viernes, 23 de noviembre de 2012

FUTBOLISTA POR LA PAZ


A Gai Assulin le duele el hombro. Sufre, se le ve en el gesto, en cada choque, en cada encontronazo. No ha perdido la chispa que le convirtió en el jugador más joven en debutar con la selección de Israel, ni la que le permitió viajar desde su país hasta Barcelona para posteriormente hacer escala en Manchester antes de llegar a Santander. Assulin es israelí, de Netanya, ciudad costera, alejada del foco de la franja de Gaza, desde donde Hamás, por primera vez con misiles de alcance, ha intentado atacar Tel Aviv, centro económico y militar de un país que devolvió el golpe con su infinito potencial bélico. Es el eterno conflicto árabe-israelí. Judíos y musulmanes. Israelíes y palestinos enfrentados prácticamente desde 1948, desde la fundación del estado de Israel.

A Gai Assulin le duele el hombro, pero también su tierra, de uno y otro lado, según sus palabras. Se intuye en el tono con el que responde a las preguntas de los periodistas sobre lo que ocurre, sobre si puede abstraerse o no del drama, de la propaganda, de las noticias contradictorias. Assulin entrena a las órdenes de Fabri mientras Tel Aviv revuelve recuerdos de los años duros, de los años noventa, con un atentado a un autobús en pleno centro de la ciudad, en medio de unas negociaciones en las que ha apareció una nueva actriz, Hillary Clinton. No hubo muertos, ya había habido demasiados antes. Por ambos bandos. Y Assulin, alejado del Mediterráneo oriental, lo ve con perspectiva, con tranquilidad, con sentido común. También con dolor. «Claro que me afecta». Lo dice quizá por haber nacido en 1991, por haber vivido la paz con Jordania, el nombramiento de Jersusalén como capital de su país o los Acuerdos de Oslo de 1993 que terminaron con la Primera Intifada. Assulin abandonó Israel en dirección a La Masía en 2003, tres años después del comienzo de la Segunda Intifada, y desde entonces ha visto la evolución de los acontecimientos desde este lado de Europa, aunque viajando de forma puntual con su selección, absoluta y sub 21. Con esta última pretende además dar una alegría a los suyos en el Europeo que organizará Israel en 2013. Otra vez el hombro. Otra vez el dolor, esta vez para estar a tiempo junto a sus compañeros el próximo mes de junio, uno de los motivos que le trajeron desde la fría Manchester a la templada Cantabria. Assulin habló el miércoles en las instalaciones de La Albericia. El domingo regresará a Barcelona, La Masía, el Ministadi, el lugar donde comenzó todo, para enfrentarse a unos jóvenes que ocupan un lugar que un día fue suyo; mas la atención estaba en sus impresiones. En sus reacciones a lo que sucedía en Israel y Palestina a esa hora de la mañana tras ocho días de violencia.

«Es mi país, es mi gente, es mi familia, es todo. Me duele mucho. No es que pueda hacer algo o no, me duele porque cuando eres de un país y muere tu propia gente lo sientes. No es cuestión de entrar en política o no. Pasan cosas que son incontrolables y ante las que nada puedo hacer. Espero que haya paz y que no muera más gente inocente. Que todo se arregle lo más rápido posible para el bien de los dos». Poco después de pronunciar sus palabras la UEFA decidía suspender el partido de la Europa League que iba a enfrentar al Hapoel Kiryat y al Athletic de Bilbao por el atentado de la mañana del miércoles en Tel Aviv. Esa misma noche, en torno a las ocho de la tarde, Israel y Hamás acordaron un alto el fuego en Gaza. Gai Assulin terminó su actividad en La Albericia rogando por la paz y la tarde terminó con el cese de las hostilidades entre los dos territorios que más odio generan en el mundo.


(Publicado en El Mundo Cantabria el 22 de noviembre de 2012)

jueves, 8 de noviembre de 2012

L'ULIVO MADRIDISTA


Raulistas, madridistas disfrazados, yihadistas de la mourinhicidad, valdanistas, mendocistas, florentinistas, pipistas, khediristas, gutistas de la cuarta internacional, torilistas, delbosquistas, Juanito Navarro. El Real Madrid, paradigma del pensamiento único, creador de irrevocables axiomas futbolísticos sustentados gracias a los pilares de ese edificio que dice Jabois que tiene que "saber menos", creador e ideólogo de un señorío que unos expresan ganando en buena lid y dando la mano al perder y otros identifican con miles de hectáreas al norte de la ciudad, ha visto como su tradicional unidad, su relato vertical, han derivado hacia la izquierda más setentera. Familias, sensibilidades desbordantes, tuiteros transnacionales con Juanito como ser totémico más allá del minuto siete; incapaces todos ellos de llegar a un pacto de caballeros. Como los partisanos, como la Resistance, como la milicia republicana, como los palestinos de La Vida de Brian. Perdidos entre ejércitos de liberación popular y ejércitos populares de liberación.

Ramón Mendoza, quintabuitrismo, Lorenzo Sanz, partidas de parchís de a quinientas mil pesetas la mano, Johan Cruyff. Necesitaba el Real Madrid de los 90 alcanzar un compromesso storico con su propio pasado, recuperar valores, dar con el seny catalán que Pep trataba de encontrar en Chamberí sin demasiada suerte. Y el madridismo, harto de davidoffs en el palco, alcanzó el gran acuerdo de sus últimos cincuenta años. Comenzaba una nueva era, una nueva gestión; llegaban los zidanes y los pavones, uno de los mejores mensajes publicitarios jamás lanzados en el fútbol español. Florentino fue Andreotti. Valdano, Berlinger; y entre los dos lograron canalizar la tradición blanca, o la percepción de su tradición. El presidente, exitoso, conservador, CEO absoluto, recogía las influencias del Real Madrid del blanco y negro, del club que logró la Copa de Europa en propiedad. Valdano fue más allá. Como Manolo Vázquez Montalbán con el Barça, el argentino trató de modificar los valores, de convertir al Bernabéu en un lugar gustador, escaparate de las mejores delicias de la ciudad, herencia rosarina, filosofía menottista. Llegaron los éxitos, pero también los fracasos, las dudas. El experimento había funcionado. Había vuelto el mensaje único, la Ciudad Deportiva ofrecía talentos y el aparato del club rebuscaba entre las grandes estrellas a golpe de servilleta. Tras un breve paréntesis en el que se manipularon asambleas el mensaje horizontal volvió a verticalizarse, desapereció la eterna interrogación retórica, se alumbró la identidad. El planeta entero sabía lo que podía encontrarse en Padre Damián esquina con Castellana.

Y de repente murió Aldo Moro, llegó Mourinho y democristianos y comunistas volvieron a las andadas. Fue la consecuencia del paso por la banca de Pellegrini (Calixto Tanzi en Valdebebas), de Luxemburgo, de López Caro. Con el portugués desapareció Valdano, corriente alternativa; se evaporó Zidane, corriente presidencialista, y nació el madridismo underground, basado en una suerte de sexo, drogas y rock and roll aplicados a la pelota. Fue José y no Jorge el que modificó el señorío, el que creó (crea) el relato, el que ha hecho reenamorarse del club como adolescentes a abonados octogenarios; pero al miso tiempo creó nuevas divisiones, discutió sobre libertad religiosa, que en el Real Madrid es como hacerlo de la cantera, hasta dejar las bases del partido, el futuro de la entidad, en un existencialismo inabarcable generador de miles de corrientes, tantas como socios, tantas como periodistas, tantas como analistas. El Real Madrid, más izquierdista que nunca, busca un L'Ulivo, un Romano Prodi que devuelva el relato único, que vuelva a juntar en la barra de un bar de Fuenlabrada a un casillista y a un euromourinhista sin que sea necesario nacionalizar los medios de producción de la entidad.

viernes, 26 de octubre de 2012

HEMEROTECAS AUER





A Mariano Rajoy, proclamado rey de las hemerotecas, presidente de los no titulares, no le gusta oír las frases que solía pronunciar antes de conocer las cifras de déficit que le ofreció el soe en aquella época en la que subir impuestos era de cobardes, malos toreros y peores políticos. Tampoco le gustó al presidente que hace unos días algunos retorcidos periodistas recordaran en sus crónicas aquellos hilillos que el Prestige iba a solidificar como si de una receta de Adriá y su nitrógeno líquido se tratara. Pero así somos; así son. La hemeroteca es la puerta más cercana que tiene un periodista para entrar en la historia, un Beppe Grillo azotaconciencias, una de las grandes armas contextualizadoras de la actividad política. La hemeroteca recuerda aquello de «GFB soy yo» que pronunció Revilla en la calle Alta y recordará igualmente que «el Racing tiene equipo para ascender».

Llegó Fabri desde Huesca convencido del proyecto de Francisco Pernía, en el que nunca nadie más que él mismo confió. Había que cambiar la tendencia en los medios de comunicación, críticos, tocapelotas a ojos del Consejo de Administración; y en el Racing, como casi siempre, todo se llevó a cabo de forma vertical. Desde arriba hacia abajo. Desde el despacho de cortinas venecianas a ese césped que el gallego fiscaliza con bata de laboratorio. «Sólo creo en el ascenso». Una y otra vez. Un mantra que volaba de La Albericia a los Campos de Sport y que incluso llegó a cambiar la opinión de muchos. Un pecado, una penitencia. Un titular, una hemeroteca.

Pero Fabri, con su camisa arrugada, metáfora del devenir verdiblanco en Segunda División, ya no parece creer en sus chicos. Triste, preocupado, incapaz de dar soluciones a los suyos, enseñó con sus declaraciones que esa confianza arrolladora que mostró y demostró en sí mismo ha desaparecido. El veterano (y antiguo) técnico quiere una revolución en su once, un acicate que remueva el pasotismo que intuye en alguno de sus futbolistas y lo hará desde la frontera de unos puestos de descenso más psicológicos que físicos; al fin y al cabo la competición no ha abandonado aún el octubre rojo en el que se mueve la institución. Sin saberlo Fabri cometió un acto casi anarquista descartando a Auer, teutón, en principio buen complemento para Kalu. Arriba, tras las venecianas, soñaban con el alemán (quién sabe por qué). Abajo, el de Lugo empezaba a sentirse inquieto. Frente al Alcorcón puede vivir su primera final. Malditas hemerotecas.

miércoles, 17 de octubre de 2012

CALCIO LATTE MACCHIATO




El autobús del Milan abandonó el Ennio Tardini y enfiló la autopista A1 buscando el camino de regreso a casa. Pirlo, Maldini, Costacurta, Kaká, Shevchenko, Rui Costa, campeones de Europa apenas unos meses antes, irrepetible generación, sólo habían sido capaces de sacar un punto de  aquel complicado desplazamiento a Parma. Carlo Ancelotti, sentado en la primera fila del lujosísimo autocar, no gesticulaba. Criogenizado, el malhumorado técnico trataba de analizar lo sucedido una hora antes; quizá esperando la habitual y tradicional llamada del patrón, don Silvio, que aún no se había producido. “Tampoco es necesario”, pensó. “Basta con el discurso de Galliani”, el director general que nunca viajaba en autobús con los chicos y que probablemente ya habría llegado al centro de Milán junto a su inseparable Maybach. El todopoderoso manager había decidido, como casi siempre, narrar la crónica del empate a cero logrado por sus carísimos chicos en el mismo vestuario. Voz pausada, alma de empresario implacable, la sombra de cualquier negocio de don Silvio; televisión, política, calcio, espectáculo. Era Il Consigliere, el que decidió llevar a Fernando Redondo a Milanello a pesar de su lesión; el que evitó que Kaká hiciera escala en España antes de aterrizar en la Serie A. Rasputín de Lombardía, Richelieu de la Padania. Si algo sucedía en Milán y Galliani no estaba enterado es que no había sucedido. Y allí estaba, rodeado de muchachos sudorosos, con su traje de Zegna entallado y su corbata de Ungaro; explicando a aquellos jóvenes multimillonarios que de no ganar el título a final de año alguien se iba a enfadar mucho. Y nadie quería ver a Berlusconi enfadado. Nadie.


Aquel domingo el equipo más laureado de Italia había empatado, sin goles, ante un Parma que a pesar de contar con Cannavaro, Nakata, Adriano y Gilardino y de sentir en el banco la siempre poderosa presencia de Cesare Prandelli, gurú en muchos círculos transalpinos, nada tenía que ver con el Parma de la década anterior. Sacchi, Zola, Asprilla, Brolin, Dino Baggio, Thuram. Todos ellos, por uno u otro motivo, habían dejado de discutir si el Parmiggiano Reggiano era más sabroso o no que el Grana Padano, el deporte que sumaba más seguidores en los siempre abarrotados cafés parmesanos. Ahora todo era más modesto, había menos aficionados tras las vallas de metacrilato del remozado estadio, apenas se llenaban páginas en La Gazzetta y en los ambientes futbolísticos se hablaba abiertamente del pinchazo de la burbuja que había llevado a aquel modesto no sólo a acercarse a los poderosos de la Lombardía y el Piamonte, sino a practicar, y casi inventar, el sistema que cambió el balompié europeo; el que puede ser considerado el avance más importante sufrido por el fútbol desde la fresca, repentina e incluso ‘hippie’ aparición del Ajax de Ámsterdam de la década de los 70, a quien acompañó aquella ‘oranje’ que se quedó a las puertas de la historia en el Monumental de Buenos Aires. Arrigo Sacchi había trasladado de su cabeza al césped unos mecanismos que aquel equipo de principios de los 90 dispersó por el continente asombrando a aficionados y seguidores, algo que además de servir para ganar títulos, locales y europeos, había permitido construir un aura de respeto, y de miedo en ocasiones, alrededor del escudo del club.


Así, mientras los milaneses abandonaban la ciudad pensando en los titulares del día siguiente, en las críticas al planteamiento presentado por Ancelotti, en el bajo estado de forma de algunos compañeros, en el Parma todo eran sonrisas a las puertas del estadio, donde los más veteranos notaban que no se acercaban tantos aficionados como antaño. Aun así habían logrado un punto y Shevchenko no había marcado, con lo que Gilardino, a pesar de haberse disputado únicamente nueve jornadas del campeonato, continuaba con sus opciones de hacerse con el título oficioso de Capo Canonieri, uno de los más amados y prestigiosos del país. Era domingo 9 de noviembre de 2003, el Parma estaba entre los mejores de la clasificación, coqueteando incluso con la Liga de Campeones, y seguía vivo en la Copa de la UEFA, competición fetiche en la ciudad tras los éxitos de principios de los años 90. Había normalidad en el entorno y parecía que la burbuja deshinchada volvía a inflarse de a poco. Prandelli había dado día libre en el trabajo para el lunes y muchos de los futbolistas de la coqueta plantilla coincidieron durante esa velada en los mejores restaurantes de la ciudad en la que Stendhal localizó su inexistente cartuja.


Descansaron el lunes y volvieron al trabajo el martes siguiente. Ciudad deportiva, rutina habitual, desentumecimiento de músculos, carrera continua y ligero contacto con el balón. Habría comida de grupo, siesta, charla y trabajo por la tarde. Lo normal en cualquier equipo de Serie A a comienzos del mes de noviembre. Sin embargo, aquella mañana había ciertas situaciones, ciertas caras, algunos comentarios, que no encajaban con lo considerado como normal. Algunos trabajadores del club, de los de toda la vida, cuchicheaban entre ellos mostrando un nerviosismo imposible de esconder; una sensación que poco a poco se fue contagiando a todos los estamentos de la entidad presentes aquella mañana en el entrenamiento. Los teléfonos móviles, jurásicas generaciones, no sonaban como lo hacen ahora, pero desde el campo de entrenamiento se escuchaba el goteo de los mensajes de texto que recibían los Ericsson y Nokias de asalariados y aficionados. Caras compungidas, preguntas de extrañeza. Algo estaba pasando y los pesos pesados del equipo no tardaron en comunicar su preocupación a Cesare Prandelli, que también había sentido que algo no encajaba en aquella soleada mañana de Emilia Romaña. Los capitanes y el cuerpo técnico se reunieron de improviso en una zona apartada del campo de entrenamiento al tiempo que los italianos del equipo aprovechaban para extraer algo de información de los aficionados de siempre. Todo era confusión. “Dicen algo de la bolsa de Milan”, se contaban unos a otros. Nada más.


En Parma todo giraba alrededor del queso, del Duomo, de Stendhal y de Parmalat, multinacional que era la propietaria del club y que en aquel noviembre de 2003 daba trabajo a 37.000 personas en todo el mundo. Calisto Tanzi, el patrón, una suerte de Agnelli de Emilia Romaña, había convertido una pequeña empresa familiar del sector lácteo en uno de los motores industriales del planeta, con presencia en más de 30 países y con un volumen de negocio que superaba los 7.500 millones de euros anuales. Eso le había permitido a Tanzi lograr el éxito también en su pasatiempo, el calcio, pagando cifras millonarias a sus estrellas desde los años 90. Adriano, Cannavaro, Nakata y muchos otros eran los más beneficiados de que Parmalat fuera el séptimo grupo privado italiano por volumen y ganancias, además de ser líder mundial en el mercado de leche no perecedera. Pero antes lo habían hecho muchos otros, que entre otras cosas lograron que la inversión en el fútbol le diera réditos a la familia, que protegía la Copa de la UEFA de 1993 como cualquier tesoro o recuerdo familiar más. Era la empresa del momento, el éxito asegurado en cualquier mercado bursátil, un modelo empresarial estudiado en las mejores escuelas de negocios del continente, la proa de la globalización que comenzaba a sentirse en el Mediterráneo tras la caída del Muro. Tanzi fue de los primeros en abrir el telón de acero, en entrar en aquella opaca sociedad abierta al capitalismo que de repente sentía necesidades con las que jamás había soñado. Y mulitiplicó las ganancias. Y abrió factorías en Sudamérica. Y fue uno de los invitados estrella en Davos. Y se convirtió en el presidente de la patronal italiana. Y recibía llamadas del presidente, y del primer ministro, y del Comisario de Agricultura de la Unión Europea, de la que recibía millones en subvenciones.


Pero algo fallaba aquella mañana del 11 de noviembre de 2003. Tras la espontánea reunión de los mandamases del club y de las efímeras conversaciones de algunos futbolistas con los aficionados presentes en el entrenamiento, Prandelli dio por terminada la práctica. La plantilla caminó sorprendida hasta el vestuario para ducharse y prepararse para la comida. Y entonces todo se vino abajo. En un pequeño televisor colocado en el pasillo los jugadores pudieron ver prácticamente en directo como el sueño de Calisto Tanzi se convertía en una de las pesadillas económicas más graves que había sufrido Italia en el siglo XXI hasta la llegada de la actual crisis financiera. Las noticias decían que Standard&Poors había rebajado la calificación de los títulos de Parmalat, lo que provocó que las acciones cayeran de forma vertiginosa en el parqué de Milán. De repente la intachable empresa, el gigante trasatlántico italiano de la alimentación estaba a punto de partirse en dos. Las dudas de Standard&Poors habían abierto otras entre la Comisión de Operaciones, que preguntaba por deudas milmillonarias que estaban a punto de vencer y a las que nadie había hecho demasiado caso hasta ese momento. Al caos que se vivía en Milán y que los futbolistas siguieron minute a minuto, se sumó el efecto contagio que empezó a sentir la columna vertebral de la economía transalpina y que corría peligro de notarse en otros mercados del mundo. Era necesario actuar y Parmalat actuó. Presentó un documento ante la opinión pública en el que se decía que la empresa estaba en condiciones de asegurar la garantía de los pagos de las deudas pendientes a través de unos fondos radicados en las Islas Caimán, y lo hizo con el único objetivo de tranquilizar a los inversores. Si ellos se tranquilizaban, se tranquilizaba el mercado, y en consecuencia la siempre sísmica economía italiana. Se logró a medias; sólo durante unos días. Ocho días después, el banco que figuraba en el membrete del documento presentado envió un comunicado a los medios asegurando que todo lo que allí se exponía era rotundamente falso. Parmalat había caído y el sueño de la globalización desregulada empezaban a desmoronarse, abriendo un poquito más los ojos a una Unión Europea que nunca entonces imaginó sufrir las pesadillas de hoy día.


Cuatro días después, el 23 de noviembre, el Parma de Cesare Prandelli se trasladó a la vecina Toscana para enfrentarse al Empoli. Perdió por 1-0, clásico resultado italiano, ante un equipo que terminaría descendiendo a la Serie B. Sin embargo, al final de aquella temporada, logró el quinto puesto, que le permitiría disputar la Copa de la UEFA la temporada siguiente. Y Gilardino fue Capo Canonieri, y sólo doce meses después fue traspasado por 25 millones de euros… Al Milan.

sábado, 6 de octubre de 2012

JOHNNY



Todavía hoy hay aficionados en la Preferencia Oeste de los Campos de Sport que esperan que Jonatan Valle (Santander, 1984), «la rompa». Que el chaval aparezca caído a la banda derecha y que sorprenda con algún movimiento inverosímil, de esos que todo el mundo decía que hacía, pero que en realidad muy pocos vieron salvando algún calentamiento (ha sido el jugador que más partidos ha disputado como suplente en la historia del Racing en Primera), o algún partido amistoso, donde lograba liberar la maldita presión. Un lastre que cargaba sobre sus espaldas prácticamente desde el comienzo de su adolescencia y que marcó el resto de su carrera deportiva, todavía viva a pesar de los altibajos, centenares en los últimos años.

Johnny, como es conocido por su entorno y por la mayoría de vestuarios por los que ha pasado, estaba llamado a cambiar la historia del Racing. A los 14 años ya tenía el desparpajo del barrio, el toque que solo se puede adquirir en canchas de hormigón, la egolatría de las estrellas. Al final, echando la vista atrás, lo que le falló fue su físico... y muchas otras cosas. Pero cuando apareció fue una revolución. En Cantabria y en la España futbolística. Su zurda estaba destinada a regalar tardes soleadas de fútbol en Santander -fue de los primeros que exigió jugar a pierna cambiada en el Racing)- pero al final fue un incomprendido, un pequeño juguete roto al que todo el mundo le exigió. Él no hizo caso a la masa. Siguió jugando al fútbol y todavía hoy juega. Y juega como sabe, como ha hecho toda la vida. Sin que le importaran las críticas. A tirar el caño si puede. A maravillar. A justificar el precio de una entrada. A correr lo menos posible y a dar pases a los compañeros mientras contempla el horizonte. Como un quarterback. Pases perfectos.

Pero todo esto no valí para la alta competición, la que tanto y tanto le exigió a Johnny. El santanderino tiene una espina clavada. Algo que pudo ser y no fue. Con la llegada de Marcelino, en la primera etapa del asturiano en el Racing, Jonatan Valle firmó una de sus mejores pretemporadas. Marcelino, siempre pendiente del talento, le dio confianza. Le habló al oído. Le convenció de que podía ser importante en un equipo que terminó la temporada haciendo historia. Pero Jonatan se lesionó. En privado dice fue la encrucijada definitiva y puede que así sea. A partir de esa temporada nunca volvió a jugar en Primera División con el Racing. Ni como titular, ni como suplente. Fue una caída libre deportiva que le permitió madurar y asumir responsabilidades que le liberaron de la presión del fútbol. Ahora está en Huelva. Johnny, genio.

martes, 2 de octubre de 2012

FUTBOLISTA DE FUTBOLISTAS





Estiloso y elegante. Técnico e inteligente. Solidario y ambicioso. Revolucionario y organizador. Todo en su vida ha sido una constante. La de romper barreras. Poco a poco, sin obsesionarse, relativizando, dando a las cosas la importancia oportuna en el momento justo. Es Fréderic Kanouté, uno de los mejores jugadores extranjeros que han disputado la Liga española en los últimos quince años. La maestría sobre el césped. La clase de una pantera. Cabeza alta, pocas sonrisas. Tampoco para celebrar sus tantos, en Sevilla anotados a mares. Es un trabajo, piensa el malí cuando marca. Nada más. Un simple trabajo como el que pueden desarrollar los miles de compatriotas que se acercan a este delantero especial en todas y cada una de las ciudades por las que pasa. Se para y firma. Sabe que es un referente. Un rara avis en jugadores de su estirpe. Un perro verde de Bamako.

Primera barrera. Kanouté nace en Francia, en un barrio obrero del cinturón industrial de Lyon, uno de los grandes motores galos. Hijo de inmigrantes, enseguida se encuentra a sí mismo luchando contra el racismo que le rodea y que comienza a instalarse sin demasiadas dificultades en su rutina diaria. En la escuela y en la calle. Es la banlieu. Es Francia. Son los años 80. Pero el joven proyecto de futbolista tiene suerte y cae en la academia del Olympique Lyonnais, uno de los mejores lugares del mundo para desarrollarse como jugador; escuela de vida. Allí deslumbra a todo aquel que se acercaba a verle. Y eran muchos. Había personalidad y había habilidad lo que le llevó a ser comparado en aquella época con Thierry Henry, compañero generacional que por aquel entonces deslumbraba en otro suburbio, Les Uliss, ‘anillo protector’ parisino. Mas Kanouté era diferente. Más introvertido, completamente alejado de la tradición rapera que envolvía a los africanos franceses. A él le gustaba rezar, leer, estar con la familia. Lo demás era lateral, paralelo. Siempre relativizando.

Segunda barrera. Su calidad futbolística, su presencia en el campo, su envergadura en el área enseguida llamaron la atención de las federaciones francesa y malí. Era una joya por pulir, un talento bruto destinado a hacer grandes cosas en una Francia que se abría a las colonias en los años previos al Mundial de 1998. Había nacido una nueva política, más moralista, más aperturista decían. Había que convencerlo. Y no dudó el delantero: jugaría con Mali bajo la bandera de sus padres. No terminó ahí su decisión finalista. Juró que algún día Mali jugaría un Campeonato del Mundo. Había elegido la añoranza y los principios por encima del más que previsible éxito deportivo. Una vez más Kanouté demostraba no tener nada que ver con sus compañeros de generación; tipos como él, también hijos de la inmigración en la mayoría de los casos; una segunda generación con la que había compartido vestuario en la sub 21. No ocurriría lo mismo con los mayores.

Tercera barrera. En 1998 Francia organizó y ganó su primer Mundial de fútbol. Kanouté lo vio por televisión. También vio cómo triunfaba su espejo, Thierry Henry, pero nunca se arrepintió de la decisión tomada, como tampoco lo hizo tras su salida en el verano de 2000 del Olympique Lyonnais. Entonces decidió probar suerte en Inglaterra. Otra cultura, otro mundo. Eligió el West Ham del Londres de comienzos del siglo XXI. El Londres de los millones de libras en maletines procedentes de la extinta URSS y la especulación inmobiliaria. Allí se acercó aún más al Islam, una de sus devociones. De ‘hammer’ pasó a ‘hotspur’ tras firmar por el Tottenham. Era 2003 y solo dos años más tarde, después de no haber rendido al nivel esperado, eterno suplente, respondió a la llamada de un tal Monchi, un exfutbolista que por aquel entonces comenzaba a dar clases magistrales de cómo había que gestionar una dirección deportiva.

Cuarta barrera. En Andalucía, su añorado y amado Al-Andalus, Kanouté ha sido y es feliz. Ídolo de la afición, que en muchos casos le considera el mejor futbolista de la historia del club, el malí se reencontró en el Sánchez Pizjuán con el gol, una especialidad en la que nunca había brillado demasiado. Era una estrella que le hubiera gustado ser opaca. Un futbolista de futbolistas. 

sábado, 29 de septiembre de 2012

CORTEJOS, CITAS, IDAS Y VENIDAS


 
Coqueteando en el extranjero.  Van y vienen, quedan, guasapean, envían y reciben mails, coquetean, cortejan, charlan. Conjugan verbos con el único objeto de poner al Club en el mercado antes de que se todo se desplome, de la llegada del gran meteorito que termine con todo lo levantado alrededor del estadio desde diciembre hasta ahora. Búsquedas indirectas, contactos tangenciales, conversaciones sutiles. Se busca aquí, pero también en ultramar. Del Racing se ha hablado en el sudeste asiático, pero también en México (Grupo Pegaso aparte). Un restaurante, una reunión, un viaje. Cualquier momento es bueno para vender una idea de club; para vender un club muerto en vida, zombie de un fútbol en el que últimamente suele ganar.

Cantera. México, una liga en eterno crecimiento, buena pagadora, con estrellas extranjeras que impiden el desarrollo de la incipiente cantera del país. Fútbol franquiciado, sistema NBA en el que cientos de jugadores jóvenes deambulan de ciudad en ciudad en busca de una oportunidad que pocas veces llega, progresiones truncadas. México domina el fútbol latinoamericano en categorías inferiores, pero nunca pasó de cuartos de final en un Mundial. 

Expansión. Jorge Vergara, dueño de Chivas expandió su imperio desde Guadalajara hacia el norte, hacia Carson (California), donde fundó Chivas USA; no esconde el de Jalisco su interés en continuar con su maxiproyecto en China y Europa. Preguntó en Málaga, también en Oviedo, y le han hecho llegar noticias del Racing. Con disimulo, con agentes indirectos. No es el único Vergara. El Grupo Pegaso, eterno aspirante al sillón presidencial racinguista, dueño del Atlante, sigue intentando su aterrizaje en el viejo continente. El problema, conoce al Racing demasiado bien. Estuvo demasiado cerca de las acciones. Una opción quemada para los vendedores.

Asia. Los mensajes, globos sonda, movimientos, se han desperdigado también en la otra punta del globo. El Racing viaja a occidente... y a oriente. Thailandia, China, Vietnam. Países que saben de la existencia de un club susceptible de ponerse en venta. Si hay comprador. Si hay líquido. Lo demás, cortejos, citas, idas y venidas.

lunes, 17 de septiembre de 2012

CLAUDIO



Jesús Gil soñaba con Marbella mientras, desparramado en su butacón del palco, asomaba la cabeza a través de un imponente escote bajo el sol de septiembre de Madrid, que aquel miércoles de 1998 no daba tregua en el Calderón. El Atleti deambulaba alrededor de una resaca eterna, noventayochista sin saberlo, que se instaló en sus sienes desde el doblete. Enfrente un equipo menor, el Obilic, balcánico, procedente de esa Yugoslavia que, despedazada, trataba de sobrevivir a un horror ante el que Europa cerró los ojos. Como en las buenas familias de Pérez Galdós, los ricos no sufren, y si lo hacen nada de contarlo a la hora de la comida. No se habla, no existe. La acompañante del dueño de Imperioso, programa propio en TV, representado del Vasile más naïf, era una imponente rubia renacentista -cantante, actriz, presentadora de televisión, famosa, ojeadora de futbolistas- de esas que Gil llevó de Puerto Banús a San Pedro de Alcántara para ganar unas elecciones. "En Marbella no queremos ni putas ni yonkis ni maricones", titular electoral que a John Favreau le produciría sarpullido, pero que le sirvió para cumplir dos de sus objetivos vitales: concurrir a las elecciones generales de 2000 y convertir un pequeño pueblo de pescadores en un Bakú de espetos y Bentleys. Al día siguiente los cronistas apenas hablaron de fútbol. Escribieron sobre el horror, la corrupción, Arkan, Milosevic y el futuro de un país desgarrado que se alcanza desde Rimini tras una mañana en barco. Tan lejos y tan cerca, como los guardaespaldas, tenebrosos, miradas perdidas, de psiquiátrico, tigres tatuados en los brazos, que acompañaban a Svetlana Raznatovic, la representante del club elegida por Arkan en aquel viaje a Madrid. 

Las Reebok The Pump, moda noventera, han vuelto. También los guardespaldas. Lo han hecho a la ciudad más burguesa, tranquila y despistada ante la actualidad que uno se pueda imaginar, en la que el fútbol dejó hace mucho tiempo de ser liturgia. Posan en Twitter, secan sus camisetas, licras similares a las de los corcheros que se pegan con las olas en el muro del Chiqui, en secadora, protegen lo invisible, la nada. En el palco, y a Tchité en el césped, se echa de menos a Claudio Loiodice, el calabrés elegante capaz de movilizar toda una administración de madrugada tras italianizar el club durante unas horas. Cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. También en el Racing.


lunes, 27 de agosto de 2012

PERSPECTIVA





Qué fue primero, la moneda o la avaricia. Llorente o Patxi López. Elecciones anticipadas o internacionalización de Lezama, Antoine Griezmann mediante (borgoñés alejado de las playas de San Juan de Luz). Cuestión de perspectiva. En Ibaigane no gustan los análisis llorentianos, destinado, quién sabe si por casta, nacimiento, ADN, RH o designación divina, a convertirse en Iribar. Porque él lo vale. Porque ellos lo imponen. Crisis institucional comparada por muchos con la abierta por Rafa Alkorta hace no demasiado y tan virulenta como el Sarabia Vs. Clemente, duelo en la ría al atardecer, uno en cada margen. Cuestión de perspectiva. Lezama funciona. Bielsa enamora. El entorno no muestra hartazgo, sino incertidumbre. Y lealtad. Pero son Llorente y Javi Martínez, amigos para siempre, los protagonistas de las tertulias de Moyúa, el lugar donde se ideó la literaria, y muchas veces infundada rivalidad entre Loroño y Bahamontes.

Cuestión de perspectiva. Lo que en Bilbao parece tomarse como el terremoto de San Francisco en Santander sería celebrado con el entusiasmo de unos fuegos artificiales de agosto. Allí, más allá de la Petronor, saben que el aparato continuará. Que el nuevo San Mamés será un campo bilbaíno, con todo lo que eso conlleva de hiperbólico y grandilocuente, que los chavales seguirán soñando. Continuarán las leyendas de posguerra, de los sesenta, setenta y ochenta. Proyecto.

Su crisis sería un éxtasis en la bahía, tan poco acostumbrada a la felicidad. Fue el Racing el primer club español en lucir publicidad y convertir la camiseta en un business, y desde entonces podría dibujarse una curva tan decadente como la del Ibex35. Se pierden puntos sin necesidad de esperar a la respuesta de Tokio o Hong Kong. Y valores. También de los no económicos, de los abstractos, de los que muchos en ese palco (algunos de ellos empeñados en parecer contratistas de Blackwater) no sabrían definir. Tampoco homenajear a las leyendas, que como los votantes emocionados, no quieren acercarse al presidente caído una vez derrotado tras los comicios. Ni a Quique Pina, el hacedor, el conseguidor, el superagente de las tres blacberries y los mil equipos al que Fabri conoce tan bien; mucho mejor que a los directivos del Huesca. No conoce tan bien a sus jugadores. Descartes del Granada, futbolistas de Segunda División B. Al este de Castro Urdiales, club honrado con quien le hace grande: los suyos, nunca aceptarían quiquepinas. En Santander no se aceptan, pero ahí están. Cuestión de perspectiva.

(Publicado en El Mundo Cantabria el 26 de agosto de 2012)

lunes, 20 de agosto de 2012

TUPAMAROS





Cuando en 1997 Alberto Fujimori decidió asaltar con bombas y culatazos la Embajada de Japón en Lima para liberar a los más de 70 rehenes retenidos allí, los miembros del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) jugaban al fútbol. No dudó el siniestro Vladimiro Montesinos al pergeñar el plan perfecto, destinado a terminar con el ruido mediático más importante que ofreció Perú al mundo en los 90. El balón era el catalizador con el que los terroristas acercaban a sus víctimas a Estocolmo, capital del síndrome; fue durante meses su cigarro de después, pero no sabían los primero guerrilleros y más tarde mercenarios que habían sido escrupulosamente vigilados durante días por la inteligencia peruana, consciente de que mientras la pelota rodaba entre mármoles y cerámicas orientales, la revolución violenta de los indígenas se relajaba hasta convertirse en prácticamente testimonial. Fue su despiste.

El hábil Montesinos, eminencia gris, vio que el fútbol podía cambiar para bien aquella historia de pasamontañas y kalashnikovs. Y así fue. Relajados, los terroristas no intuyeron a los 140 soldados que formaban el secreto comando creado por el Gobierno. Fueron abatidos, dicen que ejecutados, pero lo cierto es que las varias decenas de rehenes abandonaron su cautiverio tras cuatro larguísimos meses.

El fútbol, no lo parece, ha regresado a Santander; una ciudad despistada por el veraneo, los jerseys al al hombro al atardecer y los tonos pastel que pueblan las heladerías. Una bahía urbanizada a la espera de que, como en Perú, sea el cuero cosido el que cambie las portadas, globales a pesar del localismo de sus dirigentes, con las que se ha manchado la entrada al club de los 100 años. Apenas se habla de fútbol, igual que dejó de hablarse de monarquía cuando los borbones abandonaron La Magdalena. Ha vuelto el balón. Una suerte.

(Publicado en El Mundo Cantabria el 19 de agosto de 2012)


lunes, 13 de agosto de 2012

A TIENTAS




“Lo bueno de ser hincha del Racing es que te obliga a tener otras razones para estar contento”. No habrá regresión a la infancia este otoño en las butacas de los Campos de Sport, convertidas esta vez, esta temporada, en la máquina gracias a la cual Tom Hanks se convirtió en Big en los ochenta. Madurez repentina. Responsabilidades no contempladas, preocupaciones latentes que el entorno ha adoptado de la misma manera que el quinto que dejaba el pueblo para  hacer la mili. Adaptación. Es así. Es la conclusión a la que ha llegado el aficionado medio racinguista, insecto palo capaz de olvidarse de nombres, apellidos, culpables y cómplices para formar inesperadas colas en las taquillas a pesar del sol, el pasado, el presente y el futuro (en caso de que sea esa última una opción a contemplar en este Racing fin de raza). De momento Santander, su fútbol, gira en torno a Shakespeare, sueños de tórridas noches de verano convertidos en melancólica realidad. Sudores fríos. Hoy Torneo de la Galleta (sic) ante el Guadalajara, dentro de siete días pertinente visita canariona que recordará al olvidadizo en qué terrenos se moverá el racinguismo durante los próximos meses, años o siglos. Quién sabe. Las apuestas, sin pensar mal, están en el número de simpatizantes y abonados que podrían recitar un once a estas alturas de la pretemporada.

Podía haber sido el momento de reiniciar el sistema. De ser un poco sesentayochistas y muy realistas para pedir lo imposible, y en cierta manera así ocurrió en estos últimos meses ya convertidos en eras. Mas la ciudad acabó por encontrarse con una proyección de Charles de Gaulle, hostelero de costa, que llegó repitiendo que el recreo había terminado. Podía haber sido el momento de desterrar a los agentes irresponsables, arribistas e incompetentes de las plantas decisivas del estadio. De convertir al club en lo que en realidad es, una Sociedad Anónima Deportiva, y plantear un plan de negocio a medio-largo plazo. Pero el Racing, como Echevarría, ex presidente mexicano, decidió dar un paso hacia delante tras instalarse en el borde del precipicio. Y así está el club, tejiendo diminutas e ingenuas cortinas de humo desde las que esconder una gestión incomprensible, a tientas, que ha devuelto los malos vicios a la entidad. Porque el Racing, como todo en este pinche país, está manejado como siempre y por los de siempre. Es la pelota de tenis de Match Point. Caerá en un lado o en otro, pero al final caerá. E igual que ahora encontraremos responsables, culpables y cómplices.  

(Publicado en El Mundo Cantabria el 12 de agosto de 2012)

domingo, 5 de agosto de 2012

QUIQUISTA



Aquella camiseta blanca, inmaculada, diez a la espalda, impoluta, caída de forma despreocupada por encima de las caderas antes de que Baresi marcara moda entre los niños de media Europa, ganaba partidos por sí sola. Un recuerdo memorable, la sensación de estar viviendo la historia, algo irrepetible que tenía lugar en los Campos de Sport cada quince días. «Juega ‘El Trinche’», murmuraban en las tertulias y cafés de Rosario, donde el fútbol argentino se convirtió en argentino. «Juega Quique », decía el racinguismo de bufanda de abuela en aquel infame trolebús de asientos de madera que trasladaba a las clases medias (entonces aún existían) desde los barrios periféricos a aquel decadente Sardinero. Allí solía producirse, con suerte, la explosión de un genio único. Alguien que fue currista antes de que el currismo se convirtiera en religión, provocador de efímeros consensos entre la opinión pública y la publicada. Un Bobby Fischer obsesionado con la estética, un Capablanca que firmó por el club de un presidente que jugaba al parchís y que convirtió su relación en algo muy similar a lo que les ocurría a André El Gigante e Íñigo Montoya en La Princesa Prometida. Garrulismo Vs. Intelecto. «Todo lo hace con nocturnidad y alevosía», decía de él Jesús Gil, cacique de otros tiempos, dinosaurio del régimen. Se olvidaba el dueño de Imperioso de aquellos pases inimaginables, cargados de profundidad cultural, que aún se recuerdan en el Bar El Doblete, templo atlético de Virgen del Puerto.


Pero aquel chaval al que llamaban intelectual por leer en las concentraciones, sindicalista por luchar por sus derechos laborales, fiestero por hacer grupo, disidente por idealista no dudó en seguir con esa idea romántica del fútbol que siempre tuvo cabida pese a todo. Garrincha, Gazza, Best, Schuster... Tipos para quienes su deporte siempre fue un reflejo de la vida, de la sociedad en la que vivían. Esto es, una búsqueda constante de la felicidad a través de
una pelota de cuero. El fútbol es la infancia, y sobre el césped, sobre aquellos infinitos alambres de medias caídas y cargados de trascendencia, Quique siempre fue un niño. Era el chaval que prefería leer a Leontxo García antes que buscar cualquier insípido análisis en un periódico deportivo. El internacionalista e internacional que se emocionaba con las historias del Jeu a la nantaise que practicaba el Nantes de Arribas. Spassky y Alekhine. Michels y Pep. El juego de juegos contra el juego de juegos. Decía Fischer que para él la capital del mundo era Moscú. Para Quique la capital del mundo es el césped. No es MacArthur, pero volverá. Soy quiquista.



lunes, 23 de julio de 2012

BIDONES Y PELOTAS




El equipo, pura historia del pelotón, caminaba rumbo hacia la nada. Había sobrevivido a los tiempos, a puertos, galgos, epos y ceras y sin acumular un brillante palmarés se había ganado un hueco entre los escasos aficionados ciclistas que quedaban en la tierra que lo vio crecer. No había leones de Credit Lyonnais ni jerseys rosas en las vitrinas de la humilde sede del club, pero sí dos orgullosos podios logrados en las Ardenas nada más iniciarse el siglo XXI. Fue su gran éxito continental en casi cien años de historia, celebrado con ansiedad latina en una ciudad tradicionalmente burguesa, aburrida y despegada del forofismo que la envolvió en las décadas de los 70 y 80. Entonces se llenaban las cunetas, se idolatraba a los esforzados, crecían los mitos, se multiplicaban las leyendas, se coleccionaban los bidones con rigor filatélico. Vieja escuela.

Fue el hematocrito rebelde, el que camina en el alambre del 51 por ciento, el que pinchó las ruedas de los patrocinadores mediados los 90. Los maillots, antiguos escaparates de coloridas deidades multinacionales, se convirtieron en el destino preferido de gobiernos regionales y pequeños ayuntamientos; portadores de dañinas y endémicas corruptelas locales. Era el deporte punk. Ascensos a molinillo, descensos banzai. Vive rápido, deja una cara bonita. Sid Vicious y Joey Ramone sobre ruedas.

La coqueta ciudad del norte no fue ajena a aquella perturbadora decadencia. El modelo, engranaje casi perfecto durante 90 años, se convirtió en ingestionable. Gastos por encima de ingresos. Estrellas de nivel World Tour que recibían cheques sin fondos. Hasta las bicicletas estaban ya asquerosamente politizadas. ¿Solución? Ampliar el espectro, buscar la Asia emergente, el petróleo persa, el gas de la oligarquía rusa. Dinero, al fin y al cabo. Limpio o sucio. El equipo era ya un negocio que ofrecía alimento e influencia a demasiados estamentos de la sociedad; pura estructura del sistema en aquella ínfima región. Pero la búsqueda del capital, de aquel esperado maná tan necesitado para la supervivencia de la escuadra, no fue demasiado escrupulosa. Las prisas envolvieron un ya de por sí viciado proceso que terminó con un supuesto magnate, gestor de la mentira, al frente de la histórica institución ciclista. Un business más para aquel sospechoso indio que había prometido ilusionantes victorias en Giro y Tour a pesar de no tener director deportivo hasta que Luciano Moggi, ignorante ciclista, futbolero condenado por la justicia italiana, fue elegido para el cargo. ¿Presunto mafioso? Qué más da.

sábado, 21 de julio de 2012

EL ENTORNO DE PYONGYANG



Johan Cruyff hablaba del entorno y lo hacía en un tono serio y trascendental. Gurú neerlandés con aires de charlatán, chamán cuyo discurso se mezclaba con extraños vocablos inventados, el flaco era consciente de estar cambiando la historia de su club, considerado como dominante y filofranquista hasta que Manolo (Vázquez Montalbán) decidió corregir mitos y leyendas. Era la década en la que yo empezaba a acudir al estadio de forma regular, aunque he de reconocer que mi cerebro no acumula imagen alguna de los viejos Campos de Sport. Me aseguran que los pisé, pero solo manejo recuerdos del horrendo hormigón que hoy miro como uno de los elementos más influyentes que me ha ofrecido la ciudad en lo personal. Entonces el fútbol, también tras el regreso a Primera, se vivía de una forma naïf, más cerca de Ameliè Poulain que de Omar Little. Así lo entendía yo. Oía que había un tal Huerta al que llamaban merengón, y también un tal Pancho Mora al que decían cosas mucho más feas. Ese era el límite de atención que ofrecía a aquellos ingenuos ultras que jugaban a ochaítas y que pagaban un carné tan barato como el mío. Por aquel entonces mi fijación se limitaba a los gestos de Jose Ceballos y el entorno verdiblanco seguía siendo el Parque de Mesones.

Hoy el estadio continúa supurando esa belleza soviética tan poco sardinerina y los ultras han ascendido en la grada, mas el entorno nada tiene que ver con la Avenida Stadium o Los Agustinos. Esa figura tan cruyffista se ha convertido en una suerte de Tutatis al que, como los galos, se cita buscando la solución a una terminal metástasis deportiva. Es el entorno el culpable y el problema, piensan. Control; llamadas; reuniones nocturnas y diurnas. No es Berlín Este ni Pyongyang, aunque algunos aspirantes a Honecker parecen empeñados en establecer esa dictadura hereditaria en los alrededores de un estadio que por cierto es propiedad de los ciudadanos. Desatado como un universitario en su primera farra en el Colegio Mayor, el Racing ha vuelto a las andadas. A tiempos pretéritos, aunque afortunadamente la ingenuidad ha desaparecido de las butacas. El racinguismo ha perdido su inocencia, ya tiene su ‘American Graffitti’ y comenzará la próxima campaña como Luis, “con el culo pelao”. Sabe que polarizan, que dividen, que juegan a los cromos y a Wall Street. Son como los malos de Arsène Lupin, esos a los que Patricia siempre terminaba por distraer en cada capítulo. ¿Fútbol? ¿A quién le importa? Cuando bota la pelota no suenan los euros, ergo, culpa del entorno.



martes, 3 de julio de 2012

HUEVOS FRITOS




Vicente del Bosque es un tipo de huevos fritos con patatas. Pragmático, simple, hijo de ferroviario sindicalista al que un día durante una comida en el Santiago Bernabéu le pusieron unas virutas de trufa sobre las sagradas yemas. Ahí se dio cuenta que su casa de siempre, su hogar, se iba convirtiendo de a poco en todo lo que odiaba. En poco más se parece don Vicente a Luis, el pionero. Con Aragonés, hace cuatro años, España bailaba sobre los billetes de 500 euros que generaba el ladrillo. Éramos ricos, un milagro económico ejemplar para el neoliberalismo, entonces tan infalible como el papa. Y ahora, cuatro años después vuelve a ser el fútbol el catalizador de ese noventayochismo endémico tan español que solo se esconde cuando la pelota se pone en los pies de la única vanguardia nacional de la que España puede presumir en las cumbres del Eurogrupo. Hace cuatro años, cuando Torres humilló a Lahm en el Prater, aún faltaba tiempo para que Lehmann Brothers petara y cambiara el paradigma para siempre. Baraja y Albelda desaparecían del infame doble pivote con el que nuestro marqués futbolístico inició el juego en Polonia al mismo tiempo que se disparaban las deudas nacionales de los tres países que ayer estaban representados en el césped, una humillada Italia y una triunfal España que fueron fiscalizadas por un juez portugués. PIGS en Kiev.

Con el corralito argentino surgió una de las mejores hornadas de publicitarios de la historia. Acá presumimos de genios tranquilos. Dicen que chavales de la calle, de los que toman cañas con sus amigos; sin embargo ingresarán 300.000 euros en sus ya de por sí saneadas cuentas corrientes. Esta generación no representa a España, como Luis Suárez no representaba a aquel país al que su entorno encerraba en sí mismo. Andrés, David, Iker, Sergio, Xabi, Xavi, Fernando. Nombres comunes para hechos anormales. Todo lo contrario que el jefe, el del bigote. Un tipo tranquilo que buscó refugio en el Bósforo para huir de un madridismo periodístico con el que nunca se sintió tranquilo. Tampoco en Polonia. Tampoco en Ucrania. Citó a Molowny a escasas fechas de debutar ante Italia; a una Italia que ayer destrozó. Historia de un marquesado infinito.


(Publicado en El Mundo Cantabria el 2-07-12)

domingo, 1 de julio de 2012

MORFINA Y COCAÍNA




Esperaba el racinguismo la escena final de Algunos hombres buenos, esa en la que Jack
Nicholson, jefe de todo en el Guantánamo pre 11-S, reconoce algo que en sí mismo ya es uno de los grandes axiomas en este lado del mundo, el del capitalismo decadente: “el fin justifica los medios”. Así lo creyó Aaron Sorkin, que durante esa magnífica secuencia puso en boca del actor que quiso ser laker varias frases geniales. “Tú no puedes entender la verdad, maldito enano insolente”, le dice a un increíble Tom Cruise. La historia verdiblanca, que es un guión en sí misma, ha terminado por contra como la cuarta temporada de Perdidos. Los náufragos abandonan el espacio de protección magnética de la isla, se encuentran con otros humanos, abandonan el bote, tocan tierra, sonríen y fundido a negro. To be continued. Flashbacks y flashforwards que se mezclan en el imaginario colectivo. Una parte de la ciudad se mira en el espejo de comienzos de siglo, en aquel hortera ruso de camisas Versace; la otra duda del futuro que plantean los dos fichajes que aún no cuentan con la firma de esos administradores concursales que pronto empezarán a sentirse como Richard Alpert, el canario que se vio atrapado entre Jacob y el Humo Negro.

En la planta en la que se dirige a 18 manos el futuro del club solo faltan ya las arañas de hierro forjado que decoraban las ventanas del despacho de la mansión Corleone de Long Island. Desde ahí, sin educados consiglieres, sin moscato d’Avola, con vasos de papel en lugar de los finos cristales de Noto y Ragusa, los Starship Troopers de farias y brandy de Lidl tratan de hacer creer al mundo que la masa social, la afición, el entorno, la grada, la hinchada, es enana, maldita e insolente, como Tom Cruise frente a Nicholson. Intentan, como Sigmund Freud, superar una adicción a la morfina con rayas de cocaína de ínfima pureza. Al Racing ya se le caen los dientes de fumar bases; está harto de esnifar líneas directamente desde la tarjeta. Es un ser tísico que si engorda lo hará como Maradona, de forma enfermiza, pero ahora dispone de 15 días para encontrar una clínica del interior y regresar a ocupar, como el genio vienés, su lugar en la historia.

(Publicado en El Mundo Cantabria el 30 de junio de 2012)

lunes, 18 de junio de 2012

BACK IN THE USSR. EURO 2012

BALÓN DE ORO, HOZ Y MARTILLO. IGOR BELANOV

El 31 de diciembre de 1986 Ucrania, todavía república soviética, presumido gigante oriental del gas, el petróleo y el veraneo, orgulloso protector de Odessa, Mar Negro, la ventana al líquido elemento invernal de la aún superpotente flota militar de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, despertó con portadas atípicas, especialmente en aquellos diarios -pura propaganda- que se escribían directamente desde  las pseudoredacciones del Kremlin. Ni rastro de la ‘Glasnost’ que comenzaba a pintar Mijail Gorbachov con la tinta de su perenne mancha roja, símbolo de los tiempos; ni una sola huella en el papel sobre la invisible, maldita, radiactiva y mortal nube amarilla que desde Chernobil se extendía como un herpes a través del mapa mundial. El último día del año en el que España se convirtió al fin en miembro de pleno derecho de la Comunidad Económica Europea, en la escalinata de Odessa por la que hacía muchos años no se desprendían carritos de bebé, se leía que Igor Belanov (1960) se había convertido en el tercer  jugador del otro lado del telón, tras Yashin y Blokhin, en hacerse con el Balón de Oro. Así lo había publicado un día antes France Football en su último número de ese 1986 en el que otro no habitual, el estadounidense Greg Lemond, había llevado también por vez primera en este caso sobre ruedas, las barras y las estrellas a los Campos Elíseos de París.



Con la Perestroika sobrevolando los campos de fútbol del territorio más incontrolable y a la vez más disciplinado del planeta, los redactores de France Football se vieron obligados una vez más a cumplir con las normas del galardón, que escrupulosamente elegía al mejor jugador con pasaporte europeo de cada temporada. Una vez más Diego Armando Maradona, que meses más tarde sería campeón del Scudetto y de la Coppa Italia con el Napoli, desaparecía de una terna final de candidatos en la que, tras Belanov, figuraban Gary Lineker, Emilio Butragueño, Preben Elkjaer Larsen y Manuel Amorós como los cinco primeros clasificados. El pequeño y potente ucraniano, que ese mismo verano había acudido a México para disputar el que más tarde sería recordado como el Mundial de Diego, a quien muchos todavía creen que le arrebató el Balón de Oro más injusto de todos los tiempos, había logrado escribir una de las más bonitas historias de amor que se recuerdan. No fue con la camiseta, hoy vintage, de la CCCP. Fue con la preciosa elástica del Dinamo de Kiev con la que anunció su talento en todos y cada uno de los estadios de la Europa capitalista. Con otro fútbol, con otra forma de entender el deporte. Con el Politburó y las carreras nuclear y espacial sobre sus hombros el joven y humilde Igor, todo fuerza esculpida en la vieja escuela de entrenamiento soviética, más cercana a la preparación de un cuerpo militar de élite que a la de un club deportivo, logró levantar con un equipo, en el máximo y más correcto significado de la palabra, el Campeonato Nacional de la URSS, la Copa de la UEFA, la Supercopa de Europa y un trofeo hoy menor, el Santiago Bernabéu, que entonces era todo un reto para el Real Madrid y un escaparate para los futbolistas invitados, especialmente para aquellos procedentes de Sudamérica y de Europa oriental. Era diciembre de 1986 y Belanov ya era el mejor heredero de Blokhin, junto a Andrey Shevchenko el otro gran mito ucraniano.

Sin embargo, no fue rápida su llegada a Kiev, la capital de esa ingente cantidad de kilómetros cuadrados que es Ucrania. Belanov nació en Odessa, el gran símbolo de El acorazado Potemkin de Eisenstein, asomada a ese bellísimo e inabarcable Mar Negro que tanto despistaba a los antiguos. Allí llegó procedente de dos humildes y trabajadores clubes de su ciudad, en los que alternó presencia en los albores de su carrera. El SKA Odessa y el Chornomorets observaron el talento y la mentalidad incombustible de un futbolista que a este lado del Muro hubiera crecido como cinco, pero que para la Unión Soviética era un clarísimo diez. De ahí al Dinamo, uno de los equipos más poderosos del mundo en aquella época. Era 1985 cuando recorrió los casi 500 kilómetros que separan ambas ciudades y solo doce meses después ya era un ídolo nacional. Ayudó, igual que para la consecución del Balón de Oro, su participación en México. Con cuatro goles, hat-trick incluido ante Bélgica con uno de los mejores tantos del campeonato, y seis asistencias, Belanov mostró su candidatura a saltar la todavía altísima pared berlinesa y así mostrar su fútbol en el otro bloque, en la otra Europa. Aún tardó tres años en llegar a Mönchengladbach y firmar por el Borussia. Fue en 1989, después de la fatídica final de la Eurocopa de Alemania ante Holanda, en la que falló un penalti ante Van Breukelen con 0-2 en el marcador, cuando arribó a la Bundesliga. No había sido fácil conseguir el permiso del Partido como trabajador soviético en la Alemania Federal y la adaptación no fue la soñada. Jamás volvió a ser el mismo futbolista e incluso hubo problemas entre su mujer y la justicia teutona por un presunto robo en una tienda, lo que le obligó a viajar rumbo al norte, a la Baja Sajonia. Esperaba el Eintracht Braunschsweig, un equipo menor, pequeño, conocido mundialmente después de que en el año 2000 se revelara que uno de sus futbolistas, Lutz Eigendorf, fue asesinado en 1983 por la Stasi, la policía política de la RDA.

Igor Belanov se retiró en 1995 vistiendo la camiseta del Chornomorets. Tomó la decisión en el año en el que George Weah se convirtió en el primer jugador de nacionalidad no europea en hacerse con el Balón de Oro de France Football, que había decidido cambiar las normas de su protegidísimo galardón. Fue también la primera edición en la que la prestigiosa revista francesa otorgaba un Balón de Oro Honorífico. Fue, cómo no, para Diego Armando Maradona, el indolente argentino que en 1986, después de haberse encontrado con dios hasta en tres ocasiones en el Mundial de México, vio como una vez más otro jugador, Igor Belanov, le arrebataba la ansiada pelota dorada.


BAILANDO FRENTE AL TELÓN. WLODZIMIERZ SMOLAREK

Vaticinaba en los ochenta Eduardo Galeano que a Maradona le retirarían de las canchas los problemas de espalda provocados por el enorme desgaste que suponía cargar sobre sus hombros con el orgullo, el honor, el pasado y el futuro de “toda la Argentina”. A Euzebiusz ‘Ebi’ Smolarek , polaco, joven, atractivo, cool, talentoso, hombre de moda, protagonista de gigantescos carteles publicitarios en Varsovia, imagen de Puma, ‘celebrity’ absoluta al otro lado del telón, no le dolían las cervicales pasado el ecuador de la primera década del siglo XXI; le dolía la cabeza. Rencoroso con su talento, heredero de una educación que había forjado una personalidad definida por la disciplina del este y la perfección holandesa, métodos que marcaron cada minuto de su adolescencia, el atacante polaco portaba una perenne jaqueca vital que borraba su sonrisa y le llenaba de desidia. Era consciente de sus condiciones innatas y con eso bastaba. No quería. No entendía. Llegó a Santander procedente del Borussia Dortmund y fue presentado en un centro comercial acompañado por la mascota del equipo. Doce meses después el Racing celebraba su primera clasificación para una competición europea. Era mayo, era primavera, la ciudad vibraba, pero Ebi siguió fiel a su rutina. Abandonó el estadio embutido en unos pantalones de Viktor and Rolf y una sudadera con megalogo. Recogió a su chica y se desplazó a ese mismo centro comercial que lo recibió un año atrás con un único objetivo: engullir un ‘happy meal’, su cena de los domingos de victoria. Mientras, en una paradoja espacio temporal completamente diferente, sus compañeros recorrían la ciudad en un autocar descapotable. Era la fiesta montañesa esperada durante casi cien años, pero el delantero, hijísimo de la santa trinidad polaca del siglo XX –Wojtyla, Walesa y la selección nacional de fútbol de 1982- solo pensaba en un McDonald´s del extrarradio. Era una nueva muestra de rebeldía de alguien que no eligió su futuro ni su presente. Al fin y al cabo era el hijo de Wlodzimierz Smolarek, uno de los grandes ídolos polacos de todos los tiempos, tercero en el Campeonato del Mundo de 1982 celebrado en España. Demasiado peso para sus hombros. La coca marcó el final de Diego. Ebi sigue jugando, aunque tratando de evitar de forma compulsiva la alargada sombra que proyectó su padre desde aquel irrepetible Mundial.


Smolarek, el original Smolarek, el gran Smolarek, el recordadísimo Smolarek, se convirtió el pasado 7 de marzo en el primer miembro de aquella irrepetible generación ochentera de futbolistas que perdía la vida, rompiendo así de cuajo el sueño de ver a su país organizar una competición internacional del más alto nivel. Nacido en 1957, leyenda del Widzew Lodz (55 goles en 181 partidos), fue alumbrado en uno de los territorios más maltratados por la historia. Como en el caso de México y Estados Unidos, la frontera que marca la diferencia entre el Este y el Oeste de Europa, la que forman Polonia y Alemania, se ha convertido en la mayor ventaja y desgracia de este país que sigue asombrando al mundo con su interminable transición hacia la normalidad democrática. No era fácil ser polaco en los cincuenta, tampoco en los sesenta y setenta. No fue fácil hasta que el muro terminó con la irrealidad utópica que formaban los sueños de la nacionalización y la colectivización; un Godot al que todavía hoy algunos siguen esperando de forma clandestina mientras observan el devenir del racional y soviético paisaje en que se convirtió Varsovia tras apenas unas décadas de órbita roja. Fue en ese momento, tras la llegada de los picos y las palas a la Puerta de Brandenburgo, cuando Polonia se asomó a la ventana de Occidente. Pero para entonces Smolarek ya había seguido el camino de millones de compatriotas desperdigados por todo el mundo. Su destino definitivo, el lugar donde tejió su linaje, fue Rotterdam, el Feyenoord, De Kuip, arlequinado uniforme. Ciudad portuaria con los cinco sentidos abiertos al cosmopolitismo. Cualquier cosmopolitismo. Antes había jugado en el Eintracht, aunque fue en el verano de 1988 cuando firmó su gran contrato europeo, y lo hizo casi en el mismo instante en el que Van Basten, el delantero con el que nunca coincidió en la Eredivisie, partía el alma de Dasayev en la final de la Eurocopa que se disputó el 25 de junio en el estadio Olímpico de Múnich. Polonia no soñaba entonces con disputar el torneo continental creado en 1960, jamás había logrado el pase. Pero el Campeonato del Mundo era muy diferente y Smolarek presumía en esa época de haber vivido dos fases finales: la celebrada en España en 1982, con un tanto en la victoria sobre Perú (5-1) y en la que Polonia fue tercera tras una inverosímil, bella, épica y maravillosa victoria sobre Francia, y la de México en 1986, en la que el combinado blanquirrojo murió en la orilla de los octavos de final.


24 meses duró la aventura meridional de Wlodzimierz Smolarek, que volvió a emigrar, esta vez contranatura, hacia el este y así poder vestir la camiseta del Utrecht, un club adolescente, fundado en 1970 tras la fusión de tres de los equipos de la ciudad. Ahí disfrutó de su leyenda. De ese partido en el Nou Camp en el que Bélgica sucumbió a una generación irrepetible que, como el propio país, mezclaba las dos Europas futbolísticas que volvían a entremezclarse una vez más, enseñando la cabeza a través del larguísimo cortinaje en que se había convertido el telón de acero. Se acordaba el delantero de cuando abrió el marcador en Riazor en la goleada contra Perú, del solitario gol que le dio la victoria a los suyos frente a Portugal en Monterrey solo cuatro años después. Y añoraba Rotterdam, aunque aún tardó seis años en regresar al puerto, a su puerto. Fueron las campañas que disfrutó en la ciudad que instauró la Casa Borbón en España. Luego regresó a De Kuip y se vistió con los colores que más le habían impresionado, aunque esta vez educaría talentos en la escuela del club, entre ellos el de su hijo. Ese díscolo, genial, clarividente, despistado, despreocupado y presionado futbolista que prefirió la normalidad de La Haya al ruido mediático de las grandes ligas. El niño que celebró una clasificación para la Copa de la UEFA disfrutando de un ‘happy meal’, el chico que siempre vivirá a la sombra de esa selección que se hizo con el bronce en el Campeonato del Mundo de 1982.  

domingo, 13 de mayo de 2012

NOVECENTO 5 - SALÓ 2




Se enfadaron de una forma especial. De una manera que solo pueden protagonizar dos vanidosos egos cargados de intelectualidad y trascendencia. Lo hicieron después de unas críticas vertidas por el maestro que el discípulo, en otra época ayudante de dirección, recogió como ataques personales nunca digeridos. El mal como principio, la esperanza como reflexión. El neorrealista subproletariado romano sonando en el hilo musical de dos carreras paralelas que convivieron con una pelota que siempre botaba alrededor de cualquier guión, de cualquier poesía, de los ensayos que escribían en soledad y que luego discutían a cuatro manos sin perder jamás el recuerdo de Bologna y Parma, insaciables magdalenas proustianas. El Comunale y el Tardini. Así se comportaban Pier Paolo Pasolini y Bernardo Bertolucci, dos de los genios escupidos por la posguerra italiana. Marxistas a su manera, trágicos, existencialistas por necesidad. Futboleros. Se alzaban contra el sistema que los rodeaba de la misma manera, con los mismos argumentos, y así intentaban también comprender el mundo. No es casualidad que la Vespa de Nani Moretti terminara el primero de los tres capítulos de su maravilloso Caro Diario en la luminosa y a la vez lúgubre playa de Ostia, a los pies de la estatua que recuerda la muerte de Pier Paolo Pasolini, fallecido en circunstancias todavía no aclaradas. ¿Artista extorsionado? ¿Sucio comunista? ¿Martirizado homosexual? No le importa a Moretti, que nunca había estado bajo ese monumento, símbolo de la decadencia cultural en la que se sumió Italia tras la desaparición de ese “autoritario wing”, como lo definió Gianni Brera, antes de esa personalísima road movie que rodó en 1994 en homenaje al intelectual que intentó estructurar el fútbol desde un punto de vista filosófico-deductivo.

Nada tuvo que ver con el calcio el distanciamiento vivido entre Pasolini y Bertolucci, aunque las diferencias abiertas entre ambos en cuanto a gustos futbolísticos eran más que notables. Mientras el primero era considerado un estudioso del deporte, practicante con cierto nivel según crónicas y revistas de la época, el segundo era el clásico hincha italiano. Bertolucci vibró con el Parma de los años 90, con la llegada de Scala, Sacchi, Asprilla, Brolin, Thuram y Dino Baggio. Amaba el Ennio Tardini (no tanto a aquel maravilloso portero, más tarde campeón del Mundo, que lucía el sospechoso 88 en su espalda), y allí, en peregrinación, llevó a Donald Sutherland mientras trataba de convertirlo en Attila Mellanchini, el desagradable camisa negra que tanta repugnancia provoca en Novecento. No fue afortunado el padre de Jack Bauer, que llegó al circo parmesano en una muy mala época de los ‘crociati’, protagonistas entonces de un interminable ejercicio de funambulismo que los sostenía entre la Serie C y la Serie B. Mejor suerte corrió Pasolini. Antes de la Segunda Guerra Mundial el Bologna era el gran equipo de Italia y también lo fue durante los años 50, década en la que comenzaba a plasmar sus extrañas (por marginales) ideas en novelas, ensayos y poemas. Disfrutó de la insana y tensa final de Copa que los rossoblú ganaron al Palermo en los penaltis en 1974, el último gran título de los de Emilia-Romagna, logrado un año antes del más que probable asesinato del intelectual que nació como escritor y murió como cineasta.

Pasolini tifaba al Bologna con todos los extremismos que puede connotar el verbo ‘tifare’. Lo hacía de una manera despreocupada, enfermiza en muchos casos. Visitaba a los jugadores en los vestuarios para exponer sus puntos de vista sobre los cambios que el juego estaba viviendo en Europa. Disertaba durante horas sobre aquella selección húngara que en los años 50 dominaba un continente que trataba de recuperarse del horror nazi. Escribía artículos, filosofaba sobre el que consideraba el único deporte; su deporte. No en vano llegó a vislumbrar un futuro como extremo en el calcio. Se acercó hasta la quemazón a las principales categorías del país y escriben que fue un jugador preocupado casi en exclusividad por la estética. Con su amor por el balón, clave en los descansos de todos y cada uno de sus rodajes, rompió dos grandes axiomas de la intelectualidad italiana de entonces. Después de Pasolini el fútbol sí podía ser considerado de izquierdas, y una vez superado ese para él complejo histórico llegó a la conclusión de que el fútbol más bello solo podía proyectarse desde un puto de vista marxista. Dividió el deporte rey (pleonasmo en una Italia que se mueve alrededor de las tardes de domingo) entre la poesía y la prosa. “Puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético”, escribió para tratar de explicar la final del Campeonato del Mundo de 1970 en la que se enfrentaron, según su punto de vista, la prosa italiana y la poesía brasileña. Ganó Pelé, por supuesto. “En un sentido puramente técnico, en México la poesía italiana ha ganado a la prosa estetizante italiana”, sentenció más tarde.

Al mismo tiempo, mientras Pasolini jugaba al fútbol con la parodia de esa semiótica que llenaba de desasosiego las universidades italianas, y por contagio las del Mediterráneo, Bertolucci imaginaba Novecento, la magna obra con la que iba a mostrar al mundo cien años de comunismo y fascismo en Italia. La historia del siglo XX que comienza con la muerte de Verdi y en la que Italia se vio representada en los rostros de Olmo, Attila y Alfredo. Había comenzado su carrera Bertolucci como ayudante de dirección de Pasolini en Accatone, la adaptación que el boloñés había dirigido de su propia novela del mismo nombre. Ahí terminó la relación laboral entre ambos, ya que el futbolero parmesano optó por comenzar su carrera en solitario y recoger la herencia del perfecto neorrelismo italiano. Entre su primera película, La comare secca, y Novecento habían pasado catorce años, los suficientes como para abrirse una vanidosa fosa entre aquellos dos genios que exportaban una ‘marca Italia’ muy diferente a la que hubiera gustado en Roma.

Competían en arte y en filosofía. En metáforas y en planos secuencias. En el blanco y negro y en el color. En la modernidad y el clasicismo. Competían en todas y cada una de las facetas de la vida. Hasta el Bologna y el Parma mantienen una larga tradición de partidos complicados para árbitros y aficionados. Sin embargo, en el exterior, en el mundo de los grandes titulares y los medios de comunicación no italianos, su obra era muchas veces confundida. Esto enervaba a Pasolini, que comenzó a utilizar su afilada pluma como arma de destrucción masiva. En mayoría, sus críticas hacia Bertolucci fueron irónicas o satíricas, nunca demasiado dañinas, al menos en la primera lectura. Entre líneas había cierto rencor hacia el que seguía considerando su discípulo. Además, había oído hablar de Novecento, le llegaban noticias del rodaje en la Toscana. Sabía que Bertolucci estaba produciendo una obra maestra; se sentía frustrado.

Considerados como parte de la misma generación, Italia necesitaba que aquellos dos grandes cineastas limaran unas diferencias que hacía meses habían llegado a los extremos. Bertolucci rodaba Novecento. Pasolini dirigía Saló. La cita fue en Parma, con lo que Bertolucci jugó como local, y allí estuvo presente La Gazzetta di Parma para contar todo cuanto aconteciera. “Novecento 5 – Saló 2” fue el titular del periódico al día siguiente. Un día antes, el 16 de marzo de 1975, el día del 34º cumpleaños de Bertolucci, ocho meses antes de la muerte de Pasolini, se enfrentaron en un campo anexo al Ennio Tardini, hogar del Parma B, los equipos de rodaje de Novecento y Saló. Pasolini, que bautizó el choque como “el partido de los diletantes”, lucía el brazalete de capitán, y cuenta el cronista que abandonó el terreno de juego enfurecido ante la escasa consideración que mostraron sus compañeros de escuadra por su fútbol. Más irreal es el relato de Bertolucci, para quien aquel encuentro terminó con el resultado de 19-13, aunque el director de El último emperador coincide con el periodista en que Pasolini abandonó el terreno de juego de muy malas maneras.


No se cumplieron objetivos aquella tarde. No sirvió aquel partido para renovar las buenas relaciones profesionales y laborales que buscaban los dos directores. Sí hubo, más tarde, ligeros acercamientos entre ambos, conversaciones efímeras, cartas que tardaban semanas en ser respondidas. Pasolini falleció en Ostia el 2 de noviembre de 1975, con lo que Saló, que perdió sobre el césped ante Novecento, fue su última película. Se perdió a Kolyvanov, Signori y  a Roberto Baggio, y aunque consideraba el baloncesto un deporte de las élites y para las élites, le hubiera gustado ver las dos victorias logradas enla Copa de Europa por la Virtus de su adorada y roja Bologna.