domingo, 25 de marzo de 2012

1986




Dicen que durante la noche del 20 de abril de 1986 dios se vistió de jugador de baloncesto. Fue en el Garden, en Boston, semicolonia irlandesa plagada de históricos ladrones y carísimas y elitistas universidades. El último reducto del ‘british style of life’ de aquellos 13 fundadores de la Unión que decidieron enfrentarse a la metrópoli buscando el que quizá puede considerarse como el primer sueño americano datado jamás. Allí, a los pies de un vetusto y desgastado parqué, algunos pocos escogidos acertaron a ver el perfil de una deidad en la muñeca de Michael Jordan, un imponente atleta que eligió aquel templo, dirigido entonces de forma incontestable por el apóstol Bird, para entrar definitivamente en la historia. 63 puntos. Derrota para los Bulls de aquel insolente jugador crecido en la calurosa y bella Carolina del Norte. Cultura pop. Fue la primera vez que la religión y el deporte cruzaron sus caminos en aquel año en el que España y Portugal se convirtieron en miembros de pleno derecho de la Comunidad Económica Europea. Portadas, cientos de portadas. El periodismo estadounidense reafilando sus plumas para tratar de escribir la que entonces fue considerada como “la gran historia americana”. Indiana y Carolina del Norte. Blanco y negro. Veterano y recién llegado. Bird y Jordan.

Era primavera, pero solo en la zona templada del hemisferio norte. En México Distrito Federal, mastodóntica ciudad, disfrutaban de los 20 grados habituales, aunque había prisas en aquellas fechas en la capital del estado más maltratado de Norteamérica. Menos que en aquellos lejanos meses de febrero y marzo de 1968, Juegos Olímpicos marcados también por otras primaveras: las de París y Praga; la de la UNAM, pero las suficientes como para agobiar a políticos locales y organismos internacionales. En aquella década del amor México era considerada como una potencia mundial, pero en 1986 corrían otros tiempos, menos agraciados económicamente, en los que el fútbol viajaría desde la España de 1982, que al mismo tiempo que enamoraba por su ejemplar Transición era incapaz de mostrar al planeta ningún tipo de capacidad organizativa, a una Latinoamérica que trataba de despojar la sombría y continua presencia de Estados Unidos de su rutina diaria.

Fue el Mundial de la sombra omnipresente en el Estadio Azteca. El campeonato que lanzó al mundo a un maleducado personaje que cambiaría la historia del deporte con más crecimiento de todo el siglo XX. Alguien que más tarde mezclaría en su vocabulario diario vocablos como Che, cocaína, Havelange o Kusturica, pero que en aquellos tiempos buscaba el perdón de la Argentina post Menotti. Diego Maradona capitaneaba un equipo rudo, duro, insolente y sin talento. Una selección polémica, con un entrenador polémico y un capitán que prácticamente había inventado la polémica en el fútbol. Pero aquellos tipos llegaron a la final del Azteca. Algunos lo habían soñado (el primero Diego), pero lo que no imaginaron jamás fue que se encontrarían con dios, como Bird unos meses antes, durante dos veces en el mismo partido. Fue mucho antes del enfrentamiento ante Alemania en el que Maradona ‘permitió’ que Valdano y Burruchaga compartieran su gloria. Fue en los cuartos de final de aquel maravilloso Campeonato del Mundo. Y ocurrió donde ocurren las cosas. En el Azteca, frente a la Inglaterra de Peter Shilton y Maggie Thatcher. La venganza de las Malvinas, el que ha pasado a la historia como ‘el partido contra los ingleses’. La mano de dios. ¿El mejor gol jamás anotado por un futbolista en cualquier competición? De nuevo, como en el Garden en el mes de abril, el deporte y la religión cruzando sus destinos. Fue el 22 de junio.

Aquellos dos hitos, el Mundial de Maradona y la eclosión definitiva de Michael Jordan, marcaron la información deportiva de 1986. El mundo vibraba con los dos nuevos ídolos, tan diferentes, tan capaces de generar la información más diversa, dueños de dos de los patrocinios deportivos (Puma y Nike) más importantes de la época, jamás firmados antes por un deportista. Uno se convirtió en el encargado de resucitar una liga que agonizaba, el otro lanzó al fútbol a un nuevo nivel, porque después de México 1986 el Campeonato del Mundo ya podía compararse de igual a igual con los Juegos Olímpicos, los grandes rivales de Joao Havelange.

Fue el argentino malencarado quien fagocitó todo el ruido mediático surgido alrededor del fútbol durante aquel verano. Incluso lo hizo con un gol fantástico, maravilloso. Un tanto anotado por uno de los llamados nadies del fútbol, aunque reconocido por muchos otros. Jugador local, ídolo histórico junto a Hugo Sánchez y Cabinho en los Pumas de la UNAM, Manuel Negrete se ganó su presencia eterna en las paredes del Estadio Azteca merced a una media tijera mucho más recordada en Bulgaria, su rival de aquella tarde de octavos de final, que en el resto del mundo. Ahí está la placa de Negrete, bien visible en los muros del templo capitalino, junto a la de Diego Armando Maradona y la del partido disputado entre Italia y Alemania en otro Mundial chilango, ‘el partido del siglo’, 1970. Después de aquello, tras aquel balón servido por el ‘Vasco’ Aguirre que nunca tocó el suelo, Negrete viajó a Europa para disfrutar de dos Sporting: el de Lisboa y el de Gijón. Sin embargo, aprovechó la fama efímera, eterna en el Azteca, para educarse como gestor del fútbol mexicano. Tan diferente su carrera a la del gran ídolo de aquel campeonato.

Ahí podría resumirse todo lo que aconteció en 1986. Tras la aparición del gran atleta del siglo y del que muchos consideran como el mejor futbolista de todos los tiempos, pocos periodistas fueron capaces de llenar las primeras de los principales periódicos con historias tan jugosas como aquellas. Pero sí las hubo. Antes del Mundial, pero las hubo. Fueron las historias personales de los jugadores del Steaua de Bucarest, que conquistó Sevilla en una tórrida noche del mes de mayo de aquel año. El agit-prop de Ceausescu llegó al Sánchez Pizjuán desde el otro lado del telón. Muchos jugadores de aquel tosco equipo no lo sabían, pero era como si formaran parte del Partido, del sistema, de la sangrienta forma de entender la política de aquel gobernante loco capaz de construir el edificio más grande del mundo en una capital que por entonces se caía a pedazos. Comunistas que llegaban a Andalucía para enfrentarse al Barcelona de Alexanco, Carrasco, Migueli, Archibald, Schuster y Marcos y que se veían empequeñecidos frente al histriónico e hipnótico mundo capitalista. Pero en las horas previas aquel bloque encabezado por Lacatus y Belodedici daba la sensación de que era perfectamente consciente de poder cambiar la historia; lograr lo que no pudo la Hungría de los 50, la de Puskas, Kocsis y Czibor. Llevar al otro lado, a la parte oriental de Europa, al Este, a lo más alto de una competición futbolística. No brillaron como aquellos magiares que cayeron derrotados frente a Alemania en el Mundial de Suiza de 1954; pero los húngaros perdieron, mientras que los rumanos vencieron al Barcelona. Fue tras una fallida tanda de penaltis en la que solo dos jugadores comunistas fueron capaces de convertir sus lanzamientos. El Telón de Acero había levantado su primera Copa de Europa. Fue en mayo. Fue en 1986.  

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