palabra, el Campeonato Nacional de la URSS, la Copa de la UEFA, la Supercopa de Europa y un trofeo hoy menor, el Santiago Bernabéu, que entonces era todo un reto para el Real Madrid y un escaparate para los futbolistas invitados, especialmente para aquellos procedentes de Sudamérica y de Europa oriental. Era diciembre de 1986 y Belanov ya era el mejor heredero de Blokhin, junto a Andrey Shevchenko el otro gran mito ucraniano.

Sin embargo, no fue rápida su llegada a Kiev, la capital de esa ingente cantidad de kilómetros cuadrados que es Ucrania. Belanov nació en Odessa, el gran símbolo de El acorazado Potemkin de Eisenstein, asomada a ese bellísimo e inabarcable Mar Negro que tanto despistaba a los antiguos. Allí llegó procedente de dos humildes y trabajadores clubes de su ciudad, en los que alternó presencia en los albores de su carrera. El SKA Odessa y el Chornomorets observaron el talento y la mentalidad incombustible de un futbolista que a este lado del Muro hubiera crecido como cinco, pero que para la Unión Soviética era un clarísimo diez. De ahí al Dinamo, uno de los equipos más poderosos del mundo en aquella época. Era 1985 cuando recorrió los casi 500 kilómetros que separan ambas ciudades y solo doce meses después ya era un ídolo nacional. Ayudó, igual que para la consecución del Balón de Oro, su participación en México. Con cuatro goles, hat-trick incluido ante Bélgica con uno de los mejores tantos del campeonato, y seis asistencias, Belanov mostró su candidatura a saltar la todavía altísima pared berlinesa y así mostrar su fútbol en el otro bloque, en la otra Europa. Aún tardó tres años en llegar a Mönchengladbach y firmar por el Borussia. Fue en 1989, después de la fatídica final de la Eurocopa de Alemania ante Holanda, en la que falló un penalti ante Van Breukelen con 0-2 en el marcador, cuando arribó a la Bundesliga. No había sido fácil conseguir el permiso del Partido como trabajador soviético en la Alemania Federal y la adaptación no fue la soñada. Jamás volvió a ser el mismo futbolista e incluso hubo problemas entre su mujer y la justicia teutona por un presunto robo en una tienda, lo que le obligó a viajar rumbo al norte, a la Baja Sajonia. Esperaba el Eintracht Braunschsweig, un equipo menor, pequeño, conocido mundialmente después de que en el año 2000 se revelara que uno de sus futbolistas, Lutz Eigendorf, fue asesinado en 1983 por la Stasi, la policía política de la RDA.

Igor Belanov se retiró en 1995 vistiendo la camiseta del Chornomorets. Tomó la decisión en el año en el que George Weah se convirtió en el primer jugador de nacionalidad no europea en hacerse con el Balón de Oro de France Football, que había decidido cambiar las normas de su protegidísimo galardón. Fue también la primera edición en la que la prestigiosa revista francesa otorgaba un Balón de Oro Honorífico. Fue, cómo no, para Diego Armando Maradona, el indolente argentino que en 1986, después de haberse encontrado con dios hasta en tres ocasiones en el Mundial de México, vio como una vez más otro jugador, Igor Belanov, le arrebataba la ansiada pelota dorada.


BAILANDO FRENTE AL TELÓN. WLODZIMIERZ SMOLAREK

Vaticinaba en los ochenta Eduardo Galeano que a Maradona le retirarían de las canchas los problemas de espalda provocados por el enorme desgaste que suponía cargar sobre sus hombros con el orgullo, el honor, el pasado y el futuro de “toda la Argentina”. A Euzebiusz ‘Ebi’ Smolarek , polaco, joven, atractivo, cool, talentoso, hombre de moda, protagonista de gigantescos carteles publicitarios en Varsovia, imagen de Puma, ‘celebrity’ absoluta al otro lado del telón, no le dolían las cervicales pasado el ecuador de la primera década del siglo XXI; le dolía la cabeza. Rencoroso con su talento, heredero de una educación que había forjado una personalidad definida por la disciplina del este y la perfección holandesa, métodos que marcaron cada minuto de su adolescencia, el atacante polaco portaba una perenne jaqueca vital que borraba su sonrisa y le llenaba de desidia. Era consciente de sus condiciones innatas y con eso bastaba. No quería. No entendía. Llegó a Santander procedente del Borussia Dortmund y fue presentado en un centro comercial acompañado por la mascota del equipo. Doce meses después el Racing celebraba su primera clasificación para una competición europea. Era mayo, era primavera, la ciudad vibraba, pero Ebi siguió fiel a su rutina. Abandonó el estadio embutido en unos pantalones de Viktor and Rolf y una sudadera con megalogo. Recogió a su chica y se desplazó a ese mismo centro comercial que lo recibió un año atrás con un único objetivo: engullir un ‘happy meal’, su cena de los domingos de victoria. Mientras, en una paradoja espacio temporal completamente diferente, sus compañeros recorrían la ciudad en un autocar descapotable. Era la fiesta montañesa esperada durante casi cien años, pero el delantero, hijísimo de la santa trinidad polaca del siglo XX –Wojtyla, Walesa y la selección nacional de fútbol de 1982- solo pensaba en un McDonald´s del extrarradio. Era una nueva muestra de rebeldía de alguien que no eligió su futuro ni su presente. Al fin y al cabo era el hijo de Wlodzimierz Smolarek, uno de los grandes ídolos polacos de todos los tiempos, tercero en el Campeonato del Mundo de 1982 celebrado en España. Demasiado peso para sus hombros. La coca marcó el final de Diego. Ebi sigue jugando, aunque tratando de evitar de forma compulsiva la alargada sombra que proyectó su padre desde aquel irrepetible Mundial.


Smolarek, el original Smolarek, el gran Smolarek, el recordadísimo Smolarek, se convirtió el pasado 7 de marzo en el primer miembro de aquella irrepetible generación ochentera de futbolistas que perdía la vida, rompiendo así de cuajo el sueño de ver a su país organizar una competición internacional del más alto nivel. Nacido en 1957, leyenda del Widzew Lodz (55 goles en 181 partidos), fue alumbrado en uno de los territorios más maltratados por la historia. Como en el caso de México y Estados Unidos, la frontera que marca la diferencia entre el Este y el Oeste de Europa, la que forman Polonia y Alemania, se ha convertido en la mayor ventaja y desgracia de este país que sigue asombrando al mundo con su interminable transición hacia la normalidad democrática. No era fácil ser polaco en los cincuenta, tampoco en los sesenta y setenta. No fue fácil hasta que el muro terminó con la irrealidad utópica que formaban los sueños de la nacionalización y la colectivización; un Godot al que todavía hoy algunos siguen esperando de forma clandestina mientras observan el devenir del racional y soviético paisaje en que se convirtió Varsovia tras apenas unas décadas de órbita roja. Fue en ese momento, tras la llegada de los picos y las palas a la Puerta de Brandenburgo, cuando Polonia se asomó a la ventana de Occidente. Pero para entonces Smolarek ya había seguido el camino de millones de compatriotas desperdigados por todo el mundo. Su destino definitivo, el lugar donde tejió su linaje, fue Rotterdam, el Feyenoord, De Kuip, arlequinado uniforme. Ciudad portuaria con los cinco sentidos abiertos al cosmopolitismo. Cualquier cosmopolitismo. Antes había jugado en el Eintracht, aunque fue en el verano de 1988 cuando firmó su gran contrato europeo, y lo hizo casi en el mismo instante en el que Van Basten, el delantero con el que nunca coincidió en la Eredivisie, partía el alma de Dasayev en la final de la Eurocopa que se disputó el 25 de junio en el estadio Olímpico de Múnich. Polonia no soñaba entonces con disputar el torneo continental creado en 1960, jamás había logrado el pase. Pero el Campeonato del Mundo era muy diferente y Smolarek presumía en esa época de haber vivido dos fases finales: la celebrada en España en 1982, con un tanto en la victoria sobre Perú (5-1) y en la que Polonia fue tercera tras una inverosímil, bella, épica y maravillosa victoria sobre Francia, y la de México en 1986, en la que el combinado blanquirrojo murió en la orilla de los octavos de final.


24 meses duró la aventura meridional de Wlodzimierz Smolarek, que volvió a emigrar, esta vez contranatura, hacia el este y así poder vestir la camiseta del Utrecht, un club adolescente, fundado en 1970 tras la fusión de tres de los equipos de la ciudad. Ahí disfrutó de su leyenda. De ese partido en el Nou Camp en el que Bélgica sucumbió a una generación irrepetible que, como el propio país, mezclaba las dos Europas futbolísticas que volvían a entremezclarse una vez más, enseñando la cabeza a través del larguísimo cortinaje en que se había convertido el telón de acero. Se acordaba el delantero de cuando abrió el marcador en Riazor en la goleada contra Perú, del solitario gol que le dio la victoria a los suyos frente a Portugal en Monterrey solo cuatro años después. Y añoraba Rotterdam, aunque aún tardó seis años en regresar al puerto, a su puerto. Fueron las campañas que disfrutó en la ciudad que instauró la Casa Borbón en España. Luego regresó a De Kuip y se vistió con los colores que más le habían impresionado, aunque esta vez educaría talentos en la escuela del club, entre ellos el de su hijo. Ese díscolo, genial, clarividente, despistado, despreocupado y presionado futbolista que prefirió la normalidad de La Haya al ruido mediático de las grandes ligas. El niño que celebró una clasificación para la Copa de la UEFA disfrutando de un ‘happy meal’, el chico que siempre vivirá a la sombra de esa selección que se hizo con el bronce en el Campeonato del Mundo de 1982.