jueves, 26 de mayo de 2011

DE SUPERGA A BUDAPEST


"¿El comunismo? Por supuesto que existió. Fue en Wembley y duró dos partes de 45 minutos, cuando Hungría ganó a Inglaterra 6-3". Son palabras pronunciadas por Jean Luc Godard en la película Notre Musique, un tipo nada futbolero pero sí bastante comunista. "Los ingleses", continúa el intelectual francés, "jugaron individualmente. Los húngaros lo hicieron de forma colectiva".

Aquella selección del otro lado del telón, surgida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, dicen que es la máquina más perfecta que ha existido practicando este deporte junto al Gran Torino que desapareció en las colinas de Superga. El líder de aquella Hungría imbatible que maravilló al mundo en la década de los 50 era nada más y nada menos que Ferenc Puskas. "Cañoncito Pum", decía Santiago Bernabéu; "la izquierda más esclarecedora del comunismo", dijo el Negro Fontanarrosa. Era el equipo total, y como tantos otros conjuntos del otro lado del muro de Berlín se mostró como un perfecto adelantado a su tiempo gracias al gran desarrollo técnico, físico, táctico que impulsaba el aparato del partido en aquellos tiempos. Dijo Pep Guardiola en alguna ocasión que el fútbol que practica el Barcelona, inspirado en la escuela holandesa, no se podía entender sin aquellos jugadores magiares que asombraron al mundo durante las décadas de los años 50 y 60. Eran rudos, privilegiados por la élite del poder, muy técnicos y profesionales a su manera. A la manera del telón. No al estilo de Europa occidental. Trabajaban por y para el sueño de la colectivización, de la nacionalización de la gran banca europea. Así de claro.

Aquel 25 de noviembre de 1953 llegaron los magiares a Wembley envueltos en la mística de los tiempos, cuando la información surgía de los periódicos para transmitirse por el boca a boca y convertirse luego en una maravillosa leyenda. Eran los campeones de los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952 e iban a demostrar su novísima forma de entender el deporte, que todavía no era rey, a Inglaterra; a la orgullosa inventora del juego, que jamás había perdido un partido ante una selección de fuera de las islas. Eran los grandes favoritos a cualquier torneo que se disputara en el mundo (sin demasiada suerte) y 13 años después organizarían el Mundial que les dio su único título de la historia.

El estadio, uno de los mejores del mundo del momento, sino el mejor, ofrecía el ambiente de un partido definido por la prensa de la época como "del siglo". Era el capitalismo post Segunda Guerra Mundial, contra el socialismo soviético. Un lado y otro del telón de acero. El fútbol profesional, contra el fútbol de estado. Los mass media, contra todo el aparato del partido comunista. Un enfrentamiento social. Un acontecimiento único que podría, o no, seguir levantando los ánimos de un país devastado económicamente y socialmente tras la cruenta guerra liderada por Churchill. Europa, contra la conspiración judeomasónica. Y ganó Hungría. Y los periódicos ingleses titularon de forma apocalíptica. Y en Budapest soñaron que el comunismo podría ser posible. Que podrían ganar el Mundial que se disputaría en Suiza al año siguiente. Llegaron a la final, por supuesto, y el rival no podía ser más político. La Alemania que se recuperaba del horror nacionalsocialista, contra la orgullosa Hungría comunista. Un país perfecto, decía el partido. Y Hungría perdió en el llamado 'Milagro de Berna'. Y se acabó el sueño. Y Puskas firmó por el Real Madrid de don Santiago Bernabéu, el que fumaba "puros de millón". Y el capitalismo no dejó de crecer y de extenderse.

Y así estamos.

viernes, 13 de mayo de 2011

ROSENBERG WALLANDER


El primer Mundial del que tengo recuerdos es el que se celebró en Italia en 1990, considerado como uno de los peores de todos los tiempos futbolísticamente hablando. Nunca lo he pensado con la suficiente frialdad, pero quizá ese es el motivo primigenio de mi animadversión hacia el juego rácano y conservador que día tras día me hace prometer que jamás volveré a ver un partido por televisión. En aquel Mundial, en el que con un pase magistral de Maradona a Caniggia (más un suplemento vitamínico ideado por Bilardo que adormeció a Branco) Argentina eliminó en octavos de final a la Brasil de Jorginho, Careca, Muller, Alemao y Valdo, Totò Schillaci fue el máximo goleador del torneo. Aquel pequeño futbolista, de pelo ralo y dudosa técnica, logró anotar seis goles en los siete partidos que jugó la escuadra italiana, que finalmente concluyó el Mundial en la tercera posición. Schillaci, 'Il salvatore de la patria', como le definió La Reppublica, se convirtió en el jugador más popular del país gracias a a la alegría que mostraba fuera del campo, surgida directamente de su alma palermitana. Nacido en la capital mediterránea, siempre presumió de Sicilia, aunque nunca vistió la camiseta del equipo del Renzo Barbera. Fue el Messina quien le dio la oportunidad de jugar a nivel nacional (Serie B y C), aunque a la selección llegó desde la Juventus para sustituir a un Gianluca Vialli que llegaba al Mundial en un deplorabale estado de forma. Cuando terminó el torneo, ya como máximo goleador, fichó por el Inter (muy dado a este tipo de compras) para terminar su carrera en el Iwata de la J. League de Japón.

Hoy Schillaci es un referente para las dos Italias, la del norte y la del sur. En el norte por su constancia; en el sur por su alegría. No esconde que el espejo en el que se mira es en el de Robert de Niro, su gran ídolo por delante incluso de Paolo Rossi, y pasa su retiro entre su casa de Taormina y los estudios de cine. Su última aparición ha tenido lugar en la estupenda 'Palermo Oggi, Squadra Antimafia', en la que Schillaci interpreta a Toto Mannino, el jefe de la mafia de Messina en la ficción. «Me inspiré en De Niro, mi actor preferido. Tengo muchas ganas de verme en televisión», decía el palermitano a escasos días del estreno de la exitosa serie.


En el Racing no hay jugadores trascendentes, de esos que se instalan en la sociedad para quedarse por siempre en el imaginario colectivo. Sin ir más lejos la responsabilidad goleadora del equipo recae en un tipo sueco que, como Schillaci, cumple todos los tópicos de su nacionalidad. Es frío, talentoso, obsesivo y con cierta tendencia al desasosiego. Se desespera con cierta rutina. No sonríe demasiado y se enfada consigo mismo más de lo necesario cuando las cosas van mal, especialmente cuando esos males son individuales y no colectivos. Su nombre es Markus Rosenberg. Tiene clase, un pelo bonito y mucho talento, además de una sonrisa hipnotizadora. Pero nunca llegará a instalarse en el corazón de los aficionados, sean estos suecos, alemanes o españoles. Quizá cuando termine su carrera interprete a Wallander, el detective de la mala vida y las grasas saturadas.

martes, 10 de mayo de 2011

CON ARSÈNE EN EL PENSAMIENTO



Sucedió por la mañana. Era 2 de marzo de 2010, muy temprano. Los teléfonos ardían. El ‘feisbuc’, también. El ‘tuiter’ menos, que ya se sabe que las modas, y más las tecnológicas, a Cantabria llegan cuando quieren. Hacía sol y los nervios estaban a flor de piel. A primera hora de la mañana 14 sms en mi teléfono móvil. “Canales la acaba de cagar”, “el chaval aparece en Marca con la camiseta del Real Madrid”. Raudo y veloz salgo a la calle. Compro el citado diario y veo a Sergio Canales en la portada con ojos de ilusión; esa ilusión que solo se puede tener a los 19 años. Ahí estaba la gran esperanza verdiblanca. Comparado con Francescoli, con Setién, con Sarabia. Un niño convertido en un fenómeno fan como nunca antes se había visto en Cantabria.

Subo a casa. Más llamadas. Algunas muy personales. Compañeros de medios al teléfono. La revolución estaba en marcha. “Le han engañado”, era la frase más repetida. Pero lo cierto es que nadie acerca sus labios a un escudo sin querer. No es cuestión de madridismo, sino de capitalismo. Esa fue mi contestación. Luego llegaron la rueda de prensa y las disculpas del jugador (algo que nunca entendí) y de su padre, entonces también su representante. Las tertulias de Madrid ya lo comparaban con genios como Bergkamp mientras hablaban de provincianismo en los ‘mass media’ cántabros. Así funciona el ‘show bussiness’. Mientras en la capital te comparan con Zidane, en Santander te tachan de traidor. Y esto fue lo que más le costó entender al rubio de ojos claros.

A mí no me gustó lo que hizo Canales aquella mañana del 1 de marzo en el Hotel Real de Santander. No porque su equipo de destino fuera finalmente el Real Madrid, o porque el Marca consiguiera la exclusiva. No me gustó porque no se fue al Arsenal. No soy un hooligan retirado de los ‘gunners’ como Nick Hornby. Simplemente adoro a Arsène Wenger. Solo un tipo como el francés ha sido capaz de pulir esas piedras preciosas que llevan los nombres de Van Persie, Theo Walcott, Cesc Fábregas, o los jóvenes Anelka y Vieira en su momento. Era el técnico perfecto para Canales. Lo dije entonces y lo mantengo ahora. De haber firmado con los del norte de Londres ahora sería fijo para el galo y estaría luchando por la Premier League. No es una hipótesis. Estoy completamente seguro. Sin embargo, se fue al Real Madrid. Mourinho lo subió a los cielos durante la pretemporada que realizó el equipo en Los Ángeles. Eso fue todo. Su entorno filtra que está feliz en Valdebebas, que no hay lugar mejor para seguir progresando que a las órdenes del portugués y al lado de jugadores como Özil, Xabi Alonso, Cristiano Ronaldo o Kaká. Pero lo cierto es que Canales se ha estancado. No avanza. Si estará o no la próxima temporada en el Real Madrid es una incógnita. Maurinho (que diría D’Alessandro) no premia a nadie. También Benzema regresó a Gerland en la Liga de Campeones y se fue al banquillo. El drama es que la gran esperanza del fútbol cántabro solo compite últimamente en la Play Station. Es malo para él y malo para el fútbol. ¿Hay solución? Por supuesto. Que viaje al norte de Londres. Que se acerque a monsieur Wenger. Aún tiene tiempo para aprender junto al gran entrenador de los últimos 20 años.

sábado, 7 de mayo de 2011

EL PAÍS DEL FÚTBOL NACIENTE

Hubo un tiempo en el que Oliver Aton era el futbolista más famoso del mundo. Jugaba en el Nankatsu (New Team para la Europa anglosajona) y dominaba el área a su antojo. Era lo más parecido al jugador total. Rápido, inteligente, popular, talentoso, con capacidad de mando, amigo de sus amigos y una referencia en el vestuario. Sin embargo, jugaba en Japón. En una liga escolar con apenas trascendencia. Aton surgió en el momento en el que el fútbol del sol naciente (ahora suspendido sin fecha por culpa de los malditos reactores de Fukushima) intentó lanzarse al mundo. Pero no era la única estrella de un balompié incipiente en el que se invertirían miles de millones de dólares en los siguientes años. Junto a él estaban Benji Price, Mark Lenders, los gemelos Derrick o Dani Melow, unos como rivales, otros como inseparables compañeros. Jugadores que precedieron en las carpetas escolares a otras estrellas que llegarían más tarde como Keisuke Honda o Hidetoshi Nakata, que además de buen jugador, era guapo, con un aire cool pre-Beckham nunca visto hasta entonces. Lo que sucedió después lo saben los seguidores de Campeones. Oliver Aton ganó el Mundial sub 21 con Japón frente al Brasil de Roberto Zedinho, quien antes le había llevado a su país a jugar en el Brancos (Sao Paulo) para posteriormente ser traspasado al Cataluña (Barça).




Después de las andanzas globales de Aton llegó el boom del fútbol nipón, cuyo gobierno había impulsado la serie con fondos estatales para promocionar allí un deporte entonces minoritario pero que fue de los primeros que entendió el marketing deportivo. La federación japonesa vendía tantas camisetas como la brasileña, la selección empezó a ser imbatible en Asia y sus clubes ya rendían a nivel internacional. Aún faltaba que las grandes estrellas se acercaran por allí al igual que habían hecho en la serie de televisión Dani Melow, Mark Lenders y compañía en Europa. Fue el turno de varios de los grandes nombres del momento. El que abrió el camino fue Zico. El que dicen que es el más grande jugador brasilero de los 80 firmó por el Kashima Antlers. No se lucró. No ganó títulos, pero puso al balompié nipón en el mapa. Algo parecido a si Shaquille O’Neal fichara por el Unicaja.

Tras él aparecieron otros nombres como el de Xabier Azcargorta, Julio Salinas, Michael Laudrup o Arsène Wenger. Llegaron allí como pioneros, como embajadores del profesionalismo, prácticamente como enviados especiales de la FIFA, que mantenía sus miedos ante la escasa repercusión que esperaban recibir durante el Mundial de 2002 que Japón organizó junto a Corea del Sur. El objetivo, además de un retiro dorado en un país que en aquellos tiempos era la primera potencia económica e industrial del mundo, no era otro que el de exportar conocimientos, enseñar a los nipones las técnicas del fútbol europeo, en aquel entonces en una interminable transición que comenzó con la aparición de Arrigo Sacchi en un Parma que ya jugaba a un deporte muy diferente al que practicaban otros equipos.

Hoy el fútbol está parado en Japón. Solo la J. League. La selección continúa con sus compromisos. Sigue siendo un deporte naciente en el Lejano Oriente, como el sol, pero también pueden presumir de ser los actuales campeones de Asia. Los japoneses lo lograron con esfuerzo, con sacrificio. Sin aspavientos. Trabajando y con optimismo. Eso sí, el gol llegó en el último minuto, de la misma manera que llegará la solución a Fukushima.

viernes, 6 de mayo de 2011

LOS AMIGOS EXTRAVAGANTES



Llegan a Europa desde países medievales y son recibidos con tratamiento de jefes de estado por gobiernos elegidos democráticamente, todo lo contrario a lo que ocurre en sus países de origen. Son extravagantes como el amigo de Aznar, ‘nuevosricos’ cargados de dólares que apenas tienen valor para ellos y mucho menos para los pobladores de las balsas de fuel a las que llaman estados. Se comportan sin educación, sin respeto. Creen que el dinero compra casas decimonónicas e incluso voluntades. Amenazan a la prensa, intentan comprar al periodismo. Entienden el capitalismo desde un punto de vista feudal y apenas tienen respeto por lugares donde el estado de derecho forma parte de la cultura desde hace siglos. Son los nuevos dueños del fútbol, al que han llegado como lo han hecho en las grandes multinacionales. No hay empresa telefónica global, petrolera global, farmacéutica global, empresa armamentística global, en la que no tengan unos intereses que diversifican en el pan y circo. En la moda, en el deporte, en los caballos de carreras, en la Fórmula 1. Son los nuevos gurús de las finanzas. Esos a los que gobiernos como el de Cantabria abren las puertas sin preguntar por el origen de sus divisas. “Cualquier capital será bienvenido en la región”, dicen. No preguntan si procede del narcotráfico, del tráfico de armas o blancas, de los diamantes de sangre. Da igual. Si es dinero, vale. Y si es Benjamin Franklin el que aparece en los billetes, mejor.

Es el nuevo orden mundial del que habla Jorge Lanata en la magnífica serie documental BRIC. Ahora la pasta está en países no democráticos. Lugares en los que se lapida por deporte, en los que se encierra a periodistas. Estados que manejan leyes de la Alta Edad Media para dirigir el destino de ciudadanos considerados en su mayor parte de tercera. Naciones que acogen a miles de inmigrantes en barracas, a los que se priva de cualquier derecho. Ahora están en el fútbol. Han llegado para quedarse. El ciudadano se da cuenta. Al político, mientras haya votos, todo lo demás se la suda.

jueves, 5 de mayo de 2011

LA VENGANZA DE ZDENEK



Después de ver en directo cuatro partidos en los que sus técnicos planteaban el duelo al ‘cerocerismo’ más rácano y aburrido me acordé de Zdenek Zeman, un entrenador checo al que conocí con el ‘boom’ de las teles privadas a principios de los 90. Entonces la Tele5 de J. J. Santos ofrecía los domingos noche un partido de la Serie A, por aquella época una liga tan exótica para los españoles como actualmente la egipcia. En aquellos años, Zeman, del que prácticamente nadie se acuerda, estuvo a punto de cambiar el fútbol italiano, ese del que aunque no lo reconozcan beben en España entrenadores como Lotina, Emery, Camacho o Mourinho (aunque este último lo reconoce sin avergonzarse). Era un entrenador diferente, que intentaba cosas distintas y que permitió soñar al fútbol del sur de Italia como no lo hacía desde la mágica aparición de ‘El Diego’ en San Paolo.

En 1989 Zeman se hizo cargo de las riendas del humilde Foggia, equipo radicado en la ciudad homónima de la Puglia, una de las regiones más castigadas por el norte industrial italiano durante el siglo XX y conocida como el granero de Italia por su importante actividad agrícola. Con el pequeño equipo sureño Zeman demostró que querer es poder. En una época marcada por la utilización de cinco defensas y cuatro centrocampistas, en la que los entrenadores dejaban la responsabilidad atacante en manos de un solo hombre, el entrenador checo apostó por el 4-3-3, que en aquellos tiempos solo era utilizado por el vanguardista fútbol holandés. El norte se reía de él. Se mofaban en las crónicas de los grandes periódicos. No entendían cómo un equipo de abajo, de esos que históricamente juegan a no perder, era capaz de apostar por el ataque como método para batir al rival. Le tachaban de loco, de incomprendido y le vaticinaron un futuro muy negro. Pero la temporada siguiente Zeman ascendió al equipo a la Serie A. Fue entonces cuando surgió ‘Il Foggia dei miracoli’. Un equipo que formaba con uno de los tridentes más espectaculares de la historia del fútbol italiano, con Beppe Signori como referencia y con Francesco Baiano y Roberto Rimbaudi de acompañantes. Aquel conjunto, en el que también figuraron nombres como los de Dan Petrescu o Igor Kolyvanov, alcanzó una clasificación para la Copa de la UEFA y llenó de orgullo al maltratado sur de Italia.

Luego Zeman pasó por la Lazio y la Roma (fue él quien moldeó el talento de Francesco Totti además de hacerle capitán) y todo cambió de repente. Italia se vio sacudida por las acusaciones de dopaje a la Juventus de la todopoderosa familia Agnelli, a quien Zeman criticó con dureza. “El fútbol italiano debe salir de las farmacias”, dijo. Acusó directamente a la ‘Vecchia Signora’ por el uso continuado de EPO entre sus jugadores y desapareció del panorama futbolístico. Deambuló por el Fenerbahce, el Napoli y la Salernitana, pero nunca más entrenó en la élite. Nunca más pudo jugar al ataque en una gran liga. Fue castigado por los mismos que lo subieron a los altares y con su desaparición se murió una nueva forma de entender el fútbol en Italia. Hoy entrena al Foggia en la Serie C y el domingo, al mismo tiempo que varios equipos de Liga española aburrían a miles de espectadores, Zeman volvió a jugar al ataque. Esa será siempre su principal venganza futbolística. El ataque.

miércoles, 4 de mayo de 2011

EL DÍA QUE SE FUE EL ROMBO



El fútbol era otra cosa. En la época en la que España y Portugal entraban en la CEE, cuando Samaranch le regaló los Juegos Olímpicos a su ciudad natal, poco antes de que Narcís Serra llevara a España a la primera operación militar en el extranjero de su historia democrática, el fútbol era otra cosa. Seguía siendo un deporte eminentemente europeo y latinoamericano, los pantalones apenas escondían los órganos genitales de los futbolistas y las espinilleras eran solo para los acobardados o los ‘dieces’ de cada equipo.

No había miedo a la derrota. La mayoría de los equipos grandes salían a ganar y a nadie se le ocurría cerrojar el centro del campo, el lugar donde deben ocurrir las cosas sobre un terreno de juego. La clave de todo aquello estaba en que a alguien se le ocurrió sacar al líbero de detrás de la defensa para colocarlo por delante. Uno de los pasos más importantes de la historia táctica de este deporte. Fue entonces cuando nació el famoso ‘cinco’ que la gente de mi generación siempre ha relacionado con Fernando Redondo, quizá el mejor medio volante del fútbol moderno, con permiso de Pep. Es cierto que hubo otros: Roy Keane, Paul Scholes, Bernd Schuster, Stefan Effenberg, Demetrio ‘Il metrónomo’ Albertini, Lothar Mattahus, Matthias Sammer… Con esta nueva demarcación, que Arrigo Sacchi perfeccionó hasta convertirla en imprescindible en cualquier equipo continental que aspirara a ganar la Copa de Europa, cambiaba completamente el espectro táctico del fútbol. Un jugador creaba y defendía al mismo tiempo formando un rombo en el que por delante aparecía un media punta (que trabajaba mucho más que los de ahora) y dos delanteros. Era fútbol de ataque y muy divertido. Mucho.

Entonces todo cambió. El mundo se globalizó, y el balón también. África se convirtió en la cantera eterna y empezó a exportar jugadores. Comenzó por los talentosos (Rabah Madjer, Abedi Pele, Jay Jay Okocha, George Weah), pero el cerebro dejó de interesar a los poderosos compradores del viejo continente, que empezaron a fijarse en el músculo por encima del talento. Y sin saber por qué, sin un culpable definitivo, aunque con varios candidatos, el fútbol europeo decidió suprimir a uno de los tres atacantes para colocar a un acompañante junto al ‘cinco’. Y nació el doble pivote. Quizá la mayor macarrada de la historia del deporte rey, el punto de partida del juego que tenemos hoy, en el que solo divierten algunos partidos. El resto son sencillamente soporíferos.

Pero si hubo un antes y un después en la historia del doble pivote fue en el Mundial de Estados Unidos de 1994. El Brasil de Romario, Bebeto, Raí, Cafú y Leonardo se llevó el título a las órdenes del rácano Parreira, que por primera vez en la historia hizo jugar a la ‘canarinha’ este fútbol canalla. Claro, aquella pareja la formaban nada más y nada menos que Dunga y Mauro Silva.

Publicado en EL MUNDO CANTABRIA, el 20 de marzo de 2011

martes, 3 de mayo de 2011

BOBAN Y EL DRAMA BALCÁNICO


Cuando César Luis Menotti le dijo a Juanma Lillo “quien solo de fútbol sabe, ni de fútbol sabe”, se refería, casi con total seguridad, a la importancia que ha tenido el fútbol en el desarrollo sociológico de muchos de los países para los que el deporte rey significa hoy día una cuestión de estado. Seguro que el gurú argentino pensaba en el conflicto que protagonizaron en 1969 Honduras y El Salvador. Porque no se puede entender la historia de muchos países sin la existencia de una pelota y una portería. La llamada ‘Guerra de las cien horas’ o ‘Guerra del fútbol’ comenzó con un partido disputado entre ambas selecciones y fue quizá la primera gran incursión del balompié en la diplomacia y en el desarrollo político de un estado. Todo fue diferente en Latinoamérica a partir de ese momento. El fútbol nunca volvió a ser el mismo desde entonces. Pero Menotti, que ganó con Argentina el Mundial organizado por Videla en 1978, seguro que también pensaba en Zvonimir Boban. Un jugador mágico, croata, el ‘Zico de los Balcanes, un mito en el Milan y protagonista a su pesar de una de las mayores vergüenzas que Europa ofreció al mundo durante el siglo pasado: La Guerra de los Balcanes. Un conflicto bélico sanguinario y fratricida cuyo inicio fijan muchos en el entorno de un partido de fútbol.

Todo comenzó en Zagreb el 13 de mayo de 1990. Allí, en el estadio Maksimir, hogar del Dinamo, los locales (croatas) recibían al Estrella Roja de Belgrado (serbio) a semanas vista de las primeras elecciones que celebraba Croacia en cincuenta años; comicios en los que la todavía provincia yugoslava iba a exigir la independencia a sus vecinos del norte. Para la ocasión, 3.000 ultras del Estrella Roja se desplazaron a Zagreb liderados nada más y nada menos que por Arkan, uno de los criminales de guerra más macabros de la historia. El ambiente sobre el césped, el habitual en los Balcanes. Hasta que todo explotó. Los Héroes (ultras de Belgrado) comenzaron a cargar contra los aficionados croatas y la policía, cuyos miembros eran serbios enviados especialmente para los croatas, comenzó a cargar contra la población civil. El césped se llenó de peleas entre aficionados croatas y serbios sin que nadie hiciera nada por evitarlo. Entonces apareció Boban, que a partir de ese momento y hasta el final de la guerra, viajaría siempre en el corazón de los ciudadanos del país de los cuadrados rojos y blancos. El centrocampista, ante la brutalidad contra los suyos de la que aún era su policía, corrió y de una patada derribó a uno de los antidisturbios. No había nada más que hacer. La guerra había regresado a los Balcanes, aunque aún faltaban 200.000 muertos por llegar.

Publicado en EL MUNDO CANTABRIA el 25 de febrero de 2010