domingo, 25 de marzo de 2012

1986




Dicen que durante la noche del 20 de abril de 1986 dios se vistió de jugador de baloncesto. Fue en el Garden, en Boston, semicolonia irlandesa plagada de históricos ladrones y carísimas y elitistas universidades. El último reducto del ‘british style of life’ de aquellos 13 fundadores de la Unión que decidieron enfrentarse a la metrópoli buscando el que quizá puede considerarse como el primer sueño americano datado jamás. Allí, a los pies de un vetusto y desgastado parqué, algunos pocos escogidos acertaron a ver el perfil de una deidad en la muñeca de Michael Jordan, un imponente atleta que eligió aquel templo, dirigido entonces de forma incontestable por el apóstol Bird, para entrar definitivamente en la historia. 63 puntos. Derrota para los Bulls de aquel insolente jugador crecido en la calurosa y bella Carolina del Norte. Cultura pop. Fue la primera vez que la religión y el deporte cruzaron sus caminos en aquel año en el que España y Portugal se convirtieron en miembros de pleno derecho de la Comunidad Económica Europea. Portadas, cientos de portadas. El periodismo estadounidense reafilando sus plumas para tratar de escribir la que entonces fue considerada como “la gran historia americana”. Indiana y Carolina del Norte. Blanco y negro. Veterano y recién llegado. Bird y Jordan.

Era primavera, pero solo en la zona templada del hemisferio norte. En México Distrito Federal, mastodóntica ciudad, disfrutaban de los 20 grados habituales, aunque había prisas en aquellas fechas en la capital del estado más maltratado de Norteamérica. Menos que en aquellos lejanos meses de febrero y marzo de 1968, Juegos Olímpicos marcados también por otras primaveras: las de París y Praga; la de la UNAM, pero las suficientes como para agobiar a políticos locales y organismos internacionales. En aquella década del amor México era considerada como una potencia mundial, pero en 1986 corrían otros tiempos, menos agraciados económicamente, en los que el fútbol viajaría desde la España de 1982, que al mismo tiempo que enamoraba por su ejemplar Transición era incapaz de mostrar al planeta ningún tipo de capacidad organizativa, a una Latinoamérica que trataba de despojar la sombría y continua presencia de Estados Unidos de su rutina diaria.

Fue el Mundial de la sombra omnipresente en el Estadio Azteca. El campeonato que lanzó al mundo a un maleducado personaje que cambiaría la historia del deporte con más crecimiento de todo el siglo XX. Alguien que más tarde mezclaría en su vocabulario diario vocablos como Che, cocaína, Havelange o Kusturica, pero que en aquellos tiempos buscaba el perdón de la Argentina post Menotti. Diego Maradona capitaneaba un equipo rudo, duro, insolente y sin talento. Una selección polémica, con un entrenador polémico y un capitán que prácticamente había inventado la polémica en el fútbol. Pero aquellos tipos llegaron a la final del Azteca. Algunos lo habían soñado (el primero Diego), pero lo que no imaginaron jamás fue que se encontrarían con dios, como Bird unos meses antes, durante dos veces en el mismo partido. Fue mucho antes del enfrentamiento ante Alemania en el que Maradona ‘permitió’ que Valdano y Burruchaga compartieran su gloria. Fue en los cuartos de final de aquel maravilloso Campeonato del Mundo. Y ocurrió donde ocurren las cosas. En el Azteca, frente a la Inglaterra de Peter Shilton y Maggie Thatcher. La venganza de las Malvinas, el que ha pasado a la historia como ‘el partido contra los ingleses’. La mano de dios. ¿El mejor gol jamás anotado por un futbolista en cualquier competición? De nuevo, como en el Garden en el mes de abril, el deporte y la religión cruzando sus destinos. Fue el 22 de junio.

Aquellos dos hitos, el Mundial de Maradona y la eclosión definitiva de Michael Jordan, marcaron la información deportiva de 1986. El mundo vibraba con los dos nuevos ídolos, tan diferentes, tan capaces de generar la información más diversa, dueños de dos de los patrocinios deportivos (Puma y Nike) más importantes de la época, jamás firmados antes por un deportista. Uno se convirtió en el encargado de resucitar una liga que agonizaba, el otro lanzó al fútbol a un nuevo nivel, porque después de México 1986 el Campeonato del Mundo ya podía compararse de igual a igual con los Juegos Olímpicos, los grandes rivales de Joao Havelange.

Fue el argentino malencarado quien fagocitó todo el ruido mediático surgido alrededor del fútbol durante aquel verano. Incluso lo hizo con un gol fantástico, maravilloso. Un tanto anotado por uno de los llamados nadies del fútbol, aunque reconocido por muchos otros. Jugador local, ídolo histórico junto a Hugo Sánchez y Cabinho en los Pumas de la UNAM, Manuel Negrete se ganó su presencia eterna en las paredes del Estadio Azteca merced a una media tijera mucho más recordada en Bulgaria, su rival de aquella tarde de octavos de final, que en el resto del mundo. Ahí está la placa de Negrete, bien visible en los muros del templo capitalino, junto a la de Diego Armando Maradona y la del partido disputado entre Italia y Alemania en otro Mundial chilango, ‘el partido del siglo’, 1970. Después de aquello, tras aquel balón servido por el ‘Vasco’ Aguirre que nunca tocó el suelo, Negrete viajó a Europa para disfrutar de dos Sporting: el de Lisboa y el de Gijón. Sin embargo, aprovechó la fama efímera, eterna en el Azteca, para educarse como gestor del fútbol mexicano. Tan diferente su carrera a la del gran ídolo de aquel campeonato.

Ahí podría resumirse todo lo que aconteció en 1986. Tras la aparición del gran atleta del siglo y del que muchos consideran como el mejor futbolista de todos los tiempos, pocos periodistas fueron capaces de llenar las primeras de los principales periódicos con historias tan jugosas como aquellas. Pero sí las hubo. Antes del Mundial, pero las hubo. Fueron las historias personales de los jugadores del Steaua de Bucarest, que conquistó Sevilla en una tórrida noche del mes de mayo de aquel año. El agit-prop de Ceausescu llegó al Sánchez Pizjuán desde el otro lado del telón. Muchos jugadores de aquel tosco equipo no lo sabían, pero era como si formaran parte del Partido, del sistema, de la sangrienta forma de entender la política de aquel gobernante loco capaz de construir el edificio más grande del mundo en una capital que por entonces se caía a pedazos. Comunistas que llegaban a Andalucía para enfrentarse al Barcelona de Alexanco, Carrasco, Migueli, Archibald, Schuster y Marcos y que se veían empequeñecidos frente al histriónico e hipnótico mundo capitalista. Pero en las horas previas aquel bloque encabezado por Lacatus y Belodedici daba la sensación de que era perfectamente consciente de poder cambiar la historia; lograr lo que no pudo la Hungría de los 50, la de Puskas, Kocsis y Czibor. Llevar al otro lado, a la parte oriental de Europa, al Este, a lo más alto de una competición futbolística. No brillaron como aquellos magiares que cayeron derrotados frente a Alemania en el Mundial de Suiza de 1954; pero los húngaros perdieron, mientras que los rumanos vencieron al Barcelona. Fue tras una fallida tanda de penaltis en la que solo dos jugadores comunistas fueron capaces de convertir sus lanzamientos. El Telón de Acero había levantado su primera Copa de Europa. Fue en mayo. Fue en 1986.  

domingo, 11 de marzo de 2012

REGGAE NANTAISE



Le dolía el pie. Mucho. El dolor se había convertido en insoportable desde hacía ya varios meses, desde aquella estúpida herida que llegó durante un partido de fútbol, su pasatiempo favorito. Estaba en una suerte de camerino de la Monumental de Barcelona, cerca de toriles, recordando junto a un grupejo de periodistas españoles otro concierto, también en España, también en el Mediterráneo, también en una plaza de toros. Fue en Ibiza. La real, la verdadera Ibiza. La que miraba hacia el mar más luminoso que nadie pueda imaginarse ajena aún a los abdominales de quirófano que llenarían sus playas apenas unos años después. Allí estaba Bob. Cansado, optimista, ensimismado en un cogollo de marihuana, su otro gran pasatiempo, que el manager  le había hecho llegar cumpliendo con una de las cláusulas del contrato que habían firmado sus agentes a petición del propio líder de la banda, que miraba al suelo evitando que las decenas de personas que lo rodeaban descubrieran el gesto descompuesto de su rostro ante el dolor. En aquel momento alguien se acercó tratando de darle ánimos. Le dijo que en aquel mismo lugar, en aquel mismo albero, los Beatles habían asombrado a una España que ya no interesaba a golpes de guitarreos fáciles y deliciosas e innovadoras canciones pop. Ese mismo periodista, hoy autoconsiderado gurú de la cosa musical nacional, le explicó a Marley que Lennon había saltado al escenario vistiendo unos pantalones de alguien llamado Joan Gaspart, que solo dos años antes había alcanzado la vicepresidencia del Barcelona. “Antes de subirse al autobús, todavía en el hotel, Lennon le pidió prestados los pantalones. Le dijo que estaban mejor planchados y que los quería llevar durante la actuación”. Y Bob sonrió. Lo hizo porque el fútbol había regresado a su cabeza, nublada como casi siempre de ganja fresca. Porque cuando pensaba en un balón se olvidaba de los dolores, del racismo que había vivido en muchos puntos de Inglaterra durante aquella esforzada gira. Hierba y fútbol, esos eran dos de los pilares que forjaban y sujetaban el espíritu de Bob Marley & The Wailers, una banda que seguía pensando a lo grande a pesar de los problemas de salud que sufría el líder desde hacía ya demasiados meses; y pensar a lo grande era hacerlo en la gira mundial que la compañía les había preparado junto a Stevie Wonder para el año siguiente.

Escriben los que estuvieron que aquel concierto de Barcelona fue inolvidable porque en el escenario estaban las grandes estrellas del momento, capaces de epatar con las clases sociales más enfrentadas. Por nada más. No fue una exhibición de musicalidad excelsa, sino que simplemente se dedicaron a  cumplir con los éxitos que exigían los varios miles que habían pagado la entrada para ver en directo a aquellos extraños músicos que lograban parar el mundo a su alrededor en el momento que comenzaban a desarrollar una melodía.  Lo hacían gracias a mensajes que aquella España ya asomada al devenir de la historia tras años de oscuridad intelectual aceptaba con la mayor naturalidad. Como si nada hubiera pasado en los 40 años anteriores. Había que olvidar, y allí estaban aquellos jamaicanos para poner su grano de arena sobre una Transición que era observada con escrupulosa atención por los países del entorno.

El concierto terminó y los críticos escribieron sus crónicas. División de opiniones y vuelta al ruedo. El grupo abandonó la Monumental de Barcelona rumbo al hotel. Bob Marley estaba muy cansado, muy afectado por los dolores, que después de la adrenalina expulsada sobre el escenario habían regresado multiplicándose. Eran dolores musculares y dolores agudos que ascendían desde el dedo gordo del pie expandiéndose por todo su cuerpo. Era cáncer. Un maligno melanoma, pero nadie en aquel autobús quería hablar de ello. Nadie pronunciaba la palabra maldita. Si no se mencionaba no existía. Así vivía Marley, que calmaba sus dolores fumando marihuana como nunca antes lo había hecho. Ya de vuelta en su habitación se acercó de nuevo el mismo manager que apenas unas horas antes le había pasado los ingredientes necesarios para poder liarse el peta de rigor anterior a cada actuación. Se sentó junto a él para contarle que al día siguiente aterrizarían en Nantes, ciudad francesa asomada al Atlántico. Era algo habitual antes de cada desplazamiento, de cada hotel, de cada escenario. Bob se sentaba y alguien le explicaba el plan de viaje, aunque hacía ya demasiadas ciudades que el músico había dejado de escuchar. Los dolores se lo impedían y todo su esfuerzo intelectual estaba dirigido a desplazar aquella sensación de su cerebro. Lo demás no era importante. Pero aquel día fue diferente.

Cuando Marley escuchó la palabra Nantes la sonrisa volvió a aparecer en la comisura de sus labios. Conocía aquella ciudad porque recordaba a la perfección las gestas de José Arribas y Henri Michel, entrenador y jugador respectivamente de una de las mejores formaciones futbolísticas que ha dado la historia. Bob Marley sabía de la existencia de aquellos dos visionarios, padres de ‘Le jeu à la nantaise’ que llevó al fútbol francés a un estadio superior desde una región en la que el balompié no había dado demasiadas alegrías. Hasta su llegada los títulos estaban a 700 kilómetros de distancia hacia el Este, en Saint Etienne, ciudad que albergaba a un club de nombre homónimo que acumulaba tantos títulos como críticas hacia su juego. El denominado años después por L’Equipe como “mejor club francés de todos los tiempos” había logrado la contratación de un fenómeno como Michel Platini, pero nunca había enamorado a pesar de casi lograr el sueño eterno del fútbol francés hasta la aparición de Bernard Tapie y su polémico Olympique de Marsella: ganar una Copa de Europa. El Bayern Múnich les despertó súbitamente de aquella duermevela un año antes de que aquel maravilloso Nantes ganara en 1977 la segunda liga de la década de la música disco, el soul y el punk… Y por supuesto el reggae. En los sesenta se habían proclamado campeones de Francia en dos ocasiones, lo mismo ocurriría en los 80. De ahí que a Marley volviera a sonreir en aquel autobús.

Era el 1 de julio de 1980 y al día siguiente Bob Marley & The Wailers ofrecerían su arte a miles de franceses que gracias a la influencia colonial ya habían adoptado los ritmos caribeños como propios. Había cansancio acumulado en la expedición que conformaba la gira europea, sin embargo el grupo se propuso jugar un partido de fútbol, algo que ya había sucedido unos días antes en Barcelona. A alguien se le ocurrió que aquel juego de distensión y diversión podría jugarse en La Jonelière, la ciudad deportiva escuela futbolística surgida de la imaginación de José Arribas que había permitido al modesto Nantes cambiar completamente la estructura táctica del fútbol. Allí se enseñaba el deporte envuelto en una ideología que recorría todas las estancias del club, desde la presidencia hasta el último alevín. Y el responsable de todo aquello era un vasco exiliado durante la Guerra Civil. El lugar ideal para que una banda de reggae se relajara antes del enésimo concierto de una interminable gira.


El partido se jugó la mañana del 2 de julio, la misma del concierto, y se decidió que sería un enfrentamiento de cinco contra cinco. En un lado las estrellas del Nantes que habían levantado el título de Liga ese mismo verano: Bertrand-Demanes, Baronchelli, Amisse, Rampillon y Henri Michel. En el otro bando Bob Marley & The Wailers: Junior Braithwhite, Bob Marley, Carlton Barret, Alston ‘Family Man’ Barret y Al Anderson. Bob Marley no brilló demasiado en un choque en el que el resultado no fue lo importante y en el que los franceses se quedaron asombrados con la capacidad futbolística de aquellos músicos que habían llegado a las instalaciones deportivas completamente colocados. A Marley por supuesto que le dolía el pie. Mucho. Lo mismo que aquella tarde en Barcelona antes de saltar al albero. Lo mimo que en todos los conciertos anteriores. Pero el fútbol era su tratamiento. Fútbol y ganja. Las dos columnas que sostenían a la banda jamaicana más influyente de todos los tiempos.

Aquella herida que se había producido durante un partido de fútbol fue el principio del fin de Bob Marley. Se convirtió en un melanoma maligno que más tarde se convirtió en metástasis y que alcanzó a los pulmones y el cerebro para llevarse para siempre a un ser humano especial que prefirió la religión a la medicina y que nunca escondió su pasión por el fútbol, el deporte que, paradojas de la vida, le permitía ofrecer su espalda al dolor. Moriría en el mes de mayo del año siguiente convirtiendo a Kingston en la capital del mundo por unos días. Todo el país rindió tributo a aquel carismático líder que sigue presente en el corazón del fútbol del país. Lo hace gracias a una estatua que preside la entrada al Estadio Nacional de la capital, donde los 'reggae boyz' de Frank Sinclair lograron el histórico pase a la fase final del Campeonato del Mundo de 1998. Un Mundial que curiosamente se celebraría en Francia y en el que ganó una selección anfitriona que contaba en sus filas con Marcel Desailly, Didier Deschamps y Christian Karembeu, todos ellos formados La Jonelière, la fábrica de futbolistas del Nantes.

domingo, 4 de marzo de 2012

ADIDAS 74: DOS RAYAS



Todo en él fue diferente desde el principio, desde sus comienzos en los duros y pelados campos de Dresde, ciudad oriental, excomunista y en eterna reconstrucción, hasta su reciente conversión en sosegado y brillante técnico. La disciplina, el fútbol de estado, la solidez táctica, el juego fácil, el materialismo dialéctico, fueron detalles que marcaron durante su esforzada infancia la manera en la que más tarde se enfrentaría a la vida y a un deporte, el fútbol, que mediada la década de los noventa, como los Juegos Olímpicos, como la NBA, como la FIFA, se encontraba en pleno descubrimiento de las mieles del espectáculo, concepto que cambiaría para siempre la forma de entender el ocio en todo el mundo. Aquello era un negocio que muy pocos vieron durante aquellos años 80 de barro, líbero y diminutos pantalones pero del que todos quisieron aprovecharse a posteriori. Matthias Sammer, ajeno a los coches, relojes y zapatos que empezaban a llenar los aparcamientos y vestuarios de la Bundesliga, decidió que aquello nunca iría con él. Ni en el césped, ni fuera de él. Y cumplió, vaya si cumplió. Lo hizo incluso después de levantar el último Balón de Oro concedido a uno de los denominados jugadores defensivos, un honor que no recayó en Franco Baresi o Danny Blind, sino en un alemán que nació en el Este, que emigró al industrial Oeste (al firmar su contrato en Stuttgart se convirtió en el segundo jugador de la Alemania Oriental en fichar por un gran club del otro lado una vez caído el Muro) y que evolucionó hasta ser considerado como un duradero y verdadero ejemplo de lo que significa ser futbolista en Alemania.

A finales de los 80, mientras Roger Waters y David Gilmour soñaban con la Puerta de Brandenburgo, Sammer levantó dos títulos de campeón de la Alemania Oriental con el Dynamo de Dresde, club en el que curiosamente también triunfó su padre tanto en el terreno de juego como en los banquillos. Pero el Muro cayó y Alemania, ya unificada, comenzó a pensar en levantar de nuevo un título de campeona del Mundo, esta vez en el Rose Bowl de Los Ángeles. La mira estaba puesta en el verano de 1994 y la selección, como en tantas otras ocasiones, se convirtió en un elemento de propaganda política. Había que demostrar la unión del país a todos los niveles y el deporte volvió a ejercer de catalizador, con el fútbol como pionero. Las promesas del Este (no las de Cronenberg) comenzaron a buscarse la vida cerca de las industriales ciudades del Rhur y el Neckar, donde el fútbol es tan importante como la siderurgia y la metalurgia. Allí llegó Sammer. Primero a Stuttgart y posteriormente a Dortmund, donde alcanzó el grado de leyenda con el que hoy es reconocido por hinchas y rivales. Porque Sammer proyectaba todo lo que se esperaba de un futbolista alemán de entonces. Sobriedad, seguridad, educación y buenas maneras. Y es que entonces todavía faltaban muchos años para que los chicos de Joachim Löw latinizaran el fútbol teutón.

A las faldas de la Gelbe Wand, el muro amarillo que da cobijo a 25.000 almas renanas en el Westfalen Stadion (hoy Signal Iduna Park), el magnífico futbolista que ya era Sammer comenzó a esculpir una demarcación sobre el césped que hoy podría ser considerada como una de las precursoras del doble pivote. No era centrocampista, pero tampoco central. Creaba y destruía. Era un sweeper, pero también un play maker. Y aunque en muchas ocasiones pudiera parecerlo, nunca ejercía de líbero. Al menos conscientemente, ya que todo alemán que en algún momento haya dado una patada a un balón ha soñado con ser Beckenbauer en el Mundial de 1974. Además Matthias Sammer vestía las botas Adidas World Cup, las mismas que el jugador alemán más famoso de todos los tiempos. Las portó siempre y no siempre fue fácil hacerlo. Recordemos. Estamos en la última década del siglo XX. Todo está aún por hacer en el fútbol.

En 1990 era imposible para un aficionado adquirir cualquiera de las camisetas que vestían las 24 selecciones que participaron en el Mundial de Italia. Solo cuatro años después, meses antes de que comenzara el Campeonato del Mundo de Estados Unidos, esas camisetas, a considerables precios, estaban en todos los centros comerciales y tiendas a disposición de aficionados y coleccionistas. Era el tiempo del marketing futbolístico, un deporte que rápidamente adaptó conceptos como mercadotecnia, patrocinio, esponsorización o producto oficial. A partir de ese momento todo estaba a la venta en el fútbol, que encantado de sí mismo no dejaba de mirarse en el espejo que desde el otro lado del Atlántico proyectaban las Grandes Ligas de béisbol, la NFL y la NBA. Allí la guerra Adidas-Nike ya había comenzado años antes (con Reebok como tercer gran ejército en discordia), pero Europa aún se mostraba virgen en ese sentido, con equipos que ni siquiera se preocupaban de mostrar la marca que los vestía y mucho menos en pensar en sacar un rédito económico por ese concepto. Sin embargo, si había una marca dominante, aunque es cierto que de modo latente, esa era Adidas, relacionada históricamente no solo con las mejores selecciones nacionales del continente sino también con los mejores clubes. A pesar de todo la relación de los principales representantes del fútbol europeo con las marcas era lateral, nunca directa y así se mantuvo hasta que Nike decidió desembarcar en el continente a golpe de talonario.

El trasatlántico estadounidense desarrolló su se llegada al fútbol continental a través de dos clubes principalmente: PSG y Borussia Dortmund. Con ambos equipos firmó leoninos contratos que obligaban a jugadores y técnicos a mostrar bien visibles el logo y la marca siempre que aparecieran en público en representación del club, avisando además de que lo contrario acarrearía el pago de considerables multas. Es decir que, de repente, de un día para otro, el conjunto renano, gran dominador del fútbol europeo en aquellos años, con jugadores en su plantilla de la talla de Chapuisat, Kohler, Möller o el propio Matthias Sammer, obligó a sus futbolistas a vestir botas Nike. Hubo quejas. Muchas quejas, pero aquellos que se resistían se veían obligados a claudicar. Al fin y al cabo buena parte de los contratos millonarios que entonces pagaba el Borussia Dortmund emanaban directamente de los ingresos recibidos por esta relación especial mantenida con el imperio norteamericano del deporte que, una vez más, había dado completamente la vuelta a la manera de entender el marketing deportivo.

Uno de los más quejumbrosos fue el propio Matthias Sammer, que no dudó en afirmar públicamente que no se encontraba cómodo vistiendo las, todo hay que decirlo, durísimas y arcaicas Nike Tempo. Lo dijo ante los medios antes y después de los partidos, pero la presión por parte de sus directivos le obligó a cumplir con aquel novísimo contrato. Hasta que ideó la manera de engañar a la máquina. Más tarde, una vez descubierto, reconocería que la artimaña que le llevó a un abierto enfrentamiento con Nike se produjo con la ayuda de las señoras de su familia, que le ayudaron en su pícaro cometido. Sammer, que como cualquier otro superviviente de la Alemania Oriental había pasado su infancia ingeniándoselas para conseguir lo imposible, decidió enfrentarse al sistema de una manera muy casera, llevando hasta las últimas consecuencias el Just Do It que popularizó la marca que según sus palabras le impedía desarrollar su mejor fútbol. Buscó una solución y la encontró descosiendo las tres bandas blancas de sus Adidas World Cup para coser encima el llamado swoosh protagonista del logo de Nike. De este modo podría jugar con sus botas de siempre sin molestar a los de arriba. Pero con lo que no contaba Sammer era con los fotógrafos y con los aficionados más detallistas. Entre unos y otros, tras una desafortunada (para él) fotografía, el futbolista fue descubierto con una suela en la que perfectamente se leía el logo de la fábrica rival, la que le había acompañado desde que era niño. Nike se enfadó e incluso amenazó al equipo renano con romper unilateralmente el millonario contrato que los unía a ambos, aunque finalmente desistió al ver al díscolo centrocampista que no lo era, al defensa central que no lo era, levantar el título de la Liga de Campeones y el Balón de Oro. Todo terminó solucionándose con una multa y con una cláusula para el jugador: la multinacional le permitiría vestir con las botas que él quisiera siempre y cuando cumpliera a rajatabla el resto de su contrato. Así fue.

Una situación muy diferente a la vivida por Adidas en 1974 (otros años, otros tiempos), cuando vio como otro díscolo futbolista ponía en peligro el valor de su marca. Johan Cruyff, emblema del fútbol holandés, había firmado un contrato personal y exclusivo de 125.000 dólares con Puma por lucir sus botas durante el Campeonato del Mundo de Alemania, situación que contrastaba con el hecho de que era Adidas quien vestía a la selección tulipán, y aunque aún no imprimía el logo en sus camisetas, ya cosía las famosas tres bandas a las mangas y laterales de sus equipaciones. Cruyff, aconsejado por sus abogados y por miedo a perder su contrato por incumplimiento, llevó las cláusulas del mismo hasta sus últimas consecuencias y decidió eliminar una de las tres para quedarse en dos rayas tanto en su camiseta, como en el pantalón y las medias. Vestido de esta forma alcanzó la final de Múnich en la que se impuso Alemania, curiosamente vestida por Adidas y con tres rayas en todos y cada uno de sus chándals; rayas que en cambio no aparecieron en las camisetas de los teutones.