miércoles, 11 de enero de 2012

PARÍS, MAYO DEL 95



Era París y era primavera, cuando el Bois de Boulogne, lugar de esparcimiento de la clase media parisina durante el día y gran supermercado de las putas de noche, estallaba en miles de colores. A aquella hora de la tarde menos, aunque lo suficiente como para cambiar la historia de una ciudad que también tiene río, que también es capital de una región, que también es el centro económico de una comunidad autónoma y que a su manera también se siente especial. París cambió a Zaragoza como la batalla del Ebro cambió la Guerra Civil. Fue en 1995. Fue en el Parque de los Príncipes y los protagonistas fueron un ceutí musulmán de ascendencia magrebí y un portero con coleta y bigote que nunca olvidará como la inviolable Ley de la Gravedad de Newton cometía una excepción con aquel esférico. Eran Nayim y Seaman. Un jugador normal y un portero que había sustituido en el arco de la selección inglesa nada más y nada menos que a Peter Shilton, junto a Brian Clough la gran estrella de aquel Nottingham Forest que logró levantar la Copa de Europa en dos ediciones consecutivas (1979 y 1980).

Era el Arsenal pre Wenger, aunque en el norte de Londres aún no sabían que pocos años después cambiarían la mala ostia de Tony Adams (un central que perfectamente podría haber sido un SEAL en otra vida) por la belleza inherente a aquel intelectual francés que años más tarde llegaría desde Japón, frente a la poesía del Zaragoza de Víctor Fernández, uno de los equipos precursores de ese tiqui taca que el sistema futbolístico ha convertido en mainstream tras haber sido contracultura durante décadas.

En la intersección de la línea de banda con la central del Parque de los Príncipes, donde las dos cales se unen, apareció un balón botando aquella noche de mayo. Un bote. Dos. Los suficientes como para intentar cambiar el rumbo de un club que cuando pensaba en la felicidad soñaba con los Cinco Magníficos y que de repente estaba a las puertas de entrar en Europa por donde lo hacen los grandes. Con un gran título.

En un acto reflejo Mohamed Ali Amar levantó la cabeza casi sin querer durante el tiempo suficiente para ver clara la ecuación del gol más espectacular jamás anotado en una gran final europea. Pelotazo al cielo de París y golazo previo tropiezo del hortera Seaman. Era gol. Era un título. Era el cambio de ciclo de un club que hoy se encuentra en un momento muy diferente, aunque casi con la misma felicidad de entonces. Porque el Zaragoza ha marcado recientemente otro gol de Nayim tras deshacerse de Agapito Iglesias, el Pernía del Ebro.

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