lunes, 6 de junio de 2011

CIUDAD GATILLO: LILLO-PEP



“Con 36 ejecuciones se cierra el recuento policíaco del mes de abril. Con esta cifran suman ya 170 los homicidios de alto impacto registrados durante los cuatro primeros meses de 2006”. Así titulaba El Debate, diario de Sinaloa, el 1 de mayo de 2006. Solo siete meses después, el 1 de diciembre, Felipe Calderón alcanzó el Sillón del Águila, la presidencia de México, uno de los epicentros de poder más importantes de América. Con él llegó la Guerra contra el Narco. Una obsesión para el panista, que se presentó a los medios, tras unos comicios cuanto menos sospechosos y ya como líder de la nación, en una base militar. Nunca habló el michoacano durante su campaña electoral de la lucha que iba a emprender contra el narcotráfico.


El 1 de mayo de 2006 se retiró del fútbol Pep Guardiola. No fue ante 90.000 personas en el Nou Camp. Tampoco entre agasajos de un jeque catarí. No hubo partido homenaje. Pep se retiró en México. En Culiacán, Sinaloa, para ser exactos. El Jardín del Edén, dicen las guías turísticas. Ciudad Gatillo, escriben los cronistas. El eterno 4, la prolongación de Johan Cruyff, llegó a Sinaloa de la mano de Juanma Lillo, un tolosarra viajero, culto y atrevido que había aceptado unos meses antes la oferta de un equipo extraño y joven (fue fundado en 2003). Los Dorados de Sinaloa, llamado así por los peces que habitán el Mar de Cortés que baña la costa norte mexicana, recibían a sus rivales en un estadio que había sido construido en apenas dos meses, todo un récord; por allí, antes que Lillo, habían pasado estrellas del continente como Diego Latorre y Jared Borghetti. Habían firmado contratos millonarios con un club que manejaba ingentes cantidades de dinero sobre las que nadie preguntaba. Era la tierra de Malverde, de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán (que hoy día compite con Carlos Slim por ser el hombre más rico de México) de las avionetas Cessna, de los narco corridos, de la dormidera, de la mota y de Teresa Mendoza. Nadie sabe cuánto costó la llegada de Guardiola al paraíso sinaloense. “No vino por dinero, vino por mí”, dice Lillo. “¿Quién pagó su ficha? Eso habrá que pregúntarselo a los que lo firmaron”, continúa.



Lo cierto es que el paso de Guardiola por Culiacán, que en Los Dorados cambió el 4 por el 8, fue clave en su trayectoria. No en lo deportivo, sí en lo personal. Llegó el de Santpedor a México en plena crisis futbolística y con unas graves acusaciones de dopaje sobre sus espaldas que llegaban desde Italia, donde había vestido la camiseta del Brescia. Sabía que su retirada estaba cercana y la decisión de que a corto plazo se sentaría en un banquillo como director técnico ya estaba tomada. Por eso cuando en el mes de diciembre de 2005 recibió la llamada de Lillo, a quien hoy día sigue idolatrando y con el que mantiene una relación de profundo respeto mutuo, no se lo pensó: vestiría la camiseta de Los Dorados, en principio hasta el final del Clausura, el enésimo sistema utilizado por el fútbol mexicano. Llegó Pep a la escondida, sin el respaldo de los grandes medios, centrados en los Tomateros, el exitoso equipo de béisbol local. Nada más pisar suelo sinaloense se dio cuenta de que a partir de ese momento su vida sería diferente. Nunca más volvería a tener los privilegios de una celebrity deportiva. Estaba en una ciudad pequeña, maldita por la historia, centrada en el béisbol y donde los kalashnikov o cuernos de chivo estaban tan de moda como las botas picudas de piel de serpiente o las hebillas de brillantes.


Pero tenía a Lillo. Y con Lillo compartió novelas, tertulias, eternos debates futbolísticos y miles de horas viendo fútbol. También muchas noches en los lugares más elitistas de la Colonia Chapultepec, el barrio pijo de las mansiones vacías y las pick up tuneadas de los narcos, de donde salió Teresa Mendoza en dirección a Melilla. Pep fue jugador en México, pero su paso por Los Dorados también puede considerarse como su primera experiencia como técnico, porque en Culiacán Guardiola fue ‘de facto’ el segundo entrenador del equipo. Además también aprendió a sobrevivir a la injusticia, a un descenso deportivo en el último partido de su carrera y a una vida diferente y ruda que nada tenía que ver con la vanguardia a la que estaba acostumbrado en Barcelona, entonces todavía una ciudad que asombraba al mundo.


“Esto es una farsa. Hay muchos equipos que juegan por nada; saben que incluso perdiendo todos los partidos no van a bajar”. Estas son las últimas declaraciones que Guardiola realizó como futbolista profesional. Los Dorados habían perdido la categoría y el catalán no aguantó más. Lo vio desde el principio pero no despotricó hasta el final. Se refería el hoy técnico del Barcelona a las influencias que Televisa, el trasatlántico mediático mexicano, mantenía (y mantiene) sobre el fútbol de aquel país. Los Dorados se jugaban el descenso con el San Luis, equipo propiedad de la empresa televisiva. “Ganan al Necaxa y al América. No entiendo nada”, dijo Lillo al acabar aquel partido contra los Pumas que terminó con empate sin goles. Pero lo cierto es que sí entendía. Quizá demasiado, ya que el Necaxa y el América también son propiedad de Televisa. Luego Guardiola desapareció de México. Llegó a Madrid, sacó su licencia de entrenador, viajó a Argentina, donde pasó 15 días en la casa de campo de Marcelo Bielsa “hablando de todo” y se sentó en el banquillo del Barcelona B. El resto es historia del fútbol mundial.


Aquel 1 de mayo de 2006 los diarios anunciaban 170 muertos por arma de fuego en el estado de Sinaloa durante los cuatro primeros meses del año. Una barbaridad pensarán. No tanto. Desde el 1 de diciembre de 2006 (fecha de la victoria de Felipe Calderón) hasta la actualidad la cifra se estima en unos 30.000. Culiacán y Ciudad Juárez están consideradas como dos de las ciudades más violentas del mundo y los cárteles del narcotráfico se han extendido por todo el territorio mexicano. Desde Chihuahua a Jalisco, pasando por Sinaloa, Quintana Roo, Yucatán, Guerrero, Estado de México, Distrito Federal, Nuevo León o Chiapas.

miércoles, 1 de junio de 2011

ASD ALEISTER CROWLEY



Si uno llega a Palermo por carretera desde el oeste y abandona la ciudad por el este tiene muchas posibilidades de encontrarse con el Renzo Barbera. Un estadio singular, hogar del Palermo que ha asombrado a Europa en su última campaña en la Serie A gracias a la magia de Javier Pastore y la veteranía de Frabrizio Miccoli y que fue inaugurado en 1932, en pleno apogeo de la dictadura fascista de Benito Mussolini. Su estructura, de un hormigón sucio y caótico, recuerda al San Paolo de Nápoles, y puede considerarse como una metáfora de Sicilia y de todo el sur de Italia. Sucio, pasional, plagadas sus paredes de emborronadas pintadas que nada tienen que ver con el fútbol y sí con la rémora política que atraviesa la región en los últimos 60 años. Allí juega el equipo de moda en el Mediterráneo, el US Città de Palermo, refundado en 1987 con esa nomenclatura después de dos dramáticas desapariciones (1939 y 1986) provocadas por cuestiones económicas demasiado habituales en la bedda Sicilia. Un conjunto que se ha convertido, junto al Nápoles de Aurelio de Laurentiis, en el principal motor social al sur de Roma y que, como su lugar de juego, también es un símil de una isla en la que uno encuentra el paraíso y el infierno en apenas un valle de distancia.




Siguiendo por esa misma carretera, a escasos 70 kilómetros, en Cefalù, sobre las faldas de La Rocca que protege una ciudad con raíces fenicias, griegas, cartaginesas, romanas, normandas, árabes y españolas se encuentra otro estadio. Más modesto. Más pequeño. Más moderno. Más limpio. Con menos localidades. Es el Santa Barbara, un campo de juego de un equipo humilde, de pueblo de pescadores, que es lo que era Cefalù antes de convertirse en uno de los principales destinos turísticos de Europa. Gentes que llegan a la ciudad en busca de las termas y de las playas. De las anchoas y del cus cus de pescado y que de vez en cuando preguntan por Aleister Crowley, uno de los pobladores más célebres que pasaron por allí. El inglés, poeta, ensayista, ocultista, mago, cabalista, filósofo, artista y gurú de la magia negra llegó a Cefalù, como Lord Byron a Taormina unas décadas antes, a principios del siglo XX con el objeto de fundar la Abadía de Thelema en una casa que era, y es, demasiado humilde para su condición de rico heredero. En la actualidad se mantiene en pie a duras penas en un barrio que en su época -hace casi un siglo- era la prolongación de la localidad (hoy día rodeada por esperpénticas urbanizaciones setenteras) y muy cerca, mucho, del estadio de la ASD Stella Azzurra Cefalù. Allí Crowley se adelantó a los beatniks y a los hippies. Experimentó con drogas, practicó la libertad sexual (era un abierto bisexual) y pintó las paredes con frescos que recuerdan a un Gauguin psicotrópico que hoy día pueden verse si uno es capaz de saltar la espesa maleza que rodea una casa que se mantiene en ruinas, de la que nadie quiere oír hablar y que ha sido completamente abandonada por las autoridades italianas a pesar de la enorme celebridad que la habitó. Un personaje que tras su muerte se convirtió en un mito pop. Que sobrevivió a las leyendas que le rodeaban sobre sacrificios humanos y suicidios colectivos. Que apareció en la portada del Sgt. Pepper’s Lonely Club Heart Band de The Beatles junto a otros iconos populares como Bob Dylan, Edgar Allan Poe, Marilyn Monroe, Karl Marx, Carl Jung, Fred Astaire, Aldoux Huxley o William S. Borroughs. Un tipo que vivió sin saberlo, ya que se construiría posteriormente, a las faldas de un estadio que a lo largo de su historia, quizá como la casa que se sitúa a unas pocas decenas de metros en dirección sur, ha sido maldito para su club y para los habitantes de Cefalù, que nada quieren saber de mister Crowley cuando se les pregunta. Y es que como el Palermo, la hoy conocida como ASD Stella Azzurra Cefalù, ha sido refundada en varias ocasiones, con un incendio en el campo de juego de por medio.



Hoy día la Cifalù, que dicen los sicilianos, se encuentra perdida en las divisiones más inferiores del calcio, en lo que sería la Regional Preferente española. Hubo un tiempo en el que soñó con alcanzar el fútbol nacional, pero como le ocurrió al Palermo en 1986, el club fue llevado a la desaparición. Hace solo unos pocos días, mientras el Palermo perdía la Coppa Italia en el Olímpico de Roma frente al Inter de Milán del millonario Moratti, perfecto ejemplo del poder del norte del país, la ASD Cefalù disputaba un torneo de verano en una localidad cercana ante el Castelbuono, en el llamado derbi delle Madonie. También perdió.


Quizá a Aleister Crowley le gustaba el fútbol.