domingo, 4 de marzo de 2012

ADIDAS 74: DOS RAYAS



Todo en él fue diferente desde el principio, desde sus comienzos en los duros y pelados campos de Dresde, ciudad oriental, excomunista y en eterna reconstrucción, hasta su reciente conversión en sosegado y brillante técnico. La disciplina, el fútbol de estado, la solidez táctica, el juego fácil, el materialismo dialéctico, fueron detalles que marcaron durante su esforzada infancia la manera en la que más tarde se enfrentaría a la vida y a un deporte, el fútbol, que mediada la década de los noventa, como los Juegos Olímpicos, como la NBA, como la FIFA, se encontraba en pleno descubrimiento de las mieles del espectáculo, concepto que cambiaría para siempre la forma de entender el ocio en todo el mundo. Aquello era un negocio que muy pocos vieron durante aquellos años 80 de barro, líbero y diminutos pantalones pero del que todos quisieron aprovecharse a posteriori. Matthias Sammer, ajeno a los coches, relojes y zapatos que empezaban a llenar los aparcamientos y vestuarios de la Bundesliga, decidió que aquello nunca iría con él. Ni en el césped, ni fuera de él. Y cumplió, vaya si cumplió. Lo hizo incluso después de levantar el último Balón de Oro concedido a uno de los denominados jugadores defensivos, un honor que no recayó en Franco Baresi o Danny Blind, sino en un alemán que nació en el Este, que emigró al industrial Oeste (al firmar su contrato en Stuttgart se convirtió en el segundo jugador de la Alemania Oriental en fichar por un gran club del otro lado una vez caído el Muro) y que evolucionó hasta ser considerado como un duradero y verdadero ejemplo de lo que significa ser futbolista en Alemania.

A finales de los 80, mientras Roger Waters y David Gilmour soñaban con la Puerta de Brandenburgo, Sammer levantó dos títulos de campeón de la Alemania Oriental con el Dynamo de Dresde, club en el que curiosamente también triunfó su padre tanto en el terreno de juego como en los banquillos. Pero el Muro cayó y Alemania, ya unificada, comenzó a pensar en levantar de nuevo un título de campeona del Mundo, esta vez en el Rose Bowl de Los Ángeles. La mira estaba puesta en el verano de 1994 y la selección, como en tantas otras ocasiones, se convirtió en un elemento de propaganda política. Había que demostrar la unión del país a todos los niveles y el deporte volvió a ejercer de catalizador, con el fútbol como pionero. Las promesas del Este (no las de Cronenberg) comenzaron a buscarse la vida cerca de las industriales ciudades del Rhur y el Neckar, donde el fútbol es tan importante como la siderurgia y la metalurgia. Allí llegó Sammer. Primero a Stuttgart y posteriormente a Dortmund, donde alcanzó el grado de leyenda con el que hoy es reconocido por hinchas y rivales. Porque Sammer proyectaba todo lo que se esperaba de un futbolista alemán de entonces. Sobriedad, seguridad, educación y buenas maneras. Y es que entonces todavía faltaban muchos años para que los chicos de Joachim Löw latinizaran el fútbol teutón.

A las faldas de la Gelbe Wand, el muro amarillo que da cobijo a 25.000 almas renanas en el Westfalen Stadion (hoy Signal Iduna Park), el magnífico futbolista que ya era Sammer comenzó a esculpir una demarcación sobre el césped que hoy podría ser considerada como una de las precursoras del doble pivote. No era centrocampista, pero tampoco central. Creaba y destruía. Era un sweeper, pero también un play maker. Y aunque en muchas ocasiones pudiera parecerlo, nunca ejercía de líbero. Al menos conscientemente, ya que todo alemán que en algún momento haya dado una patada a un balón ha soñado con ser Beckenbauer en el Mundial de 1974. Además Matthias Sammer vestía las botas Adidas World Cup, las mismas que el jugador alemán más famoso de todos los tiempos. Las portó siempre y no siempre fue fácil hacerlo. Recordemos. Estamos en la última década del siglo XX. Todo está aún por hacer en el fútbol.

En 1990 era imposible para un aficionado adquirir cualquiera de las camisetas que vestían las 24 selecciones que participaron en el Mundial de Italia. Solo cuatro años después, meses antes de que comenzara el Campeonato del Mundo de Estados Unidos, esas camisetas, a considerables precios, estaban en todos los centros comerciales y tiendas a disposición de aficionados y coleccionistas. Era el tiempo del marketing futbolístico, un deporte que rápidamente adaptó conceptos como mercadotecnia, patrocinio, esponsorización o producto oficial. A partir de ese momento todo estaba a la venta en el fútbol, que encantado de sí mismo no dejaba de mirarse en el espejo que desde el otro lado del Atlántico proyectaban las Grandes Ligas de béisbol, la NFL y la NBA. Allí la guerra Adidas-Nike ya había comenzado años antes (con Reebok como tercer gran ejército en discordia), pero Europa aún se mostraba virgen en ese sentido, con equipos que ni siquiera se preocupaban de mostrar la marca que los vestía y mucho menos en pensar en sacar un rédito económico por ese concepto. Sin embargo, si había una marca dominante, aunque es cierto que de modo latente, esa era Adidas, relacionada históricamente no solo con las mejores selecciones nacionales del continente sino también con los mejores clubes. A pesar de todo la relación de los principales representantes del fútbol europeo con las marcas era lateral, nunca directa y así se mantuvo hasta que Nike decidió desembarcar en el continente a golpe de talonario.

El trasatlántico estadounidense desarrolló su se llegada al fútbol continental a través de dos clubes principalmente: PSG y Borussia Dortmund. Con ambos equipos firmó leoninos contratos que obligaban a jugadores y técnicos a mostrar bien visibles el logo y la marca siempre que aparecieran en público en representación del club, avisando además de que lo contrario acarrearía el pago de considerables multas. Es decir que, de repente, de un día para otro, el conjunto renano, gran dominador del fútbol europeo en aquellos años, con jugadores en su plantilla de la talla de Chapuisat, Kohler, Möller o el propio Matthias Sammer, obligó a sus futbolistas a vestir botas Nike. Hubo quejas. Muchas quejas, pero aquellos que se resistían se veían obligados a claudicar. Al fin y al cabo buena parte de los contratos millonarios que entonces pagaba el Borussia Dortmund emanaban directamente de los ingresos recibidos por esta relación especial mantenida con el imperio norteamericano del deporte que, una vez más, había dado completamente la vuelta a la manera de entender el marketing deportivo.

Uno de los más quejumbrosos fue el propio Matthias Sammer, que no dudó en afirmar públicamente que no se encontraba cómodo vistiendo las, todo hay que decirlo, durísimas y arcaicas Nike Tempo. Lo dijo ante los medios antes y después de los partidos, pero la presión por parte de sus directivos le obligó a cumplir con aquel novísimo contrato. Hasta que ideó la manera de engañar a la máquina. Más tarde, una vez descubierto, reconocería que la artimaña que le llevó a un abierto enfrentamiento con Nike se produjo con la ayuda de las señoras de su familia, que le ayudaron en su pícaro cometido. Sammer, que como cualquier otro superviviente de la Alemania Oriental había pasado su infancia ingeniándoselas para conseguir lo imposible, decidió enfrentarse al sistema de una manera muy casera, llevando hasta las últimas consecuencias el Just Do It que popularizó la marca que según sus palabras le impedía desarrollar su mejor fútbol. Buscó una solución y la encontró descosiendo las tres bandas blancas de sus Adidas World Cup para coser encima el llamado swoosh protagonista del logo de Nike. De este modo podría jugar con sus botas de siempre sin molestar a los de arriba. Pero con lo que no contaba Sammer era con los fotógrafos y con los aficionados más detallistas. Entre unos y otros, tras una desafortunada (para él) fotografía, el futbolista fue descubierto con una suela en la que perfectamente se leía el logo de la fábrica rival, la que le había acompañado desde que era niño. Nike se enfadó e incluso amenazó al equipo renano con romper unilateralmente el millonario contrato que los unía a ambos, aunque finalmente desistió al ver al díscolo centrocampista que no lo era, al defensa central que no lo era, levantar el título de la Liga de Campeones y el Balón de Oro. Todo terminó solucionándose con una multa y con una cláusula para el jugador: la multinacional le permitiría vestir con las botas que él quisiera siempre y cuando cumpliera a rajatabla el resto de su contrato. Así fue.

Una situación muy diferente a la vivida por Adidas en 1974 (otros años, otros tiempos), cuando vio como otro díscolo futbolista ponía en peligro el valor de su marca. Johan Cruyff, emblema del fútbol holandés, había firmado un contrato personal y exclusivo de 125.000 dólares con Puma por lucir sus botas durante el Campeonato del Mundo de Alemania, situación que contrastaba con el hecho de que era Adidas quien vestía a la selección tulipán, y aunque aún no imprimía el logo en sus camisetas, ya cosía las famosas tres bandas a las mangas y laterales de sus equipaciones. Cruyff, aconsejado por sus abogados y por miedo a perder su contrato por incumplimiento, llevó las cláusulas del mismo hasta sus últimas consecuencias y decidió eliminar una de las tres para quedarse en dos rayas tanto en su camiseta, como en el pantalón y las medias. Vestido de esta forma alcanzó la final de Múnich en la que se impuso Alemania, curiosamente vestida por Adidas y con tres rayas en todos y cada uno de sus chándals; rayas que en cambio no aparecieron en las camisetas de los teutones.

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