domingo, 11 de marzo de 2012

REGGAE NANTAISE



Le dolía el pie. Mucho. El dolor se había convertido en insoportable desde hacía ya varios meses, desde aquella estúpida herida que llegó durante un partido de fútbol, su pasatiempo favorito. Estaba en una suerte de camerino de la Monumental de Barcelona, cerca de toriles, recordando junto a un grupejo de periodistas españoles otro concierto, también en España, también en el Mediterráneo, también en una plaza de toros. Fue en Ibiza. La real, la verdadera Ibiza. La que miraba hacia el mar más luminoso que nadie pueda imaginarse ajena aún a los abdominales de quirófano que llenarían sus playas apenas unos años después. Allí estaba Bob. Cansado, optimista, ensimismado en un cogollo de marihuana, su otro gran pasatiempo, que el manager  le había hecho llegar cumpliendo con una de las cláusulas del contrato que habían firmado sus agentes a petición del propio líder de la banda, que miraba al suelo evitando que las decenas de personas que lo rodeaban descubrieran el gesto descompuesto de su rostro ante el dolor. En aquel momento alguien se acercó tratando de darle ánimos. Le dijo que en aquel mismo lugar, en aquel mismo albero, los Beatles habían asombrado a una España que ya no interesaba a golpes de guitarreos fáciles y deliciosas e innovadoras canciones pop. Ese mismo periodista, hoy autoconsiderado gurú de la cosa musical nacional, le explicó a Marley que Lennon había saltado al escenario vistiendo unos pantalones de alguien llamado Joan Gaspart, que solo dos años antes había alcanzado la vicepresidencia del Barcelona. “Antes de subirse al autobús, todavía en el hotel, Lennon le pidió prestados los pantalones. Le dijo que estaban mejor planchados y que los quería llevar durante la actuación”. Y Bob sonrió. Lo hizo porque el fútbol había regresado a su cabeza, nublada como casi siempre de ganja fresca. Porque cuando pensaba en un balón se olvidaba de los dolores, del racismo que había vivido en muchos puntos de Inglaterra durante aquella esforzada gira. Hierba y fútbol, esos eran dos de los pilares que forjaban y sujetaban el espíritu de Bob Marley & The Wailers, una banda que seguía pensando a lo grande a pesar de los problemas de salud que sufría el líder desde hacía ya demasiados meses; y pensar a lo grande era hacerlo en la gira mundial que la compañía les había preparado junto a Stevie Wonder para el año siguiente.

Escriben los que estuvieron que aquel concierto de Barcelona fue inolvidable porque en el escenario estaban las grandes estrellas del momento, capaces de epatar con las clases sociales más enfrentadas. Por nada más. No fue una exhibición de musicalidad excelsa, sino que simplemente se dedicaron a  cumplir con los éxitos que exigían los varios miles que habían pagado la entrada para ver en directo a aquellos extraños músicos que lograban parar el mundo a su alrededor en el momento que comenzaban a desarrollar una melodía.  Lo hacían gracias a mensajes que aquella España ya asomada al devenir de la historia tras años de oscuridad intelectual aceptaba con la mayor naturalidad. Como si nada hubiera pasado en los 40 años anteriores. Había que olvidar, y allí estaban aquellos jamaicanos para poner su grano de arena sobre una Transición que era observada con escrupulosa atención por los países del entorno.

El concierto terminó y los críticos escribieron sus crónicas. División de opiniones y vuelta al ruedo. El grupo abandonó la Monumental de Barcelona rumbo al hotel. Bob Marley estaba muy cansado, muy afectado por los dolores, que después de la adrenalina expulsada sobre el escenario habían regresado multiplicándose. Eran dolores musculares y dolores agudos que ascendían desde el dedo gordo del pie expandiéndose por todo su cuerpo. Era cáncer. Un maligno melanoma, pero nadie en aquel autobús quería hablar de ello. Nadie pronunciaba la palabra maldita. Si no se mencionaba no existía. Así vivía Marley, que calmaba sus dolores fumando marihuana como nunca antes lo había hecho. Ya de vuelta en su habitación se acercó de nuevo el mismo manager que apenas unas horas antes le había pasado los ingredientes necesarios para poder liarse el peta de rigor anterior a cada actuación. Se sentó junto a él para contarle que al día siguiente aterrizarían en Nantes, ciudad francesa asomada al Atlántico. Era algo habitual antes de cada desplazamiento, de cada hotel, de cada escenario. Bob se sentaba y alguien le explicaba el plan de viaje, aunque hacía ya demasiadas ciudades que el músico había dejado de escuchar. Los dolores se lo impedían y todo su esfuerzo intelectual estaba dirigido a desplazar aquella sensación de su cerebro. Lo demás no era importante. Pero aquel día fue diferente.

Cuando Marley escuchó la palabra Nantes la sonrisa volvió a aparecer en la comisura de sus labios. Conocía aquella ciudad porque recordaba a la perfección las gestas de José Arribas y Henri Michel, entrenador y jugador respectivamente de una de las mejores formaciones futbolísticas que ha dado la historia. Bob Marley sabía de la existencia de aquellos dos visionarios, padres de ‘Le jeu à la nantaise’ que llevó al fútbol francés a un estadio superior desde una región en la que el balompié no había dado demasiadas alegrías. Hasta su llegada los títulos estaban a 700 kilómetros de distancia hacia el Este, en Saint Etienne, ciudad que albergaba a un club de nombre homónimo que acumulaba tantos títulos como críticas hacia su juego. El denominado años después por L’Equipe como “mejor club francés de todos los tiempos” había logrado la contratación de un fenómeno como Michel Platini, pero nunca había enamorado a pesar de casi lograr el sueño eterno del fútbol francés hasta la aparición de Bernard Tapie y su polémico Olympique de Marsella: ganar una Copa de Europa. El Bayern Múnich les despertó súbitamente de aquella duermevela un año antes de que aquel maravilloso Nantes ganara en 1977 la segunda liga de la década de la música disco, el soul y el punk… Y por supuesto el reggae. En los sesenta se habían proclamado campeones de Francia en dos ocasiones, lo mismo ocurriría en los 80. De ahí que a Marley volviera a sonreir en aquel autobús.

Era el 1 de julio de 1980 y al día siguiente Bob Marley & The Wailers ofrecerían su arte a miles de franceses que gracias a la influencia colonial ya habían adoptado los ritmos caribeños como propios. Había cansancio acumulado en la expedición que conformaba la gira europea, sin embargo el grupo se propuso jugar un partido de fútbol, algo que ya había sucedido unos días antes en Barcelona. A alguien se le ocurrió que aquel juego de distensión y diversión podría jugarse en La Jonelière, la ciudad deportiva escuela futbolística surgida de la imaginación de José Arribas que había permitido al modesto Nantes cambiar completamente la estructura táctica del fútbol. Allí se enseñaba el deporte envuelto en una ideología que recorría todas las estancias del club, desde la presidencia hasta el último alevín. Y el responsable de todo aquello era un vasco exiliado durante la Guerra Civil. El lugar ideal para que una banda de reggae se relajara antes del enésimo concierto de una interminable gira.


El partido se jugó la mañana del 2 de julio, la misma del concierto, y se decidió que sería un enfrentamiento de cinco contra cinco. En un lado las estrellas del Nantes que habían levantado el título de Liga ese mismo verano: Bertrand-Demanes, Baronchelli, Amisse, Rampillon y Henri Michel. En el otro bando Bob Marley & The Wailers: Junior Braithwhite, Bob Marley, Carlton Barret, Alston ‘Family Man’ Barret y Al Anderson. Bob Marley no brilló demasiado en un choque en el que el resultado no fue lo importante y en el que los franceses se quedaron asombrados con la capacidad futbolística de aquellos músicos que habían llegado a las instalaciones deportivas completamente colocados. A Marley por supuesto que le dolía el pie. Mucho. Lo mismo que aquella tarde en Barcelona antes de saltar al albero. Lo mimo que en todos los conciertos anteriores. Pero el fútbol era su tratamiento. Fútbol y ganja. Las dos columnas que sostenían a la banda jamaicana más influyente de todos los tiempos.

Aquella herida que se había producido durante un partido de fútbol fue el principio del fin de Bob Marley. Se convirtió en un melanoma maligno que más tarde se convirtió en metástasis y que alcanzó a los pulmones y el cerebro para llevarse para siempre a un ser humano especial que prefirió la religión a la medicina y que nunca escondió su pasión por el fútbol, el deporte que, paradojas de la vida, le permitía ofrecer su espalda al dolor. Moriría en el mes de mayo del año siguiente convirtiendo a Kingston en la capital del mundo por unos días. Todo el país rindió tributo a aquel carismático líder que sigue presente en el corazón del fútbol del país. Lo hace gracias a una estatua que preside la entrada al Estadio Nacional de la capital, donde los 'reggae boyz' de Frank Sinclair lograron el histórico pase a la fase final del Campeonato del Mundo de 1998. Un Mundial que curiosamente se celebraría en Francia y en el que ganó una selección anfitriona que contaba en sus filas con Marcel Desailly, Didier Deschamps y Christian Karembeu, todos ellos formados La Jonelière, la fábrica de futbolistas del Nantes.

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