domingo, 26 de febrero de 2012

DIOS SALVE A LA PREMIER



Inglaterra. Finales de la década de los 80. Europa continúa dividida a la espera de la caída del Muro, que los periódicos de la llamada Europa libre aseguran que llegará de forma inminente. Mientras, al norte del Canal de La Mancha los ajustes de la reforma thatcheriana, el más salvaje compendio de recortes sociales jamás aplicado por un gobierno europeo a su ciudadanía, aprieta las gargantas del pueblo que había enseñado al mundo lo que era la revolución industrial. Se escribía en los tabloides destinados a saciar la desidia del mundo obrero acerca de una destrucción planificada del estado social. Se conspiraba en pubs y cafés con la posibilidad de que Estados Unidos y el Reino Unido, Reagan y Thatcher, llegaran a convertirse en un único todo. Se esperaba a la caída del Muro. Tiempos difíciles para el capitalismo que, como ahora, seguía buscando su lugar en el mundo a base de zarpazos a las molestas y tocapelotas clases medias. Mientras tanto, en las ciudades del centro del país, en las Midlands, en Yorkshire, en el Noroeste, se jugaba al fútbol en los pequeños espacios que permitían las interminables hileras de barrios de ladrillo rojo y cobertizo en el jardín. Y allí había dos ídolos: Gascoigne y Clough, y un enemigo: MaggieThatcher. En ese contexto se produjo el gran cambio del fútbol inglés. Un cambio que no tuvo lugar en las islas. Sucedió en Torino. En Delle Alpi. Fue en una semifinal de un Campeonato del Mundo en la que Gazza lloró, en la que Alemania aún era Federal y tras la que Gary Lineker pronunció un aforismo que ya es leyenda: “El fútbol es un deporte en el que juegan once contra once pero en el que siempre ganan los alemanes”.

La década había comenzado con dos grandes victorias a nivel de clubes para los ingleses. En 1980 Brian Clough, el laborista, rebelde e incontenido Brian Clough, había llevado al Nottingham Forest de Peter Shilton, Martin O’Oneill y Trevor Francis (el hombre del millón de libras) a su segunda Copa de Europa consecutiva. Al año siguiente el Liverpool (campeón en 1977 y 1978) acabó en el Parque de los Príncipes con un gran Real Madrid para poner una nueva orejuda en su palmarés, y el Aston Villa levantó el gran trofeo continental solo doce meses después en Rotterdam ante el Bayern Múnich completando el gran repóker de los inventores de esto. Pero a pesar de los éxitos, el fútbol, lejos de la pompa, el glamour y la mercadotecnia de los que se rodea hoy día en la máxima competición del país, se había convertido en una suerte de terapia de choque contra la miseria a la que se veían abocadas las principales ciudades del centro Inglaterra. En Birmingham, en Leeds, en Sunderland, en Liverpool, en Manchester, en Newcastle la población en paro superaba con creces a la población activa al mismo tiempo que Thatcher apretaba y apretaba el cinturón de los recortes sociales. Parado y sin recursos, los estadios eran los únicos lugares en los que el pueblo se situaba a una idéntica escala social. Desempleados y trabajadores en activo. Ricos y pobres. Todos iguales ante el fútbol. Como al inicio de la aventura. Como en aquel pub en el que se produjo la histórica escisión del rugby.

Entonces la carretera que tras media hora escasa de conducción separa Nottingham de Derby aún no había sido bautizada como Brian Clough Way, aunque el genio de Middlesbrough ya era tan importante en la vida del aficionado medio como en la del lector habituado a la lectura política. “Todos sabemos quiénes somos los verdaderos dueños del fútbol. Es lo único que no podrá quitarnos”, decía Clough sobre una Dama de Hierro que parecía querer conducir al país a décadas menos sugestivas para la imaginación. Y es que sin saberlo Inglaterra caminaba hacia uno de los cambios sociales y económicos más importantes de la historia de un estado que futbolísticamente no había sido capaz de abandonar la imparable caída libre en la que se había sumido desde la final del polémico Mundial de 1966. Si el fútbol es un espejo de la sociedad que representa (ahí están los ejemplos de Argentina, Italia, Francia o Alemania), en las Midlands, que es como decir Inglaterra, esta reflexión se convierte en impepinable axioma. Aquella década de 1980 fue la del dominio absoluto del juego por parte de los isleños. El país ya había superado la tragedia aérea de Múnich del Manchester United, la selección por fin atesoraba un Mundial de fútbol y los equipos locales exportaban por el continente, siempre a su manera, los tres pilares del english way of life: barrio, pub, estadio. Sin embargo, algo fallaba. La violencia, el alcoholismo y la falta de afición real por el deporte comenzaron a mezclarse de modo habitual entre las localidades de los campos de fútbol, lugares que ya se habían convertido en demasiado peligrosos para los no iniciados en la liturgia del balón. Luego, pasado el ecuador de la década, llegaron Heysel y Hillsborough, las dos grandes tragedias, junto a la guerra de Las Malvinas y a la pobreza de las clases medias, que sufrió el país en esos diez años en los que el capitalismo tomó un nuevo sentido, más cercano a la anarquía económica que al estado del bienestar. Los centenares de muertos que el hooliganismo había provocado en los estadios llevó a prohibir la participación de clubes ingleses en competiciones europeas, lo que frenó el poderío que habían mostrado los equipos durante años y produjo el exilio de muchos futbolistas, que decidieron probar suerte en otras ligas.

Los campeonatos del Mundo de España 1982 y México 1986 habían supuesto sendos fracasos para una Inglaterra que veía como el deporte perfecto que habían creado se convertía en un ser con personalidad propia imposible de controlar; fue entonces cuando observaron y reconocieron el gran error cometido a la hora de exportarlo. El cricket y el rugby habían formado parte de la colonización cultural llevada a cabo por el Imperio (en completa decadencia en aquellos tiempos) y conformaban uno de los capítulos más importantes de un estilo de vida victoriano basado en la alta educación, el deporte de caballeros y las buenas maneras en la mesa. Pero el fútbol siguió un camino mucho más independiente, revolucionario y social; más cercano a los maltratados barrios que a las excelsas mansiones de la campiña. El hoy deporte rey abandonó las islas en busca de nuevos horizontes a bordo de barcos en los que viajaba la clase obrera más humilde, los parias, los nadies. No se desarrolló en los excelentes y snobs colegios privados construidos en Delhi, Karachi o Ciudad del Cabo. Evolucionó en los muelles, en las minas, en las fundiciones; lejos de cónsules, gobernadores y mandos del ejército de la reina, convertido de forma indefectible en un monstruo incontrolable para el sistema. En aquellos años Inglaterra era una superpotencia mundial en rugby y en cricket. No así en el fútbol, donde latinos, comunistas y mediterráneos habían usurpado su poder.

Y así llegó el país a la gran cita de Torino. Era 1990 e Inglaterra y Alemania reeditaban en una semifinal la final de Wembley de 1966. Los teutones, con el Muro derribado aunque todavía como República Federal, querían olvidar al Azteca. Los ingleses buscaban la redención. Shilton, Gazza y Lineker. Illgner, Mattahus y Klinsmann. Robson y Beckenbauer. Delle Alpi. No lo sabían cuando escuchaban los himnos, pero iban a protagonizar el mejor partido del peor Campeonato del Mundo de la historia. Los penaltis dieron el pase a la final a Alemania, que se impuso en el Olímpico de Roma a la Argentina de Maradona tras anotar Brehme una pena máxima que solo vio un mexicano vestido de negro. Pero en aquella semifinal hubo un ídolo que tras el pitido final se convirtió en ángel caído. Alguien que nunca más volvió a ser el mismo y que representó el cambio que iba a vivir el fútbol inglés solo unos meses después. Aquella semifinal fue la de Gazza llorando, consciente de que en caso de victoria no podría jugar la final de un Campeonato del Mundo, un hecho que en sí mismo justifica toda una carrera. Gascoigne era mucho más que un futbolista. Era el representante de la clase trabajadora que sufría la tortura económica de Margaret Thatcher. Era el tipo que cantaba borracho en el pub de su barrio y luego enamoraba sobre el césped. Era el trébol inglés: barrio, pub, estadio. Pero todo aquello terminó cuando Stuart Pearce erró el último penalti de los ingleses.

“Pudo haber sido perfecto, pero fue la última vez que a gente de la calle como nosotros se le dio el puto control de algo tan valioso”. La frase es de Casino (Martin Scorsese, 1995) y se puede aplicar al epílogo de una manera de entender el fútbol que ya no volverá. Las Vegas no volvió a ser la misma tras la muerte de Frank Rosenthal igual que el fútbol inglés no volvió a ser el mismo después de aquel Mundial. El mapa político global había mutado en apenas unos meses. Se abría la década de los 90, el muro había caído, Alemania Federal era la campeona del Mundo de fútbol y el neoliberalismo el campeón de la guerra fría. Con estos precedentes apuntaba Inglaterra hacia el cambio de milenio. Su selección de fútbol caería eliminada en la primera ronda de la Eurocopa de 1992 sin haber sido capaz de ganar un solo partido, aunque daba igual, se había inaugurado una nueva competición, salvadora de la patria, sin querer, gracias al aperturismo que permitieron los ingentes ingresos económicos provocados por la gestión autónoma de los derechos televisivos.

Era 1992 cuando se produjo el cambio de modelo que permitió la llegada de la Premier League. Una liga que en sus cinco primeros años de vida (también en los restantes) sufrió un dominio apabullante del Manchester United, campeón en cuatro ocasiones durante ese periodo. Solo un equipo fue capaz de sobreponerse al poder de los hombres de Sir Alex Ferguson. Fue el Blackburn Rovers, club del que Margaret Thatcher es vicepresidenta de honor.

domingo, 12 de febrero de 2012

SHANGAI AMARANTO




El Shangai más rojo hace mucho tiempo que dejó de relacionarse con China. Ese Shangai, menos maoísta, cada vez más socialdemócrata, aunque con verdaderas raíces comunistas, se encuentra en Livorno, Toscana, la Italia rossa y amaranta. El gran puerto del oeste italiano, situado, como no podría ser de otra manera, a la izquierda del mapa. Ese Shangai también se asoma a un mar: el Tirreno. Más tranquilo, menos visitado por esas navieras con sede en Ginebra, especialmente desde que Nápoles y sus camorristas absorbieron todo el tráfico de la falsificación, de la tecnología más barata y de los dudosos juguetes chinos. Ahora Nápoles manda. Antes lo hizo Livorno. Así en el fútbol como en la vida.

En Livorno, Toscana, se fundó el Partido Comunista Italiano. Era 1921, la Gran Guerra había terminado e Italia se asomaba, ya unificada, a Europa. Shangai era y es un barrio dentro de un barrio. Una ínsula portuaria que se encuentra en la periferia de uno de los grandes centros económicos y comerciales de la Italia de la primera parte del siglo XX. Y allí, en 1975, nació Cristiano Lucarelli. Entre banderas rojas de hoces y martillos y estribillos que le decían ciao a la bella. Lo hizo un año antes de que Bertolucci filmara Novecento, tres antes de que las Brigate Rosse secuestraran y asesinaran a Aldo Moro y doce meses antes de que Andreotti, Il Divo, regresara a la presidencia del Consejo de Ministros transalpino, un gobierno democristiano sostenido entonces por el propio Partido Comunista, que poco antes había firmado el llamado Compromesso Storico.

Así llegó a la vida la némesis de Paolo di Canio. Hijo de estibador sindicalista y de ama casa. Comunista antes que todas las cosas. Diestro de pie, zurdo de corazón. Rojo de cabeza, amaranta su pasión, los colores de un equipo al que sin embargo llegó tarde. Su sueño hubiera sido entrar en la selecta lista de los One Club Men que encabeza Matt LeTissier. No pudo. No le dejaron, aunque su compromiso con su Shangai, con Livorno, con su hinchada, con su puerto, con las ideas que defendieron sus vecinos (muchas veces hasta alcanzar la propia muerte) no dejó de plasmarse en periódicos, televisiones, columnas y artículos de medio continente. También hubo críticas para Lucarelli. Llegaban desde el sur, pero también desde el norte. La eterna dicotomía transalpina. Dos países dentro de una misma frontera, eterna herencia de las ciudades estados pre Garibaldi. En el sur le llamaban pijo del norte. Eran ellos los que sufrían el olvido de la presidencia del Gobierno, no los orgullosos y prósperos toscanos, acostumbrados desde el Medievo a disfrutar de grandes privilegios económicos y comerciales. Desde el norte en cambio le llamaban trasnochado. Qué fácil es ser comunista con una cuenta bancaria de varios ceros, escribían desde la Padania (Bossi, Lega Norte, rancia ultraderecha), donde incluso se llegó a decir que desayunaba niños para rendir más sobre el césped. Nunca necesitó más que su pasión por el juego y por las ideas que defendían sus héroes del puerto de Livorno para convertirse en un buen futbolista. Pero no llegó a la camiseta amaranta cuando quiso. Más bien cuando pudo. Comenzó la escalada en el campo base de la Serie D. No fue un juvenil mimado por un gran club. Trabajo, trabajo y trabajo, que diría Claudio Ranieri, el técnico que lo llevó a la élite europea, al Valencia. Pero antes hubo otros muchos equipos. Perugia, Cosenza, Padova, Atalanta, Valencia (inoportuna lesión incluida), Lecce y Torino. Siempre cerca del Mediterráneo. Siempre cerca del sur.

Fue a los pies de las colinas de Superga cuando consiguió la tan ansiada notoriedad deportiva internacional, aunque ya era famoso a su pesar. Habitual en la delantera de las categorías inferiores de la selección italiana, Lucarelli, comprometido e indómito, decidió celebrar uno de sus tantos en la sub 21 mostrando una camiseta con el retrato de Ernesto Che Guevara. El rival era Moldavia, país especialmente castigado por los últimos coletazos de la URSS, y las consecuencias, siempre paralelas al fútbol, llegaron antes de que se señalara el final de aquel partido. Prácticamente al mismo tiempo que bajaba el puño derecho que había levantado (como casi siempre, por otra parte) para celebrar aquel gol, Lucarelli fue sancionado por su federación, llenó editoriales de los periódicos más conservadores e incluso protagonizó una sesión en el Parlamento de Italia, con muchos menos comunistas que en aquellos gloriosos años setenta que tanto añoraban el delantero y su familia de sindicalistas portuarios. Le habían echado de la selección aprovechando hasta las últimas consecuencias una norma de la FIFA de la que bien puede hablar Frederic Kanouté.

Su imparable carrera hacia la delantera azzurra se frenó de repente, pero no sus ganas de mezclar fútbol y política. “El fútbol es política en Italia; es un reflejo de nuestra sociedad. Es así. Los que no lo quieren ver siempre son los que mandan, los poderosos, los de arriba”. Eran palabras del toscano, que rápidamente se convirtió en un icono para los hinchas de izquierda del polarizado calcio, donde las curvas se llenas de hoces, esvásticas, martillos y cruces célticas. Allí nació el movimiento ultra, muy presente en la vida del ateo Cristiano, que a su salida del Toro rechazó millones de euros para viajar de nuevo al sur, a los orígenes, a Shangai, Livorno, Toscana. Vestiría la elástica amaranta, cumplido sueño de infancia, en la Serie B. Ahí comienza su verdadera leyenda, aunque quizá puede marcarse esa fecha en el día que se decidió por su dorsal. El número elegido: el 99. Motivo: era el año en el que se fundaron las BAL (Brigate Autonome Livornesi) el grupo ultra de izquierda más radical del país, capaz de asumir más del 50 % de las localidades del coqueto Armando Picchi, el estadio que institucionalizó el “Berlusconi pezzo di merda” que retumbó durante años en buena parte de los campos de fútbol italianos.

Luego llegó su encuentro con Aleida Guevara, hija del Che, provocado por el presidente del club, livornés y comunista, como prácticamente todos en esa parte de la Toscana. También el ascenso, el título de Capo Canonieri, la clasificación del equipo para la Copa de la UEFA, el éxito, la aportación de jugadores a la selección nacional campeona del Mundo en 2006 y las ofertas. Millonarias y excesivas ofertas. Y también el existencialismo. Ideas o futuro económico para su familia. Compromiso local o ambición global. Livorno o Shakhtar. Cinco ceros o seis ceros. Y volvieron a hablar de él en las rancias tertulias televisivas dirigidas por don Silvio, el verdadero Padrino del país. Y le criticaron desde las tierras de la Lega Norte, donde le caricaturizaban en sus medios afines en cuanto había ocasión. Lucarelli decidió la opción capitalista, aunque con matices. Al mismo tiempo que rastrearía los vestigios del extinto comunismo de estado, la mitad de su ficha en el poderoso equipo ucraniano, hijo de la oligarquía del carbón creada tras la desaparición de la URSS, la destinaría el futbolista a fundar Il Corriere de Livorno, con el que, siempre escorado a la sinistra, intentaría contrarrestar el empuje de los medios berlusconianos. Se iba en busca de los oscuros rublos convertidos en euros, jugaría la Liga de Campeones, volvería a ser uno de los importantes en su oficio, pero su compromiso seguía con su ciudad, con las BAL, con su puerto, con Shangai.

Igual que con el Torino, cuando en un Derby della Mole anotó un tanto a la Juventus, el imperio Agnelli sobre el césped, con el Shakhtar cumplió otro de sus sueños. Marcar contra el Milan en la Liga de Campeones. Delante de Galliani. Delante de los dirigentes que tanto intentaban controlar sus impulsos. Luego firmó otro gran contrato con el Parma y regresó cedido a Livorno para llegar a Napoli, su nuevo hogar. De nuevo cerca del Tirreno. De nuevo cerca de un gran puerto en el que, paradojas de la vida y de la propia Italia, el sindicalismo fue sustituido hace ya demasiado tiempo por el camorrismo.