viernes, 13 de mayo de 2011

ROSENBERG WALLANDER


El primer Mundial del que tengo recuerdos es el que se celebró en Italia en 1990, considerado como uno de los peores de todos los tiempos futbolísticamente hablando. Nunca lo he pensado con la suficiente frialdad, pero quizá ese es el motivo primigenio de mi animadversión hacia el juego rácano y conservador que día tras día me hace prometer que jamás volveré a ver un partido por televisión. En aquel Mundial, en el que con un pase magistral de Maradona a Caniggia (más un suplemento vitamínico ideado por Bilardo que adormeció a Branco) Argentina eliminó en octavos de final a la Brasil de Jorginho, Careca, Muller, Alemao y Valdo, Totò Schillaci fue el máximo goleador del torneo. Aquel pequeño futbolista, de pelo ralo y dudosa técnica, logró anotar seis goles en los siete partidos que jugó la escuadra italiana, que finalmente concluyó el Mundial en la tercera posición. Schillaci, 'Il salvatore de la patria', como le definió La Reppublica, se convirtió en el jugador más popular del país gracias a a la alegría que mostraba fuera del campo, surgida directamente de su alma palermitana. Nacido en la capital mediterránea, siempre presumió de Sicilia, aunque nunca vistió la camiseta del equipo del Renzo Barbera. Fue el Messina quien le dio la oportunidad de jugar a nivel nacional (Serie B y C), aunque a la selección llegó desde la Juventus para sustituir a un Gianluca Vialli que llegaba al Mundial en un deplorabale estado de forma. Cuando terminó el torneo, ya como máximo goleador, fichó por el Inter (muy dado a este tipo de compras) para terminar su carrera en el Iwata de la J. League de Japón.

Hoy Schillaci es un referente para las dos Italias, la del norte y la del sur. En el norte por su constancia; en el sur por su alegría. No esconde que el espejo en el que se mira es en el de Robert de Niro, su gran ídolo por delante incluso de Paolo Rossi, y pasa su retiro entre su casa de Taormina y los estudios de cine. Su última aparición ha tenido lugar en la estupenda 'Palermo Oggi, Squadra Antimafia', en la que Schillaci interpreta a Toto Mannino, el jefe de la mafia de Messina en la ficción. «Me inspiré en De Niro, mi actor preferido. Tengo muchas ganas de verme en televisión», decía el palermitano a escasos días del estreno de la exitosa serie.


En el Racing no hay jugadores trascendentes, de esos que se instalan en la sociedad para quedarse por siempre en el imaginario colectivo. Sin ir más lejos la responsabilidad goleadora del equipo recae en un tipo sueco que, como Schillaci, cumple todos los tópicos de su nacionalidad. Es frío, talentoso, obsesivo y con cierta tendencia al desasosiego. Se desespera con cierta rutina. No sonríe demasiado y se enfada consigo mismo más de lo necesario cuando las cosas van mal, especialmente cuando esos males son individuales y no colectivos. Su nombre es Markus Rosenberg. Tiene clase, un pelo bonito y mucho talento, además de una sonrisa hipnotizadora. Pero nunca llegará a instalarse en el corazón de los aficionados, sean estos suecos, alemanes o españoles. Quizá cuando termine su carrera interprete a Wallander, el detective de la mala vida y las grasas saturadas.

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