lunes, 16 de abril de 2012

AITOR



Aitor era un tipo elegante. Alavés, gente de orden, educado en esa suerte de escuela de la vida y de muchas otras cosas que es Lezama. Vasco cumplidor de tópicos. Alto, sereno, fuerte en el ejercicio de su oficio. Un profesional. A Aitor desde pequeño se le inculcó la tradición, el honor que suponía vestir la camiseta del Athletic. Escuchó cada día las historias de los mayores del club, las leyendas, que le hablaron de Zarra, de Dani, de Andrinua, de Piru Gaínza, de Pichichi. De la historia, de los valores, del impacto sociológico que suponía para su tierra pisar el césped de San Mamés cada domingo. De lo que habían significado aquel escudo y aquel estadio para el desarrollo del fútbol en este país. Además, Aitor tuvo suerte. Vio jugar al equipo de Javier Clemente, el de las dos ligas, el de los 80, el último que sacó la gabarra a la ría.

Su paso por Lezama, su contacto con Iribar y con otros mitos, forjaron una personalidad que rayaba con la introversión extrema. Así era también sobre el césped, ya como profesional. Cabeza alta. Ni una mala patada. Compañero, con los suyos y con el rival, hasta las últimas consecuencias. Tanto que el Real Madrid (otro Real Madrid, muy diferente al dirigido por las tesis mendesianas de hoy día) se fijó en él para convertirlo en un central de época en la escuadra blanca. Estaba llamado a serlo. Por personalidad y por condiciones. También en Madrid cumplió con lo que se esperaba de él dentro y fuera de la cancha. Nunca levantó la voz. Jamás se le vio dando la nota en una celebración. Así era Aitor. Camisa, chaqueta y zapatos. Tan amigo de Raúl como de McManaman. Un pilar del vestuario en la sombra. Un tipo con el que cualquiera podría tomar una caña; un ejemplo para los niños.

Luego Aitor buscó un retiro dorado y una nueva cultura en Denver, donde continuó con su formación al mismo tiempo que vestía la camiseta del Colorado Rapids. Era el genial broche a una carrera plagada de éxitos, de elogios, de guiños de respeto hacia su profesión y a su deporte y también de títulos al más alto nivel. Pero había que buscar un nuevo camino, nuevas ocupaciones. Eligió ser entrenador. Y de repente Aitor mutó. Se convirtió en un tipo arisco, soberbio, maleducado. Alguien capaz de justificar lo impresentable; fuerte con los débiles, débil con los fuertes. Se encontró con José, el carismático José. Quizá el tipo que más ha influido en su vida. Tanto que Lezama desaparició del subconsciente de Aitor. También Iribar. No es bueno tocar a los mitos, pero estoy seguro de que 'El Chopo' no se sentiría hoy orgulloso de Aitor.

PUBLICADO EN EL MUNDO CANTABRIA EL 12 DE ABRIL DE 2012

1 comentario:

  1. ¿Arisco, soberbio, maleducado? Las felaciones al Ghandi de Las Ramblas ya se la hacen los quintacolumnistas de la prensa madrileña, ya tenemos suficiente con eso.

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