domingo, 13 de mayo de 2012

NOVECENTO 5 - SALÓ 2




Se enfadaron de una forma especial. De una manera que solo pueden protagonizar dos vanidosos egos cargados de intelectualidad y trascendencia. Lo hicieron después de unas críticas vertidas por el maestro que el discípulo, en otra época ayudante de dirección, recogió como ataques personales nunca digeridos. El mal como principio, la esperanza como reflexión. El neorrealista subproletariado romano sonando en el hilo musical de dos carreras paralelas que convivieron con una pelota que siempre botaba alrededor de cualquier guión, de cualquier poesía, de los ensayos que escribían en soledad y que luego discutían a cuatro manos sin perder jamás el recuerdo de Bologna y Parma, insaciables magdalenas proustianas. El Comunale y el Tardini. Así se comportaban Pier Paolo Pasolini y Bernardo Bertolucci, dos de los genios escupidos por la posguerra italiana. Marxistas a su manera, trágicos, existencialistas por necesidad. Futboleros. Se alzaban contra el sistema que los rodeaba de la misma manera, con los mismos argumentos, y así intentaban también comprender el mundo. No es casualidad que la Vespa de Nani Moretti terminara el primero de los tres capítulos de su maravilloso Caro Diario en la luminosa y a la vez lúgubre playa de Ostia, a los pies de la estatua que recuerda la muerte de Pier Paolo Pasolini, fallecido en circunstancias todavía no aclaradas. ¿Artista extorsionado? ¿Sucio comunista? ¿Martirizado homosexual? No le importa a Moretti, que nunca había estado bajo ese monumento, símbolo de la decadencia cultural en la que se sumió Italia tras la desaparición de ese “autoritario wing”, como lo definió Gianni Brera, antes de esa personalísima road movie que rodó en 1994 en homenaje al intelectual que intentó estructurar el fútbol desde un punto de vista filosófico-deductivo.

Nada tuvo que ver con el calcio el distanciamiento vivido entre Pasolini y Bertolucci, aunque las diferencias abiertas entre ambos en cuanto a gustos futbolísticos eran más que notables. Mientras el primero era considerado un estudioso del deporte, practicante con cierto nivel según crónicas y revistas de la época, el segundo era el clásico hincha italiano. Bertolucci vibró con el Parma de los años 90, con la llegada de Scala, Sacchi, Asprilla, Brolin, Thuram y Dino Baggio. Amaba el Ennio Tardini (no tanto a aquel maravilloso portero, más tarde campeón del Mundo, que lucía el sospechoso 88 en su espalda), y allí, en peregrinación, llevó a Donald Sutherland mientras trataba de convertirlo en Attila Mellanchini, el desagradable camisa negra que tanta repugnancia provoca en Novecento. No fue afortunado el padre de Jack Bauer, que llegó al circo parmesano en una muy mala época de los ‘crociati’, protagonistas entonces de un interminable ejercicio de funambulismo que los sostenía entre la Serie C y la Serie B. Mejor suerte corrió Pasolini. Antes de la Segunda Guerra Mundial el Bologna era el gran equipo de Italia y también lo fue durante los años 50, década en la que comenzaba a plasmar sus extrañas (por marginales) ideas en novelas, ensayos y poemas. Disfrutó de la insana y tensa final de Copa que los rossoblú ganaron al Palermo en los penaltis en 1974, el último gran título de los de Emilia-Romagna, logrado un año antes del más que probable asesinato del intelectual que nació como escritor y murió como cineasta.

Pasolini tifaba al Bologna con todos los extremismos que puede connotar el verbo ‘tifare’. Lo hacía de una manera despreocupada, enfermiza en muchos casos. Visitaba a los jugadores en los vestuarios para exponer sus puntos de vista sobre los cambios que el juego estaba viviendo en Europa. Disertaba durante horas sobre aquella selección húngara que en los años 50 dominaba un continente que trataba de recuperarse del horror nazi. Escribía artículos, filosofaba sobre el que consideraba el único deporte; su deporte. No en vano llegó a vislumbrar un futuro como extremo en el calcio. Se acercó hasta la quemazón a las principales categorías del país y escriben que fue un jugador preocupado casi en exclusividad por la estética. Con su amor por el balón, clave en los descansos de todos y cada uno de sus rodajes, rompió dos grandes axiomas de la intelectualidad italiana de entonces. Después de Pasolini el fútbol sí podía ser considerado de izquierdas, y una vez superado ese para él complejo histórico llegó a la conclusión de que el fútbol más bello solo podía proyectarse desde un puto de vista marxista. Dividió el deporte rey (pleonasmo en una Italia que se mueve alrededor de las tardes de domingo) entre la poesía y la prosa. “Puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético”, escribió para tratar de explicar la final del Campeonato del Mundo de 1970 en la que se enfrentaron, según su punto de vista, la prosa italiana y la poesía brasileña. Ganó Pelé, por supuesto. “En un sentido puramente técnico, en México la poesía italiana ha ganado a la prosa estetizante italiana”, sentenció más tarde.

Al mismo tiempo, mientras Pasolini jugaba al fútbol con la parodia de esa semiótica que llenaba de desasosiego las universidades italianas, y por contagio las del Mediterráneo, Bertolucci imaginaba Novecento, la magna obra con la que iba a mostrar al mundo cien años de comunismo y fascismo en Italia. La historia del siglo XX que comienza con la muerte de Verdi y en la que Italia se vio representada en los rostros de Olmo, Attila y Alfredo. Había comenzado su carrera Bertolucci como ayudante de dirección de Pasolini en Accatone, la adaptación que el boloñés había dirigido de su propia novela del mismo nombre. Ahí terminó la relación laboral entre ambos, ya que el futbolero parmesano optó por comenzar su carrera en solitario y recoger la herencia del perfecto neorrelismo italiano. Entre su primera película, La comare secca, y Novecento habían pasado catorce años, los suficientes como para abrirse una vanidosa fosa entre aquellos dos genios que exportaban una ‘marca Italia’ muy diferente a la que hubiera gustado en Roma.

Competían en arte y en filosofía. En metáforas y en planos secuencias. En el blanco y negro y en el color. En la modernidad y el clasicismo. Competían en todas y cada una de las facetas de la vida. Hasta el Bologna y el Parma mantienen una larga tradición de partidos complicados para árbitros y aficionados. Sin embargo, en el exterior, en el mundo de los grandes titulares y los medios de comunicación no italianos, su obra era muchas veces confundida. Esto enervaba a Pasolini, que comenzó a utilizar su afilada pluma como arma de destrucción masiva. En mayoría, sus críticas hacia Bertolucci fueron irónicas o satíricas, nunca demasiado dañinas, al menos en la primera lectura. Entre líneas había cierto rencor hacia el que seguía considerando su discípulo. Además, había oído hablar de Novecento, le llegaban noticias del rodaje en la Toscana. Sabía que Bertolucci estaba produciendo una obra maestra; se sentía frustrado.

Considerados como parte de la misma generación, Italia necesitaba que aquellos dos grandes cineastas limaran unas diferencias que hacía meses habían llegado a los extremos. Bertolucci rodaba Novecento. Pasolini dirigía Saló. La cita fue en Parma, con lo que Bertolucci jugó como local, y allí estuvo presente La Gazzetta di Parma para contar todo cuanto aconteciera. “Novecento 5 – Saló 2” fue el titular del periódico al día siguiente. Un día antes, el 16 de marzo de 1975, el día del 34º cumpleaños de Bertolucci, ocho meses antes de la muerte de Pasolini, se enfrentaron en un campo anexo al Ennio Tardini, hogar del Parma B, los equipos de rodaje de Novecento y Saló. Pasolini, que bautizó el choque como “el partido de los diletantes”, lucía el brazalete de capitán, y cuenta el cronista que abandonó el terreno de juego enfurecido ante la escasa consideración que mostraron sus compañeros de escuadra por su fútbol. Más irreal es el relato de Bertolucci, para quien aquel encuentro terminó con el resultado de 19-13, aunque el director de El último emperador coincide con el periodista en que Pasolini abandonó el terreno de juego de muy malas maneras.


No se cumplieron objetivos aquella tarde. No sirvió aquel partido para renovar las buenas relaciones profesionales y laborales que buscaban los dos directores. Sí hubo, más tarde, ligeros acercamientos entre ambos, conversaciones efímeras, cartas que tardaban semanas en ser respondidas. Pasolini falleció en Ostia el 2 de noviembre de 1975, con lo que Saló, que perdió sobre el césped ante Novecento, fue su última película. Se perdió a Kolyvanov, Signori y  a Roberto Baggio, y aunque consideraba el baloncesto un deporte de las élites y para las élites, le hubiera gustado ver las dos victorias logradas enla Copa de Europa por la Virtus de su adorada y roja Bologna.

lunes, 7 de mayo de 2012

FÚTBOLROCK




Cuentan en Manchester que una noche Liam Gallagher y Ryan Giggs coincidieron en un bar de viejas costumbres de la ciudad. Dicen esos mismos seguidores de pinta y pub que la otrora estrella del rock y el todavía genio galés compartieron barra y hasta algún saludo, justo el tiempo necesario para dar tiempo al fútbol en la conversación. Evidentemente la rivalidad City-United no tardó en aparecer, lo que provocó una de las peleas de celebrities más recordadas de la historia reciente de Inglaterra. El momento perfecto para que el mundo conociera que los Oasis eran citizens, esto es, seguidores del Manchester City.
No lejos de allí, también en la misma ciudad, tras un entrenamiento, Wayne Rooney decidió imprimir un nuevo tatuaje en uno de sus poderosos brazos. No eligió al azar el chico malo de barrio criado a los pies del Goodison Park la frase a utilizar para la posteridad: «Just enough education to perform», título del tercer álbum de estudio de Stereophonics, la banda de rock favorita del delantero mancunian, que como Ryan Giggs conquistó Inglaterra y el resto del mundo desde la húmeda Gales.
Más al sur, al noroeste de Londres, en Watford, aunque muchos años antes, Sir Elton John logró cumplir un sueño de infancia: dirigir los designios del club de su barrio. Fue en 1976, ya convertido en estrella absoluta, cuando el cantante logró hacerse con la propiedad del Watford, club que entonces podía considerarse semi amateur. Tres ascensos en seis temporadas pusieron al modestísimo equipo en la élite del fútbol inglés, donde en su primera temporada logró el subcampeonato de la que entonces era conocida como First Division, antesala de la hoy llamada Premier League.
En España la relación entre el fútbol y el rock no es tan cool, ni por las bandas, ni por los futbolistas protagonistas. Pero está el Granada, necesaria excepción. El club de las rayas horizontales es el favorito del indie patrio desde que J, cantante, cofundador y gran espíritu de Los Planetas, decidió darse un tiempo para fundar Montero Castillo y Aguirre Suárez, una banda paralela que homenajeaba a dos de los jugadores más importantes de la historia del club, los centrales del gran Granada de los 70. En ese mismo grupo figuraba también uno de los miembros de Lori Meyers, formación granadina que se comió Youtube con el videoclip Dilema, en el que los componentes de la banda, con la actual camiseta de franjas rojiblancas horizontales, se enfrentaban a un conjunto formado entre otros por el propio J, de Los Planetas. Llegaba así la tradición más rockera del balompié, esa música que apenas suena en los estadios españoles.

lunes, 16 de abril de 2012

AITOR



Aitor era un tipo elegante. Alavés, gente de orden, educado en esa suerte de escuela de la vida y de muchas otras cosas que es Lezama. Vasco cumplidor de tópicos. Alto, sereno, fuerte en el ejercicio de su oficio. Un profesional. A Aitor desde pequeño se le inculcó la tradición, el honor que suponía vestir la camiseta del Athletic. Escuchó cada día las historias de los mayores del club, las leyendas, que le hablaron de Zarra, de Dani, de Andrinua, de Piru Gaínza, de Pichichi. De la historia, de los valores, del impacto sociológico que suponía para su tierra pisar el césped de San Mamés cada domingo. De lo que habían significado aquel escudo y aquel estadio para el desarrollo del fútbol en este país. Además, Aitor tuvo suerte. Vio jugar al equipo de Javier Clemente, el de las dos ligas, el de los 80, el último que sacó la gabarra a la ría.

Su paso por Lezama, su contacto con Iribar y con otros mitos, forjaron una personalidad que rayaba con la introversión extrema. Así era también sobre el césped, ya como profesional. Cabeza alta. Ni una mala patada. Compañero, con los suyos y con el rival, hasta las últimas consecuencias. Tanto que el Real Madrid (otro Real Madrid, muy diferente al dirigido por las tesis mendesianas de hoy día) se fijó en él para convertirlo en un central de época en la escuadra blanca. Estaba llamado a serlo. Por personalidad y por condiciones. También en Madrid cumplió con lo que se esperaba de él dentro y fuera de la cancha. Nunca levantó la voz. Jamás se le vio dando la nota en una celebración. Así era Aitor. Camisa, chaqueta y zapatos. Tan amigo de Raúl como de McManaman. Un pilar del vestuario en la sombra. Un tipo con el que cualquiera podría tomar una caña; un ejemplo para los niños.

Luego Aitor buscó un retiro dorado y una nueva cultura en Denver, donde continuó con su formación al mismo tiempo que vestía la camiseta del Colorado Rapids. Era el genial broche a una carrera plagada de éxitos, de elogios, de guiños de respeto hacia su profesión y a su deporte y también de títulos al más alto nivel. Pero había que buscar un nuevo camino, nuevas ocupaciones. Eligió ser entrenador. Y de repente Aitor mutó. Se convirtió en un tipo arisco, soberbio, maleducado. Alguien capaz de justificar lo impresentable; fuerte con los débiles, débil con los fuertes. Se encontró con José, el carismático José. Quizá el tipo que más ha influido en su vida. Tanto que Lezama desaparició del subconsciente de Aitor. También Iribar. No es bueno tocar a los mitos, pero estoy seguro de que 'El Chopo' no se sentiría hoy orgulloso de Aitor.

PUBLICADO EN EL MUNDO CANTABRIA EL 12 DE ABRIL DE 2012

domingo, 8 de abril de 2012

BORA GREEN ZONE



Pensar en San Nicola de Bari es hacerlo en Antonio Cassano. En ese maravilloso gol que el ídolo del sur anotó en tan precioso estadio frente a un decadente Inter y que le abrió las puertas de las mansiones de Como y Aosta. Un tanto que también trajo contrapartidas, porque aquel simpático chaval que enamoraba al periodismo gracias al punto histriónico de su acento se convirtió a su pesar en el jugador que debía salvar el calcio; un peso demasiado grande para el inventor de las ‘cassanattas’ y que no ha dejado de perseguirle desde aquella tarde de fútbol con la que logró cambiar su vida y la de toda su familia. “¿Qué siento? Que voy a ser millonario”, respondió aún sobre el césped, en camiseta de tirantes, el talentoso y glotón futbolista nada más concluir un partido con el que cumplió el sueño de cualquier pugliese: triunfar humillando a los representantes de la zona  septentrional del país. De allí, desde San Nicola, desde la misma orilla del luminoso Adriático, voló ‘Fantantonio’ en dirección a la particular línea Mason-Dixon italiana. A Roma, ciudad mucho menos abierta aunque igual de neorrealista que la de Rossellini, desde que Giorgio Alemanno, barese de nacimiento como Cassano, alcanzara la alcaldía en 2008. La capital del estado, el lugar que marca la separación definitiva en el país europeo más dividido por la brújula. Allí se encontró el chico de las marcas en la cara, recuerdo de una durísima infancia, con Francesco Totti. Y entonces acertó a tocar el cielo con la punta de los dedos.

Pero pensar en San Nicola de Bari es también hacerlo en Velibor Milutinovic y en aquella calurosa tarde de verano de 1990 en la que el técnico serbio derribó, junto a la selección de Costa Rica, varios axiomas mundialistas de la época. El serbio de los mil idiomas había aceptado la oferta de una selección marginal apenas unos meses antes. Un equipo conformado por jugadores semiprofesionales que ni siquiera tenían la capacidad de soñar con un ocupar un lugar en una plantilla de un gran equipo europeo o sudamericano, pero con el que logró un nuevo hito personal: lograr clasificar a un combinado nacional para una fase final de un Campeonato del Mundo por segunda vez en un periodo de ocho años. Antes ya lo había hecho con México en el Mundial que organizó el país norteamericano en 1986, logros que por supuesto no pasaron desapercibidos absolutamente para nadie. Entre medias, entre el Azteca y San Nicola, Bora  había dirigido al San Lorenzo de Almagro y al Udinese, símbolo del vueltamundista viaje que más tarde caracterizaría toda su carrera y con el que pasaría a la historia del fútbol. Tras aquella derrota frente a Checoslovaquia (4-1), Costa Rica dejó automáticamente de ser considerada como la selección revelación del torneo, aunque toda Italia, especialmente en los estadios del sur, aplaudió el buen hacer de aquellos rebeldes e irreverentes futbolistas que en la primera fase habían logrado vencer a Bélgica (semifinalista en 1986) y a Suecia, además de caer por un exitoso 1-0 ante la Brasil de Muller, Careca, Valdo, Branco, Alemao y Jorginho.

Fue también tras aquella aquella derrota cuando el técnico nacido en las montañas serbias, todavía entonces la Gran Yugoslavia de Tito, aunque crecido en Belgrado a la sombra del estadio Partizán, recibió la llamada más importante de su vida en los banquillos. Respondió al teléfono y al otro lado escuchó cómo se presentaba Alan Rothenberg, el entonces presidente de la Federación de Fútbol de Estados Unidos. Rothenberg tenía a su cargo una de las más arriesgadas operaciones de marketing jamás realizada por la FIFA en su historia. Por primera vez desde la organización del Campeonato del Mundo de 1930 en Uruguay, el primero de la historia, el máximo organismo futbolístico a nivel planetario había optado por desarrollar un Mundial en un país donde el deporte rey no era tal. Allí era conocido como soccer y ni siquiera formaba parte de una corte dominada con autoridad por unos reyes llamados béisbol, hockey, baloncesto y por otro fútbol, el football, el americano. La FIFA quería abrir un mercado que se asomaba al abismo una vez que abandonaba Europa y Latinoamérica, y Estados Unidos fue la primera cobaya de un laboratorio en el que Rothenberg iba a ejercer como jefe supremo. Para lo bueno y para lo malo. Y Rothenberg ofreció a Milutinovic poderes totales durante cuatro años para intentar que la selección patria al menos superase la primera fase en el Mundial que organizarían en 1994. El serbio todavía yugoslavo, que veía como su país empezaba a rajarse con el comienzo de la década, aceptó sin pensarlo demasiado. Conocía el equipo y conocía el país. Mucho además. Lo conocía de su época al frente de la selección mexicana con la que había disputado el Mundial anterior y había seguido todos sus partidos de aquel verano en Italia, especialmente el que disputaron en la primera fase frente a Checoslovaquia, verdugo final de Costa Rica. Aunque no todo eran esperanzas; también era consciente Milutinovic de los escasos fundamentos tácticos y técnicos de aquel equipo que terminó penúltimo en 1990  y que era completamente obviado por la opinión pública del país. Aquello era un deporte de europeos; y así debía seguir siendo. Ese era el punto de partida desde el que comenzaba el trabajo de un hombre que ya era conocido como ‘The miracle worker’.

Milutinovic firmó y se trasladó a Chicago (Illinois), sede de la USSF. La selección no tenía por entonces un centro de entrenamiento donde aglutinar a los jugadores surgidos principalmente de la inmigración extranjera –británicos, italianos y centroeuropeos, sobre todo- pero todo funcionaba desde el cuartel general de la ciudad del viento. El hoy conocido como Home Depot Center de Carson (California), la gran ciudad del fútbol yanki, lugar de entrenamiento entre otros de Los Ángeles Galaxy o Chivas USA además de la selección, surgió de la mente de Bora, aunque nunca vio culminado el proyecto. Abandonó mucho antes, en 1995, solo unos meses después del mayor éxito del fútbol de aquel país, aunque con los galones suficientes como para continuar circundando el globo. Junto a Tony Meola, Cobi Jones, Eric Wynalda, Alexi Lalas o Tab Ramos, logró clasificar a Estados Unidos para los octavos de final del campeonato tras lograr  una victoria ante Colombia (trágica por el asesinato de Andrés Escobar tras su gol en propia meta), un empate contra Suiza y caer frente a Rumanía. En 1995 dijo adiós. La federación le exigía un mayor compromiso en la formación de talentos, en la búsqueda de nuevos valores en las universidades, en la construcción de una estructura definitiva para aquel soccer que cada vez se acercaba más al fútbol. Milutinovic dijo no. Él era entrenador, jamás había sido un gestor. Ni ganas.

Después de aquella genial aventura, en la que había tocado los lugares de poder más importantes de Estados Unidos, que era como decir del mundo, Milutinovic continuó ejerciendo de trotamundos. Tanto George Bush padre como Bill Clinton le habían pedido consejo y opinión sobre la cruenta guerra civil que se vivía en los Balcanes, había hablado de fútbol con David Stern y era un habitual en actos de patrocinio de las principales multinacionales junto a directivos, presidentes y consejeros delegados. Su forma de expresarse, su cosmopolitismo, su facilidad para los idiomas, el desapego hacia el mundo con el que ejercía su actividad vital, provocado por su obsesión por el fútbol, calaron en la América más profunda, que no se olvidaría de él tan fácilmente. No tardó demasiado en hacer la maleta y en regresar a su adorado México. ¿Objetivo? Una nueva clasificación de una selección nacional para un Campeonato del Mundo; en este caso el de Francia 1998. Objetivo que por supuesto cumplió. Pero no viajó a Europa con los aztecas aquel verano. Lo hizo con Nigeria, combinado que llevó a la segunda fase del Mundial de Zidane tras humillar a la España de Clemente. Una España que ya no interesa.

Era el verano de 1998. Aún faltaba mucho tiempo para que Bora Milutinovic llevara hasta el extremo la teoría de los seis grados de separación. Once años concretamente fueron los que pasaron hasta que en la Casa Blanca se acordaron de aquel entrañable personaje que había logrado dar el salto de calidad que necesitaba el fútbol en Estados Unidos. Y ocurrió porque alguien recordó un hecho acontecido muchos años atrás, en Italia, en 1990, durante una visita que Henry Kissinger realizó al hotel de la selección alemana días antes de que los federales debutaran precisamente frente a Yugoslavia. Fue allí donde el que puede considerarse como el político más influyente de la segunda parte del siglo XX mantuvo un breve encuentro con Franz Beckenbauer, mito y seleccionador de la República Federal de Alemania. Ya por aquel entonces Estados Unidos sabía que organizaría el siguiente campeonato, y Kissinger trasladó al bávaro su preocupación ante un más que probable ridículo de su país. El eterno líbero lo tuvo claro: “Fichad a Milutinovic”, le dijo. Kissinger grabó el consejo en su cerebro y se lo trasladó a Rothenberg, presidente de la Federación y el encargado de marcar el número de teléfono del serbio en aquella calurosa tarde de verano en Bari.

En 2009 el fútbol regresó a los despachos de la Casa Blanca y el Pentágono. Irak había ganado la Copa de Asia de 2007 y debía representar a su continente en la Copa Confederaciones que se celebraría en Sudáfrica en el invierno austral. El país, completamente destruido, estaba controlado política, económica y jurídicamente por Estados Unidos, que intentó utilizar el fútbol para lanzar un mensaje de normalidad a pesar de los decenas de miles de muertos provocados por la guerra. En realidad la Casa Blanca acudió a Ciudad del Cabo con dos selecciones: Estados Unidos como ganador de la Copa de Oro e Irak como campeón de la Copa de Asia. Una dirigida por Bob Bradley y la otra por Bora Milutinovic, que firmó su contrato para solo cuatro partidos en la mismísima Green Zone de Bagdad. 

domingo, 25 de marzo de 2012

1986




Dicen que durante la noche del 20 de abril de 1986 dios se vistió de jugador de baloncesto. Fue en el Garden, en Boston, semicolonia irlandesa plagada de históricos ladrones y carísimas y elitistas universidades. El último reducto del ‘british style of life’ de aquellos 13 fundadores de la Unión que decidieron enfrentarse a la metrópoli buscando el que quizá puede considerarse como el primer sueño americano datado jamás. Allí, a los pies de un vetusto y desgastado parqué, algunos pocos escogidos acertaron a ver el perfil de una deidad en la muñeca de Michael Jordan, un imponente atleta que eligió aquel templo, dirigido entonces de forma incontestable por el apóstol Bird, para entrar definitivamente en la historia. 63 puntos. Derrota para los Bulls de aquel insolente jugador crecido en la calurosa y bella Carolina del Norte. Cultura pop. Fue la primera vez que la religión y el deporte cruzaron sus caminos en aquel año en el que España y Portugal se convirtieron en miembros de pleno derecho de la Comunidad Económica Europea. Portadas, cientos de portadas. El periodismo estadounidense reafilando sus plumas para tratar de escribir la que entonces fue considerada como “la gran historia americana”. Indiana y Carolina del Norte. Blanco y negro. Veterano y recién llegado. Bird y Jordan.

Era primavera, pero solo en la zona templada del hemisferio norte. En México Distrito Federal, mastodóntica ciudad, disfrutaban de los 20 grados habituales, aunque había prisas en aquellas fechas en la capital del estado más maltratado de Norteamérica. Menos que en aquellos lejanos meses de febrero y marzo de 1968, Juegos Olímpicos marcados también por otras primaveras: las de París y Praga; la de la UNAM, pero las suficientes como para agobiar a políticos locales y organismos internacionales. En aquella década del amor México era considerada como una potencia mundial, pero en 1986 corrían otros tiempos, menos agraciados económicamente, en los que el fútbol viajaría desde la España de 1982, que al mismo tiempo que enamoraba por su ejemplar Transición era incapaz de mostrar al planeta ningún tipo de capacidad organizativa, a una Latinoamérica que trataba de despojar la sombría y continua presencia de Estados Unidos de su rutina diaria.

Fue el Mundial de la sombra omnipresente en el Estadio Azteca. El campeonato que lanzó al mundo a un maleducado personaje que cambiaría la historia del deporte con más crecimiento de todo el siglo XX. Alguien que más tarde mezclaría en su vocabulario diario vocablos como Che, cocaína, Havelange o Kusturica, pero que en aquellos tiempos buscaba el perdón de la Argentina post Menotti. Diego Maradona capitaneaba un equipo rudo, duro, insolente y sin talento. Una selección polémica, con un entrenador polémico y un capitán que prácticamente había inventado la polémica en el fútbol. Pero aquellos tipos llegaron a la final del Azteca. Algunos lo habían soñado (el primero Diego), pero lo que no imaginaron jamás fue que se encontrarían con dios, como Bird unos meses antes, durante dos veces en el mismo partido. Fue mucho antes del enfrentamiento ante Alemania en el que Maradona ‘permitió’ que Valdano y Burruchaga compartieran su gloria. Fue en los cuartos de final de aquel maravilloso Campeonato del Mundo. Y ocurrió donde ocurren las cosas. En el Azteca, frente a la Inglaterra de Peter Shilton y Maggie Thatcher. La venganza de las Malvinas, el que ha pasado a la historia como ‘el partido contra los ingleses’. La mano de dios. ¿El mejor gol jamás anotado por un futbolista en cualquier competición? De nuevo, como en el Garden en el mes de abril, el deporte y la religión cruzando sus destinos. Fue el 22 de junio.

Aquellos dos hitos, el Mundial de Maradona y la eclosión definitiva de Michael Jordan, marcaron la información deportiva de 1986. El mundo vibraba con los dos nuevos ídolos, tan diferentes, tan capaces de generar la información más diversa, dueños de dos de los patrocinios deportivos (Puma y Nike) más importantes de la época, jamás firmados antes por un deportista. Uno se convirtió en el encargado de resucitar una liga que agonizaba, el otro lanzó al fútbol a un nuevo nivel, porque después de México 1986 el Campeonato del Mundo ya podía compararse de igual a igual con los Juegos Olímpicos, los grandes rivales de Joao Havelange.

Fue el argentino malencarado quien fagocitó todo el ruido mediático surgido alrededor del fútbol durante aquel verano. Incluso lo hizo con un gol fantástico, maravilloso. Un tanto anotado por uno de los llamados nadies del fútbol, aunque reconocido por muchos otros. Jugador local, ídolo histórico junto a Hugo Sánchez y Cabinho en los Pumas de la UNAM, Manuel Negrete se ganó su presencia eterna en las paredes del Estadio Azteca merced a una media tijera mucho más recordada en Bulgaria, su rival de aquella tarde de octavos de final, que en el resto del mundo. Ahí está la placa de Negrete, bien visible en los muros del templo capitalino, junto a la de Diego Armando Maradona y la del partido disputado entre Italia y Alemania en otro Mundial chilango, ‘el partido del siglo’, 1970. Después de aquello, tras aquel balón servido por el ‘Vasco’ Aguirre que nunca tocó el suelo, Negrete viajó a Europa para disfrutar de dos Sporting: el de Lisboa y el de Gijón. Sin embargo, aprovechó la fama efímera, eterna en el Azteca, para educarse como gestor del fútbol mexicano. Tan diferente su carrera a la del gran ídolo de aquel campeonato.

Ahí podría resumirse todo lo que aconteció en 1986. Tras la aparición del gran atleta del siglo y del que muchos consideran como el mejor futbolista de todos los tiempos, pocos periodistas fueron capaces de llenar las primeras de los principales periódicos con historias tan jugosas como aquellas. Pero sí las hubo. Antes del Mundial, pero las hubo. Fueron las historias personales de los jugadores del Steaua de Bucarest, que conquistó Sevilla en una tórrida noche del mes de mayo de aquel año. El agit-prop de Ceausescu llegó al Sánchez Pizjuán desde el otro lado del telón. Muchos jugadores de aquel tosco equipo no lo sabían, pero era como si formaran parte del Partido, del sistema, de la sangrienta forma de entender la política de aquel gobernante loco capaz de construir el edificio más grande del mundo en una capital que por entonces se caía a pedazos. Comunistas que llegaban a Andalucía para enfrentarse al Barcelona de Alexanco, Carrasco, Migueli, Archibald, Schuster y Marcos y que se veían empequeñecidos frente al histriónico e hipnótico mundo capitalista. Pero en las horas previas aquel bloque encabezado por Lacatus y Belodedici daba la sensación de que era perfectamente consciente de poder cambiar la historia; lograr lo que no pudo la Hungría de los 50, la de Puskas, Kocsis y Czibor. Llevar al otro lado, a la parte oriental de Europa, al Este, a lo más alto de una competición futbolística. No brillaron como aquellos magiares que cayeron derrotados frente a Alemania en el Mundial de Suiza de 1954; pero los húngaros perdieron, mientras que los rumanos vencieron al Barcelona. Fue tras una fallida tanda de penaltis en la que solo dos jugadores comunistas fueron capaces de convertir sus lanzamientos. El Telón de Acero había levantado su primera Copa de Europa. Fue en mayo. Fue en 1986.  

domingo, 11 de marzo de 2012

REGGAE NANTAISE



Le dolía el pie. Mucho. El dolor se había convertido en insoportable desde hacía ya varios meses, desde aquella estúpida herida que llegó durante un partido de fútbol, su pasatiempo favorito. Estaba en una suerte de camerino de la Monumental de Barcelona, cerca de toriles, recordando junto a un grupejo de periodistas españoles otro concierto, también en España, también en el Mediterráneo, también en una plaza de toros. Fue en Ibiza. La real, la verdadera Ibiza. La que miraba hacia el mar más luminoso que nadie pueda imaginarse ajena aún a los abdominales de quirófano que llenarían sus playas apenas unos años después. Allí estaba Bob. Cansado, optimista, ensimismado en un cogollo de marihuana, su otro gran pasatiempo, que el manager  le había hecho llegar cumpliendo con una de las cláusulas del contrato que habían firmado sus agentes a petición del propio líder de la banda, que miraba al suelo evitando que las decenas de personas que lo rodeaban descubrieran el gesto descompuesto de su rostro ante el dolor. En aquel momento alguien se acercó tratando de darle ánimos. Le dijo que en aquel mismo lugar, en aquel mismo albero, los Beatles habían asombrado a una España que ya no interesaba a golpes de guitarreos fáciles y deliciosas e innovadoras canciones pop. Ese mismo periodista, hoy autoconsiderado gurú de la cosa musical nacional, le explicó a Marley que Lennon había saltado al escenario vistiendo unos pantalones de alguien llamado Joan Gaspart, que solo dos años antes había alcanzado la vicepresidencia del Barcelona. “Antes de subirse al autobús, todavía en el hotel, Lennon le pidió prestados los pantalones. Le dijo que estaban mejor planchados y que los quería llevar durante la actuación”. Y Bob sonrió. Lo hizo porque el fútbol había regresado a su cabeza, nublada como casi siempre de ganja fresca. Porque cuando pensaba en un balón se olvidaba de los dolores, del racismo que había vivido en muchos puntos de Inglaterra durante aquella esforzada gira. Hierba y fútbol, esos eran dos de los pilares que forjaban y sujetaban el espíritu de Bob Marley & The Wailers, una banda que seguía pensando a lo grande a pesar de los problemas de salud que sufría el líder desde hacía ya demasiados meses; y pensar a lo grande era hacerlo en la gira mundial que la compañía les había preparado junto a Stevie Wonder para el año siguiente.

Escriben los que estuvieron que aquel concierto de Barcelona fue inolvidable porque en el escenario estaban las grandes estrellas del momento, capaces de epatar con las clases sociales más enfrentadas. Por nada más. No fue una exhibición de musicalidad excelsa, sino que simplemente se dedicaron a  cumplir con los éxitos que exigían los varios miles que habían pagado la entrada para ver en directo a aquellos extraños músicos que lograban parar el mundo a su alrededor en el momento que comenzaban a desarrollar una melodía.  Lo hacían gracias a mensajes que aquella España ya asomada al devenir de la historia tras años de oscuridad intelectual aceptaba con la mayor naturalidad. Como si nada hubiera pasado en los 40 años anteriores. Había que olvidar, y allí estaban aquellos jamaicanos para poner su grano de arena sobre una Transición que era observada con escrupulosa atención por los países del entorno.

El concierto terminó y los críticos escribieron sus crónicas. División de opiniones y vuelta al ruedo. El grupo abandonó la Monumental de Barcelona rumbo al hotel. Bob Marley estaba muy cansado, muy afectado por los dolores, que después de la adrenalina expulsada sobre el escenario habían regresado multiplicándose. Eran dolores musculares y dolores agudos que ascendían desde el dedo gordo del pie expandiéndose por todo su cuerpo. Era cáncer. Un maligno melanoma, pero nadie en aquel autobús quería hablar de ello. Nadie pronunciaba la palabra maldita. Si no se mencionaba no existía. Así vivía Marley, que calmaba sus dolores fumando marihuana como nunca antes lo había hecho. Ya de vuelta en su habitación se acercó de nuevo el mismo manager que apenas unas horas antes le había pasado los ingredientes necesarios para poder liarse el peta de rigor anterior a cada actuación. Se sentó junto a él para contarle que al día siguiente aterrizarían en Nantes, ciudad francesa asomada al Atlántico. Era algo habitual antes de cada desplazamiento, de cada hotel, de cada escenario. Bob se sentaba y alguien le explicaba el plan de viaje, aunque hacía ya demasiadas ciudades que el músico había dejado de escuchar. Los dolores se lo impedían y todo su esfuerzo intelectual estaba dirigido a desplazar aquella sensación de su cerebro. Lo demás no era importante. Pero aquel día fue diferente.

Cuando Marley escuchó la palabra Nantes la sonrisa volvió a aparecer en la comisura de sus labios. Conocía aquella ciudad porque recordaba a la perfección las gestas de José Arribas y Henri Michel, entrenador y jugador respectivamente de una de las mejores formaciones futbolísticas que ha dado la historia. Bob Marley sabía de la existencia de aquellos dos visionarios, padres de ‘Le jeu à la nantaise’ que llevó al fútbol francés a un estadio superior desde una región en la que el balompié no había dado demasiadas alegrías. Hasta su llegada los títulos estaban a 700 kilómetros de distancia hacia el Este, en Saint Etienne, ciudad que albergaba a un club de nombre homónimo que acumulaba tantos títulos como críticas hacia su juego. El denominado años después por L’Equipe como “mejor club francés de todos los tiempos” había logrado la contratación de un fenómeno como Michel Platini, pero nunca había enamorado a pesar de casi lograr el sueño eterno del fútbol francés hasta la aparición de Bernard Tapie y su polémico Olympique de Marsella: ganar una Copa de Europa. El Bayern Múnich les despertó súbitamente de aquella duermevela un año antes de que aquel maravilloso Nantes ganara en 1977 la segunda liga de la década de la música disco, el soul y el punk… Y por supuesto el reggae. En los sesenta se habían proclamado campeones de Francia en dos ocasiones, lo mismo ocurriría en los 80. De ahí que a Marley volviera a sonreir en aquel autobús.

Era el 1 de julio de 1980 y al día siguiente Bob Marley & The Wailers ofrecerían su arte a miles de franceses que gracias a la influencia colonial ya habían adoptado los ritmos caribeños como propios. Había cansancio acumulado en la expedición que conformaba la gira europea, sin embargo el grupo se propuso jugar un partido de fútbol, algo que ya había sucedido unos días antes en Barcelona. A alguien se le ocurrió que aquel juego de distensión y diversión podría jugarse en La Jonelière, la ciudad deportiva escuela futbolística surgida de la imaginación de José Arribas que había permitido al modesto Nantes cambiar completamente la estructura táctica del fútbol. Allí se enseñaba el deporte envuelto en una ideología que recorría todas las estancias del club, desde la presidencia hasta el último alevín. Y el responsable de todo aquello era un vasco exiliado durante la Guerra Civil. El lugar ideal para que una banda de reggae se relajara antes del enésimo concierto de una interminable gira.


El partido se jugó la mañana del 2 de julio, la misma del concierto, y se decidió que sería un enfrentamiento de cinco contra cinco. En un lado las estrellas del Nantes que habían levantado el título de Liga ese mismo verano: Bertrand-Demanes, Baronchelli, Amisse, Rampillon y Henri Michel. En el otro bando Bob Marley & The Wailers: Junior Braithwhite, Bob Marley, Carlton Barret, Alston ‘Family Man’ Barret y Al Anderson. Bob Marley no brilló demasiado en un choque en el que el resultado no fue lo importante y en el que los franceses se quedaron asombrados con la capacidad futbolística de aquellos músicos que habían llegado a las instalaciones deportivas completamente colocados. A Marley por supuesto que le dolía el pie. Mucho. Lo mismo que aquella tarde en Barcelona antes de saltar al albero. Lo mimo que en todos los conciertos anteriores. Pero el fútbol era su tratamiento. Fútbol y ganja. Las dos columnas que sostenían a la banda jamaicana más influyente de todos los tiempos.

Aquella herida que se había producido durante un partido de fútbol fue el principio del fin de Bob Marley. Se convirtió en un melanoma maligno que más tarde se convirtió en metástasis y que alcanzó a los pulmones y el cerebro para llevarse para siempre a un ser humano especial que prefirió la religión a la medicina y que nunca escondió su pasión por el fútbol, el deporte que, paradojas de la vida, le permitía ofrecer su espalda al dolor. Moriría en el mes de mayo del año siguiente convirtiendo a Kingston en la capital del mundo por unos días. Todo el país rindió tributo a aquel carismático líder que sigue presente en el corazón del fútbol del país. Lo hace gracias a una estatua que preside la entrada al Estadio Nacional de la capital, donde los 'reggae boyz' de Frank Sinclair lograron el histórico pase a la fase final del Campeonato del Mundo de 1998. Un Mundial que curiosamente se celebraría en Francia y en el que ganó una selección anfitriona que contaba en sus filas con Marcel Desailly, Didier Deschamps y Christian Karembeu, todos ellos formados La Jonelière, la fábrica de futbolistas del Nantes.

domingo, 4 de marzo de 2012

ADIDAS 74: DOS RAYAS



Todo en él fue diferente desde el principio, desde sus comienzos en los duros y pelados campos de Dresde, ciudad oriental, excomunista y en eterna reconstrucción, hasta su reciente conversión en sosegado y brillante técnico. La disciplina, el fútbol de estado, la solidez táctica, el juego fácil, el materialismo dialéctico, fueron detalles que marcaron durante su esforzada infancia la manera en la que más tarde se enfrentaría a la vida y a un deporte, el fútbol, que mediada la década de los noventa, como los Juegos Olímpicos, como la NBA, como la FIFA, se encontraba en pleno descubrimiento de las mieles del espectáculo, concepto que cambiaría para siempre la forma de entender el ocio en todo el mundo. Aquello era un negocio que muy pocos vieron durante aquellos años 80 de barro, líbero y diminutos pantalones pero del que todos quisieron aprovecharse a posteriori. Matthias Sammer, ajeno a los coches, relojes y zapatos que empezaban a llenar los aparcamientos y vestuarios de la Bundesliga, decidió que aquello nunca iría con él. Ni en el césped, ni fuera de él. Y cumplió, vaya si cumplió. Lo hizo incluso después de levantar el último Balón de Oro concedido a uno de los denominados jugadores defensivos, un honor que no recayó en Franco Baresi o Danny Blind, sino en un alemán que nació en el Este, que emigró al industrial Oeste (al firmar su contrato en Stuttgart se convirtió en el segundo jugador de la Alemania Oriental en fichar por un gran club del otro lado una vez caído el Muro) y que evolucionó hasta ser considerado como un duradero y verdadero ejemplo de lo que significa ser futbolista en Alemania.

A finales de los 80, mientras Roger Waters y David Gilmour soñaban con la Puerta de Brandenburgo, Sammer levantó dos títulos de campeón de la Alemania Oriental con el Dynamo de Dresde, club en el que curiosamente también triunfó su padre tanto en el terreno de juego como en los banquillos. Pero el Muro cayó y Alemania, ya unificada, comenzó a pensar en levantar de nuevo un título de campeona del Mundo, esta vez en el Rose Bowl de Los Ángeles. La mira estaba puesta en el verano de 1994 y la selección, como en tantas otras ocasiones, se convirtió en un elemento de propaganda política. Había que demostrar la unión del país a todos los niveles y el deporte volvió a ejercer de catalizador, con el fútbol como pionero. Las promesas del Este (no las de Cronenberg) comenzaron a buscarse la vida cerca de las industriales ciudades del Rhur y el Neckar, donde el fútbol es tan importante como la siderurgia y la metalurgia. Allí llegó Sammer. Primero a Stuttgart y posteriormente a Dortmund, donde alcanzó el grado de leyenda con el que hoy es reconocido por hinchas y rivales. Porque Sammer proyectaba todo lo que se esperaba de un futbolista alemán de entonces. Sobriedad, seguridad, educación y buenas maneras. Y es que entonces todavía faltaban muchos años para que los chicos de Joachim Löw latinizaran el fútbol teutón.

A las faldas de la Gelbe Wand, el muro amarillo que da cobijo a 25.000 almas renanas en el Westfalen Stadion (hoy Signal Iduna Park), el magnífico futbolista que ya era Sammer comenzó a esculpir una demarcación sobre el césped que hoy podría ser considerada como una de las precursoras del doble pivote. No era centrocampista, pero tampoco central. Creaba y destruía. Era un sweeper, pero también un play maker. Y aunque en muchas ocasiones pudiera parecerlo, nunca ejercía de líbero. Al menos conscientemente, ya que todo alemán que en algún momento haya dado una patada a un balón ha soñado con ser Beckenbauer en el Mundial de 1974. Además Matthias Sammer vestía las botas Adidas World Cup, las mismas que el jugador alemán más famoso de todos los tiempos. Las portó siempre y no siempre fue fácil hacerlo. Recordemos. Estamos en la última década del siglo XX. Todo está aún por hacer en el fútbol.

En 1990 era imposible para un aficionado adquirir cualquiera de las camisetas que vestían las 24 selecciones que participaron en el Mundial de Italia. Solo cuatro años después, meses antes de que comenzara el Campeonato del Mundo de Estados Unidos, esas camisetas, a considerables precios, estaban en todos los centros comerciales y tiendas a disposición de aficionados y coleccionistas. Era el tiempo del marketing futbolístico, un deporte que rápidamente adaptó conceptos como mercadotecnia, patrocinio, esponsorización o producto oficial. A partir de ese momento todo estaba a la venta en el fútbol, que encantado de sí mismo no dejaba de mirarse en el espejo que desde el otro lado del Atlántico proyectaban las Grandes Ligas de béisbol, la NFL y la NBA. Allí la guerra Adidas-Nike ya había comenzado años antes (con Reebok como tercer gran ejército en discordia), pero Europa aún se mostraba virgen en ese sentido, con equipos que ni siquiera se preocupaban de mostrar la marca que los vestía y mucho menos en pensar en sacar un rédito económico por ese concepto. Sin embargo, si había una marca dominante, aunque es cierto que de modo latente, esa era Adidas, relacionada históricamente no solo con las mejores selecciones nacionales del continente sino también con los mejores clubes. A pesar de todo la relación de los principales representantes del fútbol europeo con las marcas era lateral, nunca directa y así se mantuvo hasta que Nike decidió desembarcar en el continente a golpe de talonario.

El trasatlántico estadounidense desarrolló su se llegada al fútbol continental a través de dos clubes principalmente: PSG y Borussia Dortmund. Con ambos equipos firmó leoninos contratos que obligaban a jugadores y técnicos a mostrar bien visibles el logo y la marca siempre que aparecieran en público en representación del club, avisando además de que lo contrario acarrearía el pago de considerables multas. Es decir que, de repente, de un día para otro, el conjunto renano, gran dominador del fútbol europeo en aquellos años, con jugadores en su plantilla de la talla de Chapuisat, Kohler, Möller o el propio Matthias Sammer, obligó a sus futbolistas a vestir botas Nike. Hubo quejas. Muchas quejas, pero aquellos que se resistían se veían obligados a claudicar. Al fin y al cabo buena parte de los contratos millonarios que entonces pagaba el Borussia Dortmund emanaban directamente de los ingresos recibidos por esta relación especial mantenida con el imperio norteamericano del deporte que, una vez más, había dado completamente la vuelta a la manera de entender el marketing deportivo.

Uno de los más quejumbrosos fue el propio Matthias Sammer, que no dudó en afirmar públicamente que no se encontraba cómodo vistiendo las, todo hay que decirlo, durísimas y arcaicas Nike Tempo. Lo dijo ante los medios antes y después de los partidos, pero la presión por parte de sus directivos le obligó a cumplir con aquel novísimo contrato. Hasta que ideó la manera de engañar a la máquina. Más tarde, una vez descubierto, reconocería que la artimaña que le llevó a un abierto enfrentamiento con Nike se produjo con la ayuda de las señoras de su familia, que le ayudaron en su pícaro cometido. Sammer, que como cualquier otro superviviente de la Alemania Oriental había pasado su infancia ingeniándoselas para conseguir lo imposible, decidió enfrentarse al sistema de una manera muy casera, llevando hasta las últimas consecuencias el Just Do It que popularizó la marca que según sus palabras le impedía desarrollar su mejor fútbol. Buscó una solución y la encontró descosiendo las tres bandas blancas de sus Adidas World Cup para coser encima el llamado swoosh protagonista del logo de Nike. De este modo podría jugar con sus botas de siempre sin molestar a los de arriba. Pero con lo que no contaba Sammer era con los fotógrafos y con los aficionados más detallistas. Entre unos y otros, tras una desafortunada (para él) fotografía, el futbolista fue descubierto con una suela en la que perfectamente se leía el logo de la fábrica rival, la que le había acompañado desde que era niño. Nike se enfadó e incluso amenazó al equipo renano con romper unilateralmente el millonario contrato que los unía a ambos, aunque finalmente desistió al ver al díscolo centrocampista que no lo era, al defensa central que no lo era, levantar el título de la Liga de Campeones y el Balón de Oro. Todo terminó solucionándose con una multa y con una cláusula para el jugador: la multinacional le permitiría vestir con las botas que él quisiera siempre y cuando cumpliera a rajatabla el resto de su contrato. Así fue.

Una situación muy diferente a la vivida por Adidas en 1974 (otros años, otros tiempos), cuando vio como otro díscolo futbolista ponía en peligro el valor de su marca. Johan Cruyff, emblema del fútbol holandés, había firmado un contrato personal y exclusivo de 125.000 dólares con Puma por lucir sus botas durante el Campeonato del Mundo de Alemania, situación que contrastaba con el hecho de que era Adidas quien vestía a la selección tulipán, y aunque aún no imprimía el logo en sus camisetas, ya cosía las famosas tres bandas a las mangas y laterales de sus equipaciones. Cruyff, aconsejado por sus abogados y por miedo a perder su contrato por incumplimiento, llevó las cláusulas del mismo hasta sus últimas consecuencias y decidió eliminar una de las tres para quedarse en dos rayas tanto en su camiseta, como en el pantalón y las medias. Vestido de esta forma alcanzó la final de Múnich en la que se impuso Alemania, curiosamente vestida por Adidas y con tres rayas en todos y cada uno de sus chándals; rayas que en cambio no aparecieron en las camisetas de los teutones.