domingo, 8 de abril de 2012

BORA GREEN ZONE



Pensar en San Nicola de Bari es hacerlo en Antonio Cassano. En ese maravilloso gol que el ídolo del sur anotó en tan precioso estadio frente a un decadente Inter y que le abrió las puertas de las mansiones de Como y Aosta. Un tanto que también trajo contrapartidas, porque aquel simpático chaval que enamoraba al periodismo gracias al punto histriónico de su acento se convirtió a su pesar en el jugador que debía salvar el calcio; un peso demasiado grande para el inventor de las ‘cassanattas’ y que no ha dejado de perseguirle desde aquella tarde de fútbol con la que logró cambiar su vida y la de toda su familia. “¿Qué siento? Que voy a ser millonario”, respondió aún sobre el césped, en camiseta de tirantes, el talentoso y glotón futbolista nada más concluir un partido con el que cumplió el sueño de cualquier pugliese: triunfar humillando a los representantes de la zona  septentrional del país. De allí, desde San Nicola, desde la misma orilla del luminoso Adriático, voló ‘Fantantonio’ en dirección a la particular línea Mason-Dixon italiana. A Roma, ciudad mucho menos abierta aunque igual de neorrealista que la de Rossellini, desde que Giorgio Alemanno, barese de nacimiento como Cassano, alcanzara la alcaldía en 2008. La capital del estado, el lugar que marca la separación definitiva en el país europeo más dividido por la brújula. Allí se encontró el chico de las marcas en la cara, recuerdo de una durísima infancia, con Francesco Totti. Y entonces acertó a tocar el cielo con la punta de los dedos.

Pero pensar en San Nicola de Bari es también hacerlo en Velibor Milutinovic y en aquella calurosa tarde de verano de 1990 en la que el técnico serbio derribó, junto a la selección de Costa Rica, varios axiomas mundialistas de la época. El serbio de los mil idiomas había aceptado la oferta de una selección marginal apenas unos meses antes. Un equipo conformado por jugadores semiprofesionales que ni siquiera tenían la capacidad de soñar con un ocupar un lugar en una plantilla de un gran equipo europeo o sudamericano, pero con el que logró un nuevo hito personal: lograr clasificar a un combinado nacional para una fase final de un Campeonato del Mundo por segunda vez en un periodo de ocho años. Antes ya lo había hecho con México en el Mundial que organizó el país norteamericano en 1986, logros que por supuesto no pasaron desapercibidos absolutamente para nadie. Entre medias, entre el Azteca y San Nicola, Bora  había dirigido al San Lorenzo de Almagro y al Udinese, símbolo del vueltamundista viaje que más tarde caracterizaría toda su carrera y con el que pasaría a la historia del fútbol. Tras aquella derrota frente a Checoslovaquia (4-1), Costa Rica dejó automáticamente de ser considerada como la selección revelación del torneo, aunque toda Italia, especialmente en los estadios del sur, aplaudió el buen hacer de aquellos rebeldes e irreverentes futbolistas que en la primera fase habían logrado vencer a Bélgica (semifinalista en 1986) y a Suecia, además de caer por un exitoso 1-0 ante la Brasil de Muller, Careca, Valdo, Branco, Alemao y Jorginho.

Fue también tras aquella aquella derrota cuando el técnico nacido en las montañas serbias, todavía entonces la Gran Yugoslavia de Tito, aunque crecido en Belgrado a la sombra del estadio Partizán, recibió la llamada más importante de su vida en los banquillos. Respondió al teléfono y al otro lado escuchó cómo se presentaba Alan Rothenberg, el entonces presidente de la Federación de Fútbol de Estados Unidos. Rothenberg tenía a su cargo una de las más arriesgadas operaciones de marketing jamás realizada por la FIFA en su historia. Por primera vez desde la organización del Campeonato del Mundo de 1930 en Uruguay, el primero de la historia, el máximo organismo futbolístico a nivel planetario había optado por desarrollar un Mundial en un país donde el deporte rey no era tal. Allí era conocido como soccer y ni siquiera formaba parte de una corte dominada con autoridad por unos reyes llamados béisbol, hockey, baloncesto y por otro fútbol, el football, el americano. La FIFA quería abrir un mercado que se asomaba al abismo una vez que abandonaba Europa y Latinoamérica, y Estados Unidos fue la primera cobaya de un laboratorio en el que Rothenberg iba a ejercer como jefe supremo. Para lo bueno y para lo malo. Y Rothenberg ofreció a Milutinovic poderes totales durante cuatro años para intentar que la selección patria al menos superase la primera fase en el Mundial que organizarían en 1994. El serbio todavía yugoslavo, que veía como su país empezaba a rajarse con el comienzo de la década, aceptó sin pensarlo demasiado. Conocía el equipo y conocía el país. Mucho además. Lo conocía de su época al frente de la selección mexicana con la que había disputado el Mundial anterior y había seguido todos sus partidos de aquel verano en Italia, especialmente el que disputaron en la primera fase frente a Checoslovaquia, verdugo final de Costa Rica. Aunque no todo eran esperanzas; también era consciente Milutinovic de los escasos fundamentos tácticos y técnicos de aquel equipo que terminó penúltimo en 1990  y que era completamente obviado por la opinión pública del país. Aquello era un deporte de europeos; y así debía seguir siendo. Ese era el punto de partida desde el que comenzaba el trabajo de un hombre que ya era conocido como ‘The miracle worker’.

Milutinovic firmó y se trasladó a Chicago (Illinois), sede de la USSF. La selección no tenía por entonces un centro de entrenamiento donde aglutinar a los jugadores surgidos principalmente de la inmigración extranjera –británicos, italianos y centroeuropeos, sobre todo- pero todo funcionaba desde el cuartel general de la ciudad del viento. El hoy conocido como Home Depot Center de Carson (California), la gran ciudad del fútbol yanki, lugar de entrenamiento entre otros de Los Ángeles Galaxy o Chivas USA además de la selección, surgió de la mente de Bora, aunque nunca vio culminado el proyecto. Abandonó mucho antes, en 1995, solo unos meses después del mayor éxito del fútbol de aquel país, aunque con los galones suficientes como para continuar circundando el globo. Junto a Tony Meola, Cobi Jones, Eric Wynalda, Alexi Lalas o Tab Ramos, logró clasificar a Estados Unidos para los octavos de final del campeonato tras lograr  una victoria ante Colombia (trágica por el asesinato de Andrés Escobar tras su gol en propia meta), un empate contra Suiza y caer frente a Rumanía. En 1995 dijo adiós. La federación le exigía un mayor compromiso en la formación de talentos, en la búsqueda de nuevos valores en las universidades, en la construcción de una estructura definitiva para aquel soccer que cada vez se acercaba más al fútbol. Milutinovic dijo no. Él era entrenador, jamás había sido un gestor. Ni ganas.

Después de aquella genial aventura, en la que había tocado los lugares de poder más importantes de Estados Unidos, que era como decir del mundo, Milutinovic continuó ejerciendo de trotamundos. Tanto George Bush padre como Bill Clinton le habían pedido consejo y opinión sobre la cruenta guerra civil que se vivía en los Balcanes, había hablado de fútbol con David Stern y era un habitual en actos de patrocinio de las principales multinacionales junto a directivos, presidentes y consejeros delegados. Su forma de expresarse, su cosmopolitismo, su facilidad para los idiomas, el desapego hacia el mundo con el que ejercía su actividad vital, provocado por su obsesión por el fútbol, calaron en la América más profunda, que no se olvidaría de él tan fácilmente. No tardó demasiado en hacer la maleta y en regresar a su adorado México. ¿Objetivo? Una nueva clasificación de una selección nacional para un Campeonato del Mundo; en este caso el de Francia 1998. Objetivo que por supuesto cumplió. Pero no viajó a Europa con los aztecas aquel verano. Lo hizo con Nigeria, combinado que llevó a la segunda fase del Mundial de Zidane tras humillar a la España de Clemente. Una España que ya no interesa.

Era el verano de 1998. Aún faltaba mucho tiempo para que Bora Milutinovic llevara hasta el extremo la teoría de los seis grados de separación. Once años concretamente fueron los que pasaron hasta que en la Casa Blanca se acordaron de aquel entrañable personaje que había logrado dar el salto de calidad que necesitaba el fútbol en Estados Unidos. Y ocurrió porque alguien recordó un hecho acontecido muchos años atrás, en Italia, en 1990, durante una visita que Henry Kissinger realizó al hotel de la selección alemana días antes de que los federales debutaran precisamente frente a Yugoslavia. Fue allí donde el que puede considerarse como el político más influyente de la segunda parte del siglo XX mantuvo un breve encuentro con Franz Beckenbauer, mito y seleccionador de la República Federal de Alemania. Ya por aquel entonces Estados Unidos sabía que organizaría el siguiente campeonato, y Kissinger trasladó al bávaro su preocupación ante un más que probable ridículo de su país. El eterno líbero lo tuvo claro: “Fichad a Milutinovic”, le dijo. Kissinger grabó el consejo en su cerebro y se lo trasladó a Rothenberg, presidente de la Federación y el encargado de marcar el número de teléfono del serbio en aquella calurosa tarde de verano en Bari.

En 2009 el fútbol regresó a los despachos de la Casa Blanca y el Pentágono. Irak había ganado la Copa de Asia de 2007 y debía representar a su continente en la Copa Confederaciones que se celebraría en Sudáfrica en el invierno austral. El país, completamente destruido, estaba controlado política, económica y jurídicamente por Estados Unidos, que intentó utilizar el fútbol para lanzar un mensaje de normalidad a pesar de los decenas de miles de muertos provocados por la guerra. En realidad la Casa Blanca acudió a Ciudad del Cabo con dos selecciones: Estados Unidos como ganador de la Copa de Oro e Irak como campeón de la Copa de Asia. Una dirigida por Bob Bradley y la otra por Bora Milutinovic, que firmó su contrato para solo cuatro partidos en la mismísima Green Zone de Bagdad. 

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