lunes, 16 de enero de 2012

CHINAGLIA 54





Era una noche como cualquier otra. Estaba en una esquina del local, en el reservado de siempre de Studio 54, también junto a las malas compañías de siempre, esas a las que el patrón, al que todos llamaban Ross, poco gustaban pero que ayudaban a llevar la marca New York Cosmos a las revistas, periódicos y televisiones más importantes del mundo. Allí estaba. Con su pelo alborotado, su traje ajustado y con esas maneras de italiano burlón que tanto alimentaba, consciente de que la imagen que proyectaba era incluso más potente que la de aquel brasileño con el que compartía vestuario y del que se decía que había firmado un contrato de dos millones de dólares anuales, quizá el acuerdo deportivo más espectacular de todos los tiempos (verbigracia: Hank Aaron el jugador de béisbol –el deporte nacional en USA- mejor pagado ganaba ‘solo’ 200.000 dólares anuales en los Milwaukee Brewers).


Aquel tipo brasileño era Pelé. O Rei, título que Giorgio Chinaglia se pasaba por el forro de los cojones. “He venido a marcar goles. Pelé ha venido a otras cosas”. No comenzó bien la relación entre ambos en el vestuario más egomaníaco y vanidoso de la historia del fútbol (galácticos mediante). Porque sin el New York Cosmos no existirían ni Roman Abramovich, ni Florentino Pérez, ni Silvio Berlusconi. Sin aquel sueño de chicas, goles, glamour, cocaína y música disco que cambió el soccer para llevarlo a un estadio superior: el de las bandas de rock and roll, nada de lo que hoy vemos a diario tendría sentido; un sueño que, como el de Bugsy Siegel en Las Vegas, solo llegó a apreciar Steve Ross, CEO de Time Warner y verdadero impulsor de la NASL (hoy MSL), liga en la que Chinaglia fue el máximo anotador de todos los tiempos gracias a los 213 goles marcados en 193 partidos. Tanto que si en Nueva York se le pregunta a un futbolero por su ídolo de siempre contestará con total seguridad: Giorgio Chinaglia. Y lo hará porque el knickerbocker de verdad sigue pensando que Edson Arantes do Nascimiento se mudó al Upper East Side a disfrutar de unas placenteras vacaciones en el principal centro económico y social del mundo.


El Cosmos era como los Rolling Stones y el primero que se dio cuenta de ello fue Giorgio Chinaglia. Allí estaba aquella noche. Medio borracho, como siempre. Dudando en si acompañar al servicio a las decenas de personas que le ofrecían su compañía. Era el jefe y lo sabía. Era el dueño del garito. Il capo dei capi. En su mesa, con varias botellas abiertas y con chicas haciendo cola para pasar revista, iba esperando a que se sucedieran las visitas. Hola Andy, bienvenida Liza, buenas noches Bianca, qué pasa Mick. Eran conversaciones normales entre Chinaglia y Liza Minelli, Andy Warhol o Bianca y Mick Jagger. Porque si Pele era O Rei en el campo, el de Carrara lo era en el templo de Steve Rubbell, un visionario que convirtió un antro del East Manhattan en la sala de referencia para el mundo occidental. En los 70, en Nueva York, en la Gran Manzana, si no podías entrar a Studio 54 no existías.


Chinaglia fue el gran pionero. El primer jugador que de verdad abandonó Europa en el mejor momento de su carrera (sigue siendo una leyenda del Lazio) para formar parte del sueño del soccer americano de Steve Ross. Beckenbauer, Cruyff, Carlos Alberto y el propio Pelé también probaron suerte en la NASL, pero lo hicieron estando de vuelta, después de triunfar al más alto nivel tanto con sus clubes como con sus respectivas selecciones nacionales. Además, ninguno de ellos alcanzó la excelencia futbolística demostrada por aquel tosco delantero de finas maneras. Gracias a sus goles, a sus dotes para las relaciones públicas y a su forma de entender la vida Chinaglia se comió Nueva York. Sobre el césped con cientos de goles de todos los colores. Tantos que llegaron a ensombrecer a la figura del todopoderoso Pelé, que rápidamente se dio cuenta de que el fútbol en Estados Unidos era mucho más que deporte. Era show bussiness y ahí Chinaglia se convirtió en el eslabón que unió por vez primera los conceptos de deporte y cultura popular. Lo hizo mucho antes que Magic y Bird, muchos antes que Jordan y por supuesto que Lebron James, Payton Manning, Joe Montana o el propio David Beckham. En Studio 54 Chinaglia se desenvolvía como en el área chica. Llegó a tal punto su fama que eran Jagger, Warhol, Capote o De Niro quienes se acercaban a él y no al revés. Él era Nueva York, como Daniel Day Lewis en Gangs of New York.


Por eso cuando el pasado mes de abril se conoció que el sueño de recuperar al New York Cosmos volvía a tomar fuerza (dicen que con Eric Cantoná como técnico) Chinaglia volvió a las portadas de los periódicos de medio mundo. Por eso David Hirshey, estrella en Esquire y New Yorker, decidió recuperar y publicar uno de sus grandiosos perfiles y por eso fue el único gran exjugador del club que apareció en la rueda de prensa de presentación. “Llegó con aires de Tony Soprano”, escribía Hirshey en espn.com con su afilada pluma. El periodista no olvida, aunque sin mencionar, que Chinaglia se vio involucrado en el año 2008 en la compra fraudulenta del Lazio, el equipo de sus amores y en el que es recibido de manera reverencial por aficionados y trabajadores del club, por parte del clan de los Casalesi, uno de los más poderosos de la Camorra napolitana que esperaba utilizar a los romanos como un medio más de blanqueo de capitales.


“Aires de Tony Soprano”. Quizá hablaba Hirshey de esos impecables trajes de chaqueta cruzada que lucía Chinaglia con mocasines tan brillantes como los diamantes que pendían de las orejas de sus acompañantes, siempre diferentes, siempre más delgadas que las anteriores. Como el atuendo que lucía aquella noche. Una noche normal. Sentado, como siempre, en un reservado de Studio 54. Estaba a punto de levantarse para saludar a Elton John, que llevaba varias semanas intentando convencerlo para que firmara por el Watford. Entonces Chinaglia se encontró con un nuevo admirador. “Buonasera Giorgio. Io sono John Gotti”, le susurraron al oído antes darse la vuelta y devolver el cumplido a The Dapper Don con dos sentidos besos en las mejillas.

miércoles, 11 de enero de 2012

PARÍS, MAYO DEL 95



Era París y era primavera, cuando el Bois de Boulogne, lugar de esparcimiento de la clase media parisina durante el día y gran supermercado de las putas de noche, estallaba en miles de colores. A aquella hora de la tarde menos, aunque lo suficiente como para cambiar la historia de una ciudad que también tiene río, que también es capital de una región, que también es el centro económico de una comunidad autónoma y que a su manera también se siente especial. París cambió a Zaragoza como la batalla del Ebro cambió la Guerra Civil. Fue en 1995. Fue en el Parque de los Príncipes y los protagonistas fueron un ceutí musulmán de ascendencia magrebí y un portero con coleta y bigote que nunca olvidará como la inviolable Ley de la Gravedad de Newton cometía una excepción con aquel esférico. Eran Nayim y Seaman. Un jugador normal y un portero que había sustituido en el arco de la selección inglesa nada más y nada menos que a Peter Shilton, junto a Brian Clough la gran estrella de aquel Nottingham Forest que logró levantar la Copa de Europa en dos ediciones consecutivas (1979 y 1980).

Era el Arsenal pre Wenger, aunque en el norte de Londres aún no sabían que pocos años después cambiarían la mala ostia de Tony Adams (un central que perfectamente podría haber sido un SEAL en otra vida) por la belleza inherente a aquel intelectual francés que años más tarde llegaría desde Japón, frente a la poesía del Zaragoza de Víctor Fernández, uno de los equipos precursores de ese tiqui taca que el sistema futbolístico ha convertido en mainstream tras haber sido contracultura durante décadas.

En la intersección de la línea de banda con la central del Parque de los Príncipes, donde las dos cales se unen, apareció un balón botando aquella noche de mayo. Un bote. Dos. Los suficientes como para intentar cambiar el rumbo de un club que cuando pensaba en la felicidad soñaba con los Cinco Magníficos y que de repente estaba a las puertas de entrar en Europa por donde lo hacen los grandes. Con un gran título.

En un acto reflejo Mohamed Ali Amar levantó la cabeza casi sin querer durante el tiempo suficiente para ver clara la ecuación del gol más espectacular jamás anotado en una gran final europea. Pelotazo al cielo de París y golazo previo tropiezo del hortera Seaman. Era gol. Era un título. Era el cambio de ciclo de un club que hoy se encuentra en un momento muy diferente, aunque casi con la misma felicidad de entonces. Porque el Zaragoza ha marcado recientemente otro gol de Nayim tras deshacerse de Agapito Iglesias, el Pernía del Ebro.

domingo, 8 de enero de 2012

LEVANTE NIGHT LIGHTS



Estados Unidos tiene cosas buenas, entre ellas la maravillosa manera con la que cuentan el deporte, más cerca de la literatura que del periodismo tradicional. Un género, el periodismo deportivo yanki, que no puede entenderse sin el Sports Illustrated, la biblia para muchos. Tampoco sin esa genial e inspiradora crónica, The Fight, una asignatura universitaria en sí misma, que Norman Mailer escribió acerca del combate que disputaron en Kinsasha (entonces Zaire) Muhammed Ali y George Foreman en 1974, un análisis en toda regla de la sociedad occidental y del ascenso y caída de Richard Nixon. En Europa este género fue inaugurado por el italiano Gianni Brera, maestro de maestros, que en las páginas de La Gazzetta dello Sport ideó, desarrolló y dejó para la historia las llamadas crónicas oblicuas. Historias en las que además de hablar de fútbol contextualizaba políticamente la situación de su país, analizando a través del fútbol el siempre complicado devenir de la Italia post Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, hay una publicación que a mí me parece especialmente remarcable e influida directamente de la pluma de Mailer, Talese o Capote. No es otra que Friday Night Lights, novela de no ficción firmada por H. G. Bissinger, periodista del Philadelphia Inquirer y ganador del Pulitzer de 1987 que decidió abandonar su trabajo en la redacción para contar la historia de un equipo de fútbol americano de un instituto radicado en Odessa (Texas), una de las ciudades más deprimidas del gran estado norteamericano. Los Permian Panthers. Una historia de hundimiento económico, tradicionalismo texano, presión juvenil y sueños rotos. La pérdida de la inocencia. El libro, difícil de encontrar en España, es una obra maestra del nuevo periodismo, ése con el que The New York Times ha querido volver a brillar una vez más enviando a España un redactor que explique al exigente lector medio del diario el milagro del Levante.

«Para nuestra cultura es imposible entender cómo un club como el Levante, con solo 12.000 personas en el estadio es capaz de superar al Real Madrid o el Barcelona», contaba Jack Appleman, uno de los miembros de la plantilla del que quizá sea el periódico más influyente del mundo, hace no demasiado tiempo. Bien, pues The New York Times ha tenido en el Levante a uno de sus últimos y principales protagonistas. Appleman pasó varios meses trabajando en España, el tiempo suficiente como para ver de cerca el sueño valenciano y comenzar a entrevistar a los veteranos granotas. Juanfran, Juanlu, Valdo y Ballesteros pasaron por su grabadora, desde donde fueron lanzados a todo el mundo como un ejemplo a seguir. Un pequeño milagro, como aquel que también se convirtió en épica historia (más si cabe) tras la victoria de USA sobre la URSS en la final de hockey sobre hielo de los JJ 00 de Invierno de Lake Placid en 1980. ¿Algún día volverá a ser el fútbol español uno de los temas estrella de The New York Times? Quizá cuando la quiebra ética y moral (la económica ya es irreversible) sea irremediable.