sábado, 7 de mayo de 2011

EL PAÍS DEL FÚTBOL NACIENTE

Hubo un tiempo en el que Oliver Aton era el futbolista más famoso del mundo. Jugaba en el Nankatsu (New Team para la Europa anglosajona) y dominaba el área a su antojo. Era lo más parecido al jugador total. Rápido, inteligente, popular, talentoso, con capacidad de mando, amigo de sus amigos y una referencia en el vestuario. Sin embargo, jugaba en Japón. En una liga escolar con apenas trascendencia. Aton surgió en el momento en el que el fútbol del sol naciente (ahora suspendido sin fecha por culpa de los malditos reactores de Fukushima) intentó lanzarse al mundo. Pero no era la única estrella de un balompié incipiente en el que se invertirían miles de millones de dólares en los siguientes años. Junto a él estaban Benji Price, Mark Lenders, los gemelos Derrick o Dani Melow, unos como rivales, otros como inseparables compañeros. Jugadores que precedieron en las carpetas escolares a otras estrellas que llegarían más tarde como Keisuke Honda o Hidetoshi Nakata, que además de buen jugador, era guapo, con un aire cool pre-Beckham nunca visto hasta entonces. Lo que sucedió después lo saben los seguidores de Campeones. Oliver Aton ganó el Mundial sub 21 con Japón frente al Brasil de Roberto Zedinho, quien antes le había llevado a su país a jugar en el Brancos (Sao Paulo) para posteriormente ser traspasado al Cataluña (Barça).




Después de las andanzas globales de Aton llegó el boom del fútbol nipón, cuyo gobierno había impulsado la serie con fondos estatales para promocionar allí un deporte entonces minoritario pero que fue de los primeros que entendió el marketing deportivo. La federación japonesa vendía tantas camisetas como la brasileña, la selección empezó a ser imbatible en Asia y sus clubes ya rendían a nivel internacional. Aún faltaba que las grandes estrellas se acercaran por allí al igual que habían hecho en la serie de televisión Dani Melow, Mark Lenders y compañía en Europa. Fue el turno de varios de los grandes nombres del momento. El que abrió el camino fue Zico. El que dicen que es el más grande jugador brasilero de los 80 firmó por el Kashima Antlers. No se lucró. No ganó títulos, pero puso al balompié nipón en el mapa. Algo parecido a si Shaquille O’Neal fichara por el Unicaja.

Tras él aparecieron otros nombres como el de Xabier Azcargorta, Julio Salinas, Michael Laudrup o Arsène Wenger. Llegaron allí como pioneros, como embajadores del profesionalismo, prácticamente como enviados especiales de la FIFA, que mantenía sus miedos ante la escasa repercusión que esperaban recibir durante el Mundial de 2002 que Japón organizó junto a Corea del Sur. El objetivo, además de un retiro dorado en un país que en aquellos tiempos era la primera potencia económica e industrial del mundo, no era otro que el de exportar conocimientos, enseñar a los nipones las técnicas del fútbol europeo, en aquel entonces en una interminable transición que comenzó con la aparición de Arrigo Sacchi en un Parma que ya jugaba a un deporte muy diferente al que practicaban otros equipos.

Hoy el fútbol está parado en Japón. Solo la J. League. La selección continúa con sus compromisos. Sigue siendo un deporte naciente en el Lejano Oriente, como el sol, pero también pueden presumir de ser los actuales campeones de Asia. Los japoneses lo lograron con esfuerzo, con sacrificio. Sin aspavientos. Trabajando y con optimismo. Eso sí, el gol llegó en el último minuto, de la misma manera que llegará la solución a Fukushima.

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